Después de décadas sin pausa —rodajes, teatro, proyectos que se encadenan—, Mercedes Morán decidió frenar. No fue una decisión estratégica ni profesional, sino algo más íntimo: “Decidí bajar el ritmo por cuestiones personales, estar más presente”. Las pérdidas, el paso del tiempo y la necesidad de quedarse cerca de sus hijas marcaron ese momento. Y en ese parate, poco habitual en su carrera, apareció un territorio nuevo: la escritura.
“No tenía el hábito de escribir, me costaba”, reconoce. Sin embargo, lo que empezó como una propuesta de Editorial Planeta —que durante años había postergado— terminó convirtiéndose en otra cosa. “Sentí que era el momento de aceptar. Ahí me puse a escribir y le di a mi madre un lugar protagónico”. Así nació Madre mía, su primer libro: una serie de relatos breves que recorren su vida desde la infancia hasta la adultez, con un eje claro en la educación emocional y sexual que recibió.
En ese proceso de volver sobre su historia, algo se movió. “Creo que el libro me ayudó a terminar de reconciliarme con mi madre”, dice en diálogo con Infobae. Y agrega una definición que funciona como clave de lectura: “Se lo dedico a todas las mujeres que lograron perdonar a sus madres”. Lo que pensaba saldado no lo estaba del todo. “Escribirlas fue otra cosa: ahí terminé de procesarlas. Aunque con las madres, viste, nunca se termina”, asegura.
Por primera vez sin un personaje donde refugiarse, Morán se expone desde otro lugar: “Siempre fui muy pudorosa con mi vida personal, y acá no tenía dónde esconderme”. Entre escenas de infancia, maternidades que se espejan y promesas que se repiten —“cuando yo sea madre no voy a ser…”—, expone su vida. Y en ese gesto —entre el humor, la crudeza y la revisión— aparece una certeza: a veces, para seguir, hay que detenerse y mirar hacia atrás.
—¿El libro nació del unipersonal?
—Sí, fue el detonante. Ahí hablaba de los amores que atravesaron mi vida. Uno de ellos era el de mi madre, aunque todavía no ocupaba el centro. Después vino la propuesta de escribir y la fui postergando. Hace unos meses decidí bajar el ritmo y sentí que era el momento de aceptar. Ahí le di a mi madre un lugar protagónico.
—¿Qué se va a encontrar el lector?
—Es, de alguna manera, la educación sentimental y sexual que recibí de mi madre. Son relatos cortos –unos 40 o 50- que recorren mi vida de forma cronológica. Y aparece esa idea de las promesas que una se hace como hija: “cuando yo sea madre no voy a ser…” o “voy a ser…”. Después hay repeticiones, intentos de mejorar, pero siempre con esa búsqueda de una perfección imposible.
—En todos estás vos, es real.
—Sí, es muy autorreferencial. Hay algo de ficción, pero es la ficción del recuerdo y el paso del tiempo.
—Cómo recordamos lo que pasa.
—Claro. Mi hija Manuela, que es escritora y me ayudó a editar, tenía recuerdos distintos de algunas situaciones. Y ahí aparece la subjetividad: ¿a qué le somos fieles? No es un documental.
—Acá alguna vez estuvo Fabricio Ballarini y dijo que la memoria no es fija: se reescribe cada vez que se evoca. ¿Cómo fue tu proceso?
—Creo que el libro me ayudó a terminar de reconciliarme. Se lo dedico a todas las mujeres que lograron perdonar a sus madres. Fue muy curativo. Yo pensaba que había muchas cosas saldadas, pero escribirlas fue otra cosa: ahí terminé de procesarlas. Aunque con las madres nunca se termina del todo. Y también, como madres, una espera cierto perdón por los errores.
—¿Te encontrás pidiéndoles perdón a tus hijas?
—Sí, cuando hace falta, lo hago. (Risas).
—Estás dudosa.
—Me cuesta. Me cuesta, no por cosas graves, sino por los malos entendidos cotidianos. Igual no me quedo detenida ahí. Me interesa construir un vínculo con mis hijas donde circule el afecto. Me gusta, por ejemplo, cuando se ríen de mí, cuando cuentan algo mío como si yo no estuviera. Prefiero el cariño al respeto solemne.
