
La ciencia ficción es uno de los géneros más complejos de la cinematografía, por un lado por cuestiones absolutamente presupuestarias, crear mundos extraterrestres o darle una mirada al futuro es costoso; pero además, va evolucionando con la historia forzándose a sí misma en su evolución para estar a tono con el momento histórico. Pero también es un gran motor para contar sobre grandes momentos históricos y sociales a través de la fantasía.
Metropolis (1927) de Fritz Lang es una suerte de manifiesto sobre los riesgos a propósito del futuro, con el temor a que una sociedad productivista se termine consumiendo a sí misma dejando de lado su empatía en pos de crear vida a través de la robótica y la inteligencia artificial. Cualquier semejanza con la realidad, es pura coincidencia.
El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968), del director Franklin J. Schaffner no solo es una muestra de lo que se puede contar con buenos maquillajes y una distopía donde nuestro mundo se bifurca hacia uno muy similar pero en donde la evolución se movió hacia otra fuerza. El descubrimiento del final y los gritos en la playa de Charlton Heston quedarán para siempre en la retina y memoria de quienes la disfrutamos.
Ese mismo año se estrenó otro clásico de este género, 2001: Una odisea en el espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) dirigida por el meticuloso Stankley Kubrick. El sesenta y ocho no sólo nos dio zombies, monos y la llegada del anticristo con El bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby) sino que también nos mostró que era posible maravillarse ante el futuro en las estrellas con imágenes a una escala nunca vista (que hizo que pequeños como George Lucas y Steven Spielberg quieran contar algo similar) y un tercer acto lisérgico y filosóficamente agotador. El hombre contra la máquina en un nuevo round.

Andrei Tarkovsky es un director para los de paladar negro, su estilo lento y su manera específica de contar historias no son popularmente atractivas. Sin embargo con Solaris (1972) logró acercarse más a lo comercialmente viable en una historia en el espacio que bebé de ciertas ideas gráficas de la película de Kubrick pero aumenta al máximo el volumen del existencialismo y las implicancias filosóficas para dar como resultado una experiencia sobrecogedora y angustiante. Está basado en una novela de Stanislaw Lem y tuvo una remake en el nuevo siglo.
Philip Kaufman dirigió la segunda adaptación de una serie de películas que mezcla la ciencia ficción con los zombies, y mucha crítica social. Estamos hablando de La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1978) que como sucedía con la versión de Don Siegel en 1956 vuelve a poner de manifiesto el horror de extraterrestres que replican el cuerpo de las personas que conoces y amas, para tomar control del planeta a través de la confianza. La saga de los usurpadores de cuerpo tuvo cuatro versiones oficiales en cines, cada una incluyendo elementos de la propia generación pero el espíritu conspiranoico del libro original (escrito por Jack Finney).
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