Usain Bolt hoy es una especie de leyenda viviente, luego de sus tripletes dorados en Beijing 2008 y Londres 2012. A sus 29 años, sigue siendo el rey de la velocidad, ya que en Río de Janeiro 2016 se alzó con la medalla de oro en 100 metros llanos y ahora tiene en la mira los 200 metros y la posta 4×100.
Sin embargo, la historia podría ser diferente. Luego del duro golpe que recibió en Atenas 2004, al decepcionar en los 200 metros y ser fuertemente criticado por la prensa jamaicana, su carrera tuvo un punto de inflexión.
Su entrenador Glen Mills le presentó a un doctor alemán que, literalmente, lo salvó. Hans-Wilhelm Müller-Wohlfahrt (fue médico del Bayern Munich, hasta que se peleó con Pep Guardiola) le descubrió una casi imperceptible cojera y problemas en su espalda, lo que hacía que mermara su rendimiento en las pistas.
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La pierna derecha de Bolt es 1,5 centímetros más corta que la izquierda y eso le ocasiona descompensaciones tanto en los primeros apoyos de la partida como en el impulso (sus principales puntos débiles a la hora de competir). Su escoliosis, además, le produce tensiones en la parte baja de la espalda.
A base de tablas de ejercicios abdominales y lumbares, el Rayo sobrelleva sus problemas físicos, que de vez en cuando lo obligan a interrumpir los entrenamientos. El jamaiquino, cuya cuerpo (196 centímetros, 76 kilos) se adapta mejor a los 200 metros que a los 100, tuvo que trabajar a fondo los desequilibrios que padece para alcanzar la excelencia.
Bolt nació con un don, pero tuvo que pulirlo y sobrellevar sus inconvenientes físicos para hoy ser el hombre más rápido del mundo.
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