—Hay un episodio en el Tigre donde tu mamá le grita a una pareja que se está besando.
—Sí. Fue volver directamente a mi infancia. A toda esa dinámica familiar: una familia de provincia que se muda a la Capital, el colegio de monjas… Para mí el Tigre era como ir a Disney. Y pasó eso: una pareja muy fogosa y mi madre, sin filtro. Con mi hermana ya sabíamos que algo iba a pasar… y pasaba.
—Y en ese contexto, ¿cómo se construye una mujer libre? En un colegio de monjas, con una madre que reprimía lo sexual.
—Me emancipé muy temprano. A los 17 me casé sin haber terminado el secundario. Mi madre creía que estaba embarazada y que me casaba de apuro. Y yo siempre digo: sí, de apuro… pero por irme de mi casa. En ese momento, plantear irse a vivir sola era impensable. Yo me casé enamorada, pero también con una necesidad enorme de independencia.
—Había una urgencia.
—Total. Y después la vida: ser madre joven, la dictadura, la separación, el exilio a España del padre de mis hijas, quedarme sola en este país en esas circunstancias. Creo que todo eso, sumado a una vocación personal de libertad, me fue construyendo.
—Hay un momento fuerte donde contás que tu mamá te agrede estando embarazada.
— Sí, fue muy violento. Era un tema que la superaba y mucho después entendí por qué: había sufrido abuso en su infancia. Ya había empezado a perdonarla, pero eso terminó de echar un manto de piedad enorme sobre ella y no así sobre mí, que me considero tan perspicaz para cachar ese tipo de cosas y nunca lo pensé con mi madre.
—¿Y qué hiciste con eso?
—Empezó otro trabajo: perdonarme a mí misma. Por no haberlo visto, por no haber podido preguntarle, podría haberla abrazado, pero esa revelación llegó cuando ella ya no estaba. Y el libro también habla de eso.
—Ahí aparece la terapia.
—Sí. La terapia siempre me salvó. Empecé a los 19, cuando ya me había ido de mi casa. Fue una búsqueda mía, y también muy de época.
—En el libro hablás, por ejemplo, de tu primer orgasmo.
—Sí (risas). Apareció en el colegio, en plena clase, en un colegio de monjas… el lugar más inadecuado posible. Hay mucho humor en el libro. Pude reírme de muchas cosas que me pasaron, y eso también cura.
—En ese episodio que yo mencionaba, —vos embarazada, en bikini— tu mamá te decía “puta”. ¿Te enojaste con ella?
—Sí, muchísimo. Dejé de verla por un tiempo. Nació mi primera hija y mi madre no estuvo presente. Después nos reconciliamos, pero fue muy fuerte.
—Y volviste.
—Sí. La extrañaba. Tenía la necesidad de que conociera a mi hija y la esperanza de que ser abuela la transformara… y en parte lo hizo.
—¿Y cómo fue abuela?
—Fue una abuela amorosa con sus nietas, pero muy criticona conmigo, haciendo todo lo que los abuelos no debemos hacer: criticar a los padres frente a los niños. Tenía una concepción de la maternidad muy distinta a la mía.
—¿Y vos?
—Me cuido mucho de no repetir. Hay cosas que me quedaron grabadas a fuego y que sufrí, entonces intento no trasladarlas. Creo que ahí hubo aprendizaje, no repetición… aunque a veces, incluso con buenas intenciones, algo se filtra.
—Contás una situación de riesgo cuando eras chica.
—Sí, ahí aparece esa paradoja: una madre muy controladora, pero que no percibe el riesgo real al que estaba expuesta su hija. Podría haber vivido una situación de abuso. Quizás el controlar te deje más tranquila, pero una cosa es saber dónde están tus hijos y otra cosa es generar un vínculo de confianza, instrumentos para que ellos puedan defenderse.
—La “distancia de rescate”.
—Exactamente.
—¿Pudiste contarle a tu mamá lo que te pasó?
—No. Nunca.
—¿Qué edad tenías?
