Cada madrugada, miles de toneladas de frutas y verduras comienzan a recorrer rutas argentinas para abastecer mercados mayoristas, supermercados, verdulerías y comercios de barrio. Detrás de ese movimiento cotidiano existe una operación logística que coordina cosecha, conservación, transporte y distribución para que productos altamente perecederos lleguen en condiciones óptimas al consumidor.
En un país de más de 3,7 millones de kilómetros cuadrados, donde muchas zonas productivas se encuentran a cientos o incluso miles de kilómetros de los principales centros urbanos, la logística alimentaria resulta clave para sostener el abastecimiento diario.
La planificación comienza incluso antes de la cosecha y continúa hasta que la mercadería llega al punto de venta. Cada etapa busca reducir pérdidas de calidad, peso y frescura, en una cadena donde los tiempos de traslado y las condiciones de conservación pueden definir el estado con el que frutas y verduras llegan finalmente a la mesa de los consumidores.
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De las economías regionales a todo el país
Argentina cuenta con una amplia diversidad de regiones productivas especializadas. El Alto Valle de Río Negro y Neuquén concentra gran parte de la producción nacional de peras y manzanas; Mendoza y San Juan sobresalen por sus uvas, ajos, cebollas y frutas de carozo; Tucumán lidera la producción de limones; mientras que Corrientes, Entre Ríos y Misiones son importantes productores de cítricos, arándanos y hortalizas.
En tanto, el denominado cinturón hortícola bonaerense, junto con los cordones productivos que rodean ciudades como Córdoba, Rosario, Mar del Plata y La Plata, abastecen buena parte del consumo diario de verduras frescas de los principales centros urbanos.
Cada región presenta desafíos logísticos distintos. Mientras algunas producciones recorren pocos kilómetros hasta llegar al consumidor, otras deben atravesar más de 1.500 kilómetros antes de ingresar a los grandes mercados mayoristas del país.
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En muchos casos, la cosecha se realiza durante la noche o en las primeras horas de la mañana para reducir la exposición al calor y facilitar que la mercadería ingrese rápidamente al circuito de distribución. Esa sincronización permite preservar la vida útil de productos particularmente sensibles como lechugas, espinacas, frutillas o cerezas.
El camión, protagonista de una cadena donde el tiempo vale tanto como la distancia
En Argentina, el transporte automotor es el principal medio utilizado para movilizar frutas y verduras entre las zonas productivas y los centros de consumo. La flexibilidad de la red vial permite llegar directamente desde los establecimientos agrícolas hasta empaques, centros de distribución y mercados concentradores.
Sin embargo, no todos los productos viajan bajo las mismas condiciones. Algunas frutas, como manzanas, peras, kiwis o uvas, requieren mantener una cadena de frío constante mediante camiones refrigerados, especialmente cuando deben recorrer largas distancias o permanecer almacenadas durante varios días.
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En otros casos, verduras como papas, cebollas o zapallos pueden transportarse sin refrigeración activa, aunque igualmente necesitan buena ventilación y protección frente a golpes, humedad o temperaturas extremas.
La velocidad también es un factor crítico. Productos de hoja, tomates maduros o frutas blandas tienen una ventana comercial muy corta, por lo que cualquier demora ocasionada por problemas climáticos, cortes de rutas o congestión logística puede traducirse en pérdidas económicas y menor calidad para el consumidor.
La importancia de estas condiciones quedó reforzada en la actualización normativa del SENASA, que en 2025 modernizó los requisitos para la producción, empaque y transporte de hortalizas frescas, incorporando criterios destinados a preservar la inocuidad, la sanidad y la conservación durante todo el trayecto comercial.
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El Mercado Central, el gran hub logístico de frutas y hortalizas
Una vez que la mercadería llega al Área Metropolitana de Buenos Aires, gran parte pasa por el Mercado Central, considerado el principal centro mayorista frutihortícola del país y uno de los más importantes de América Latina.
Cada día ingresan allí cientos de camiones provenientes de prácticamente todas las provincias argentinas. Desde ese punto estratégico se redistribuyen frutas y verduras hacia supermercados, mayoristas, distribuidores y verdulerías que abastecen a millones de personas.
Además de concentrar operaciones comerciales, el Mercado Central cumple un papel clave como referencia de precios, monitoreo de la oferta y coordinación del abastecimiento nacional. Sus informes periódicos permiten seguir el comportamiento de las distintas producciones según la estacionalidad, las condiciones climáticas y la disponibilidad de mercadería.
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La logística del complejo funciona prácticamente durante las 24 horas. Mientras algunos camiones descargan productos recién cosechados, otros ya parten hacia distintos destinos para garantizar que las verdulerías puedan abrir cada mañana con mercadería fresca.
También llegan frutas y verduras desde el exterior
Aunque Argentina posee una importante producción propia, determinados productos se importan para complementar la oferta durante ciertos momentos del año o cuando la producción local disminuye.
Las bananas representan uno de los casos más conocidos. Llegan principalmente desde Ecuador, Brasil, Bolivia y Paraguay, utilizando tanto transporte marítimo como terrestre, dependiendo del origen y la operatoria logística.
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También ingresan frutas como paltas provenientes de Chile o Perú, además de algunas variedades de cítricos, uvas, kiwis y hortalizas cuando la estacionalidad o las condiciones climáticas reducen la disponibilidad nacional.
En estos casos, la logística incorpora una complejidad adicional: controles fitosanitarios, documentación de comercio exterior, inspecciones del SENASA y mantenimiento de las condiciones de conservación durante todo el recorrido internacional.
Incluso el monitoreo federal del Mercado Central identificó durante 2026 que los costos logísticos internacionales, junto con factores climáticos y macroeconómicos, continúan influyendo sobre la disponibilidad y los precios de diversos productos frutihortícolas importados.
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Más allá del origen de cada alimento, el objetivo siempre es el mismo: que una fruta conserve su sabor y una verdura mantenga su frescura desde el momento de la cosecha hasta llegar a la mesa de los consumidores. En ese recorrido, la logística, muchas veces invisible para el público, se convierte en uno de los pilares que sostienen el abastecimiento cotidiano de millones de argentinos.