El misterio sobre la primera aviadora que intentó dar la vuelta al mundo: cómo fue su último pedido de auxilio

El 2 de julio de 1937, Amelia Earhart desapareció sobrevolando el Pacífico mientras intentaba dar la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador. A 88 años de su último mensaje, sigue vigente como emblema de libertad

Amelia Earhart
Amelia Earhart, la mujer que amaba volar (1897-1937)
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“Estamos sobre la línea 157 337. Repetiremos este mensaje. Lo repetiremos en 6210 kilociclos. Esperen”, escucharon por radio los guardacostas. Era la voz de Amelia Earhart, quien minutos antes había advertido: “El combustible se está agotando… estamos volando de norte a sur”. Sobrevolaba el océano Pacífico sur rumbo a la isla Howland junto a su navegante Fred Noonan y relataba, alarmada, las dificultades que enfrentaban... Nunca más se supo de ellos. El 2 de julio de 1937, la desaparición de la aviadora más célebre del siglo XX marcó el inicio de una de las búsquedas más prolongadas de la historia contemporánea.

Amelia no fue solo la primera mujer en cruzar sola el Atlántico en avión. Fue una figura pública que usó el reconocimiento ganado para desafiar los roles de género, promover la aviación civil y demostrar que el coraje y la competencia no tenían sexo.

En las décadas de 1920 y 1930 —una época en la que a las mujeres se les exigía discreción y obediencia— ella eligió altura, velocidad y autonomía. Viajó con mapas y brújulas, pero también con convicciones. La aviación era, para ella, un campo abierto al espíritu humano, no una exclusividad masculina.

Supo muy temprano qué quería para su vida y no se cansó en buscar las maneras hasta lograrlo. Aunque su vida fue corta, su vuelo —literal y simbólicamente— aún sigue dejando marcas en el aire.

Amelia Earhart
Amelia en su infancia

Amor a volar

Amelia Earhart nació el 24 de julio de 1897 en Atchison, Kansas, en una familia de clase media. Su padre, Samuel “Edwin” Stanton Earhart, era abogado y trabajaba en distintos ferrocarriles, pero su alcoholismo afectó la estabilidad del hogar. Su madre, Amelia Otis, descendiente de una familia culta y progresista, fomentó en Amelia y su hermana Muriel una educación poco convencional para la época. Les permitió trepar árboles, practicar deportes y rechazar vestidos si así lo deseaban.

Desde pequeña, Amelia estuvo interesada en las actividades físicas, los motores y la aventura. También armaba un álbum de recortes donde pegaba noticias sobre mujeres destacadas en ciencia, política y deportes. Esa admiración precoz por mujeres empoderadas fue una proyección de lo que ella misma aspiraba a ser.

En la adolescencia trabajó como voluntaria de enfermería durante la Primera Guerra Mundial en Toronto, Canadá, donde atendió a pilotos heridos. Más adelante, estudió medicina en la Universidad de Columbia, aunque no terminó la carrera. Fue en esa etapa, rodeada de heridos de guerra y motores, donde terminó, como ella misma dijo, “picada por el gusanillo de la aviación”.

Amelia Earhart
Amelia Earhart es un símbolo de heroísmo y libertad (mujeresbacanas.com)

En 1920, fue con su padre a ver un espectáculo aéreo en California y voló por primera vez como pasajera. Fueron solo diez minutos en el aire, pero suficientes para definir su futuro. Al año siguiente, luego de ahorrar dinero, comenzó a tomar clases de aviación con Anita Snook, una de las primeras mujeres pilotos. A los seis meses, pudo comprar su primer biplano y lo llamó “El Canario”, por su color amarillo. Allí, logró su primer récord: alcanzó los 4.200 metros de altitud, la mejor marca de la aviación femenina en ese momento.

En cinco años, acumuló más de 500 horas de vuelo en solitario. Su progreso llamó la atención de organizadores de una travesía aérea y le ofrecieron ser la primera mujer en cruzar el océano Atlántico en avión. Aceptó, aunque lo hizo como pasajera. El 17 de junio de 1928 voló junto al piloto Wilmer Stultz y el mecánico Louis Gordon desde Terranova hasta Gales, a bordo del Friendship. La hazaña tuvo gran repercusión, pero Amelia fue crítica consigo misma: “La vida es algo más que ser una pasajera”, dijo. Esa convicción marcó el rumbo del resto de su carrera.