—Cinco o seis años. Todos mis recuerdos del pueblo son anteriores a los siete, cuando nos mudamos a Buenos Aires. Me mandaban en bicicleta a dar vueltas por la plaza o hasta la estación de tren para que me diera hambre, porque era muy inapetente, entonces ella decía que así se me abría el apetito. Y ahí estaba: una nena de seis años sola, expuesta. Existe esa idea de que en el interior no hay peligros, pero no es así.
—¿Cuándo entendiste que podías haber sido abusada ese día?
—Mucho después. De chica hay algo más intuitivo de huir, como me pasó a mí: sentís el peligro, te vas, no sé cuánto razonás. Y además no lo conté. Si hubiera podido contar al menos el susto, quizás algún mayor habría completado la escena y me ayudaba a entender. En el libro cuento otra situación que es al revés: les pasa a mis hijas en un cine, con una exhibicionista. Y ahí sí hay algo distinto: ellas vienen, lo cuentan, hay una respuesta claramente diferente al silencio.
—¿Tus hijas eran chicas?
—Muy chicas. Querían ir al cine a ver la misma película por décima vez, tendrían entre 10 y 12 años. Yo las llevaba, entraban a la sala y me quedaba en un barcito del shopping esperándolas y salieron corriendo a mitad de la película a buscarme: se habían encontrado con una exhibicionista. No te voy a contar más porque es uno de los cuentos, pero ahí entendés: a veces necesitás protección y otras veces, sos la que tiene que proteger.
—Vos pudiste proteger ese día.
—Sí. Estuve a punto de hacer un escándalo, pero no lo hice.
—Hablás de los miedos que aparecieron con la muerte de tu mamá y ese temor de que viniera a buscarte.
—Sí. Mi madre era muy demandante. Somos dos hermanas y la mayor vive en Europa, así que yo me hice cargo de mis padres en sus últimos años. Fueron muy longevos: primero murió mi papá y después, en pandemia, mi mamá. Yo fui madre muy joven, después cuidé a mis padres… gran parte de mi vida la pasé asistiendo a otros. Y cuando murió mi mamá apareció un miedo muy infantil, de esos que da pudor confesar: que viniera a buscarme para que la siguiera cuidando. Tuve que ponerlo en palabras para poder sacarlo de mí.
—¿Con quién lo hablaste?
—Con mis hijas. Esas cadenas de mujeres donde una cuida a la otra, y esa a otra, fueron muy importantes en mi vida. Tengo tres hijas mujeres, cuatro nietos. De esos cuatro nietos, tres son mujeres. Hay una fábrica.
—Hay un legado enorme.
—Sí, totalmente. Una dinastía de mujeres.
—¿Qué rol tuvo Manuela en el libro?
—Fundamental, me enseñó a escribir. Me corregía: yo iba escribiendo y se lo iba pasando, porque yo escribía como actriz, con remates. Ella me decía: “No empieces siempre por el principio. No cierres así”.
—¿Y te bancabas esa crítica?
—La agradecía muchísimo, no sabés cuánto me ayudó. Y además inauguramos un vínculo que no habíamos tenido nunca. A las tres les conté que estaba escribiendo un libro y que aparecían como personajes en varios relatos.
—¿Las tres empiezan con M?
—Sí. Mercedes, Manuela y María.
—Hubo una decisión con las M.
—Al principio no. Mercedes fue decisión del padre, que la anotó mientras yo estaba en la clínica. Volvió del Registro Civil y me dijo: “Le puse tu nombre”. Lo viví como un gesto excesivo, aunque amoroso. María siempre me pareció un nombre hermoso, clásico, que no depende de modas. Y cuando llegó la tercera, ya fue deliberado: M, M, mandamos otra M.
—También contás el acompañamiento a una hija con cáncer. Eso nunca lo habíamos hablado.
—Sí, no suelo hablar de eso. Más allá de lo personal, para curar conmigo, también quise dejar un mensaje para otras mujeres: madres, hijas o ambas. Bajar un poco ese afán de perfección que nos pesa tanto y que muchas veces responde a mandatos ajenos, a deseos que no nos pertenecen.
—¿Qué te pasa como madre cuando una hija te dice que está enferma?
—El vínculo con los hijos es único. Si alguna de mis hijas está mal, todo lo demás pierde sentido. No hay posibilidad de bienestar ni de felicidad si alguna de mis hijas está sufriendo. Automáticamente pasan a ser prioridad. Aunque hice mucho trabajo para no sobreprotegerlas, lo trabajé mucho en terapia.
—¿Siempre el mismo analista?
—No, pero durante muchos años. De joven defendía la sobreprotección: no veía el problema en dar amor en exceso. Mi analista me decía que es tan nocivo como la falta de amor. Me costó entenderlo, pero es así: no deja que el otro desarrolle sus propias herramientas y, de alguna manera, es subestimarlo.
—¿Y cómo abuela?
—Ahí es distinto. Es un vínculo que inauguro porque yo no conocí a mis abuelos y lo disfruto muchísimo. Cada nieto es distinto, de edades distintas: con unos viajo, con otros voy al teatro, con otros escucho música.
—¿Cómo te llaman?
—Todos me dicen “abu”. Ema, la mayor, que ya tiene 16. Después viene León, Justina y Francisca, la más chiquita.
—¿Sos la abuela copada o la estricta?
—Intento ser la copada.
—¿Van a dormir a tu casa?
—Algunos sí, otros en otras etapas, otros viven más lejos, en fin.
—En un momento contás que tu mamá decía que de bebé eras “negra, fea, peluda, llorona, un bichito”.
—Sí. Lo decía con una impunidad que no dejaba lugar a pensar que hubiera algo malo. El tono era cariñoso, pero el contraste era fuerte: “Tu hermanita era preciosa, blanca, tersa, una piel de porcelana… en cambio vos, negrita, arrugada, peluda, eras un bichito”. Y como los demás se reían, pensaba que la equivocada era yo.
—¿Y tu papá?
—Fue el gran amor de mi vida. Me defendía como podía, desde ese lugar tan incómodo para él porque era incapaz de desautorizar a mi madre, pero sufría los castigos y las penitencias. A veces le reprochaba que no interviniera más, pero siempre me sentí muy respetada por él. Ambos, aunque muy distintos, tenían una fuerte conciencia social. Ese fue un legado muy importante para mí.
—Qué bueno eso.
—Mi madre, con todas sus contradicciones, era una mujer muy solidaria. Fue maestra de hospitales y también eligió trabajar en escuelas rurales, lo vivía como un servicio. Mi padre, desde la política, iba en la misma línea. Eso me marcó mucho: entender que la felicidad individual es limitada si el contexto no acompaña, si alrededor la gente no está bien.
—Hay una escena muy tierna en el libro, la de la mariposa con tu papá en un mantel. Sin spoilear, vuelve a aparecer el acompañar, esta vez a un padre enfermo.
—Sí. El libro también muestra ese momento en que los roles se invierten: dejás de ser cuidado para empezar a cuidar a tus padres.
—¿Tus hijas te cuidan a vos?
—Sí, me cuidan.
—¿Te da miedo ocupar ese lugar?
—Es algo que tenemos que aprender todas: yo a dejarme cuidar y ellas a cuidarme. Es mutuo.
—¿Por qué escribiste este libro?
—Creo que el verdadero motivo lo voy a entender con el tiempo. Lo que tengo claro hoy es que necesité parar, quedarme en casa, y esa pausa coincidió con la propuesta. Mientras escribía fui encontrando sentidos, y al terminar entendí que, en el fondo, lo hice para terminar de sanar el vínculo con mi madre.
—Hay un capítulo que se llama Mi vida sin mí. ¿Esa mirada calma el miedo a la muerte?
—El miedo existe, claro. A medida que te queda menos por delante y más por detrás, el tiempo se vuelve inevitable. Es un misterio enorme. Pero me tranquiliza haber criado mujeres independientes, con valores. Son solidarias, son generosas y tienen sentido del humor, tres virtudes fundamentales para mí.
—Ese momento de “algo hice bien”.
—Sí, no me equivoqué tanto.
—¿Hay alguna escena que no hayas podido escribir?
—No. Pero sí hubo una que me costó mucho: la revelación, por lo reciente y movilizante.
—¿Fue hace poco?
—Sí. Mi mamá murió en pandemia y esto pasó después. Es lo más cercano en el tiempo dentro del libro.