En 1931 se casó con George Putnam, editor y publicista, en lo que describió como una “asociación igualitaria”. Antes del casamiento, le escribió una carta donde dejaba claro que no renunciaría a su carrera ni a su libertad personal. A diferencia de las esposas de su tiempo, Amelia mantuvo su apellido, su agenda y sus viajes.

Amelia Earhart
En 1932 concretó su revancha: se convirtió en la primera mujer en volar sola sobre el Atlántico (Wikipedia)

En 1932 concretó su revancha y se convirtió en la primera mujer en volar sola sobre el Atlántico. Partió desde Harbour Grace, Terranova, y aterrizó quince horas después en un campo de cultivo en Irlanda del Norte. Fue la segunda persona en la historia en lograrlo, después de Charles Lindbergh. El logro la catapultó a la fama internacional. Fue recibida con honores, condecorada por el presidente Herbert Hoover, y comenzó una intensa agenda de conferencias, publicaciones y acciones públicas.

Dio charlas, escribió libros, se convirtió en editora asociada de la revista Cosmopolitan y promovió la aviación civil como una actividad abierta y accesible. También fundó, junto a otras aviadoras, la organización The Ninety-Nines, destinada a fortalecer la presencia femenina en la aeronáutica. Su vida pública fue una extensión de su ideología: romper barreras, volar alto, inspirar.

Su estilo —con pantalones, camisas abiertas, pelo corto y actitud resuelta— rompía con los códigos estéticos impuestos a las mujeres. En las entrevistas, evitaba temas frívolos y hablaba sobre navegación aérea, meteorología y mecánica. Fue también una figura pragmática: sabía que su visibilidad podía financiar nuevos vuelos y aceptaba contratos con marcas para sostener sus proyectos.

Amelia Earhart
Carta del océano Pacífico con la isla Howland al centro y la posible ruta de Earhart en la zona, antes de su desaparición (Wikipedia)

La desaparición

En 1937, con 39 años, Amelia se propuso realizar la hazaña más ambiciosa de su carrera. Su objetivo era dar la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador. Viajaba en un bimotor Lockheed Electra junto a su navegante, Fred Noonan. La travesía había comenzado el 20 de mayo desde Oakland, California. Pasaron sin problemas por Sudamérica, África, India, el sudeste asiático y Nueva Guinea. Ya habían recorrido más de 35.000 kilómetros cuando partieron hacia la isla Howland, un diminuto punto en medio del Pacífico.

El 2 de julio de 1937, la comunicación radial con el guardacostas Itasca, que los esperaba en la isla, se volvió confusa. La última transmisión demostró que Amelia tenía problemas para encontrar la ubicación y que el combustible era escaso.

Nunca se los volvió a ver ni a oír. Los operativos de búsqueda, sin precedentes, fueron lideradas por el propio gobierno estadounidense, se extendieron por semanas y costaron millones de dólares, pero no dieron resultados concluyentes.

Desde entonces, su desaparición dio origen a múltiples teorías: un accidente en el mar, un aterrizaje forzoso en una isla desierta, un posible arresto por parte de las fuerzas japonesas en el Pacífico. Ninguna versión fue confirmada de manera definitiva. Su avión, su cuerpo y el de Noonan nunca fueron hallados. Fue declarada muerta el 5 de enero de 1939.

Amelia Earhart
Amelia debajo de su Lockheed Model 10-E Electra, en marzo de 1937 en Oakland, California, antes de partir en su intento final de dar la vuelta al mundo; y desaparecer

Su legado

La desaparición de Amelia Earhart fue un enigma, pero no borró su legado, al contrario lo amplificó. Su historia se transformó en leyenda, símbolo de audacia y libertad. Escuelas, aeropuertos, calles, documentales y novelas llevan su nombre. Su figura estudiada en la historia de la aviación y la cultura popular del siglo XX como en el movimiento feminista, por la impronta de libertad que marcó. Amelia demostró que la aviación podía ser un campo para mujeres en igualdad de condiciones.

Pero también dejó en claro que el coraje no dependía del género, sino de la voluntad de asumir riesgos y desafiar lo impuesto. “El futuro pertenece a quienes creen en la belleza de sus sueños”, escribió en una de sus conferencias, una frase que, con el tiempo, se volvió epitafio simbólico.

Amelia voló para sí misma, pero también para otras. Abrió rutas, desarmó prejuicios y rompió techos —de cristal y de nubes—. Su vida, aunque truncada por la tragedia y envuelta en la incógnita de saber qué le pasó, sigue siendo una invitación a despegar y a cumplir sueños.

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