—Debe haber sido fuerte.
—Lo fue. Me ayudó a perdonarla, pero también me generó enojo conmigo misma por no haberlo visto antes. Escribirlo también fue trabajar eso.
—Se viene una serie. Acá estás vos, sin personaje. ¿Qué te pasa con eso?
—Ese era el desafío: mostrarme. Siempre fui muy pudorosa con mi vida personal y acá no tenía dónde esconderme. En cada trabajo me refugio en otro, pero en este caso no había dónde.
—Tras presentarlo en la Feria del Libro, ¿cómo sigue el recorrido?
—El 4 de junio en la librería El Pasaje, con amigas que van a leer textos. Van a estar Elizabeth Vernaci, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Marina Bellati y mi hija, Mey Scápola.
—Qué grupo te armaste.
—(Risas) Sí, total.
—¿Cómo estás hoy?
—Bien, tranquila. Estoy sola y disfrutándolo. Desde que terminé de grabar quedé con una sensación muy linda. Es un proyecto con Pablo Larraín, basado en cuentos de Mariana Enríquez, que ya me habían fascinado antes de saber que después el destino me iba a hacer interpretarlos. Mi personaje es el de “Mis muertos tristes”: una mujer que ve muertos todo el tiempo y carga con ese “don” a lo largo de su vida, lo cual atraviesa su personalidad, sus vínculos, su forma de ser. Fue muy enriquecedor. Se estrena entre septiembre y octubre, y puede verse como una película larga de tres horas o como una serie de cuatro capítulos.
—¿Estás sola por elección?
—Estoy abierta a compartir. Me encanta. Siento que las experiencias, si se comparten, se duplican como mínimo.
—¿Cómo se hace para conquistar a Mercedes Morán?
—Muy fácil: me llamás y me invitás a tomar un café “sin casting”. Muchas veces voy con expectativas y no sé por qué, pero me hacen como un casting: muestran todo lo que hacen, qué tienen, qué piensan, un despliegue de elles. No van a charlar y eso me aburre.
—¿Hay un elles, hay citas con chicas?
—Sí por supuesto, yo estoy abierta a todo. No tuve experiencias de pareja con mujeres, pero celebro esta época. Yo fui contemporánea del amor libre en los 70; no voy a juzgar ahora la diversidad. Me parece fantástico.
—Bueno, también puede aparecer el deseo de probar algo distinto a lo vivido hasta ahora.
—A mí me gusta vincularme con las personas. Y hay algo de esta época que me inquieta: esa sensación de conexión que en realidad muchas veces no lo es. Una forma de relacionarnos bastante ficticia, de la que yo también soy parte. Tengo mis propias fobias, a veces me voy temprano de lo social, vuelvo a casa porque es donde me siento segura. Pero, aun así, estoy abierta a conocer gente, a compartir experiencias, risas. Mi apertura es más filosófica: quiero soltar prejuicios, estar liviana.
—Nunca te percibí como una mujer prejuiciosa.
—Siempre fue una tarea derribar prejuicios y actuar me ayudó mucho: a los personajes no los juzgo, intento entenderlos. Y para eso hay que correrse del juicio.
—¿Te salvó el humor?
—Totalmente. Sin distancia no se puede tener una mirada con humor y a veces tenés que salir del centro del torbellino para poder mirar con un poco más de lucidez.
—Y en esas citas donde sentís que te “hacen casting”, ¿apelás al humor?
— Sí, apelo a encontrar una excusa para irme volando (risas).
—¿Cómo hacés?
—Con un plan de salida (risas). Las citas siempre tienen que ser cortas al principio. Después, si fluye, se alargan.
—Estuviste un tiempo guardada.
—Sí, decidí parar. Fueron pérdidas familiares, de gente muy cercana, situaciones personales y mi trabajo muchas veces me llevaba a viajar mucho y estar haciendo teatro en España no te permite venirte de un día para el otro. Sentí que lo más importante era estar acá cerca de mis hijas.
— Qué bueno poder escucharlo y actuar en consecuencia, a veces cuesta.
—Sí. Y de ese parate salió el libro, así que mira qué lindo.
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