Xavi Moya: de la adicción a correr 100 kilómetros por el Sáhara en un proyecto solidario

Guardar

Javier Díaz Plaza

Tarragona, 1 abr (EFE).- Xavi Moya era adicto a la cocaína y al alcohol pero, tras un intento de suicidio y haber reconstruido su vida a través del deporte, lleva diez años 'limpio'. Él próximo sábado afrontará aún otro reto, una carrera en solitario de 100 kilómetros con el objetivo de recaudar fondos para el Projecte Home.

“Hace diez años me desperté y tenía una cuerda colgada en el techo preparada para ahorcarme. Había llegado a casa muy colocado y quise suicidarme, pero no me tenía en pie y me quedé dormido”, recuerda Moya, de 51 años, en una entrevista con EFE.

Ese fue el punto de inflexión que le llevó a pedir ayuda e iniciar un proceso “muy duro” para alejarse de las adicciones. “O pedía ayuda o me moría”, cuenta Moya (Tarragona, 1974).

El próximo sábado 4 de abril, afrontará un reto deportivo extremo: correr 100 kilómetros por el Sáhara a unos 30 grados de temperatura durante el día.

"El 17 de junio cumpliré diez años limpio y este reto es un regalo que me hago", dice.

Empezará a correr sobre las cuatro de la mañana e irá solo, con un coche de seguridad cerca, de una agencia que organiza tours en todoterrenos por el desierto y que le ha preparado la ruta por GPS.

“Estaré conectado con el coche con un walkie-talkie y cada diez kilómetros estableceremos un punto de avituallamiento para beber agua y reponer fuerzas”, explica Moya.

La prueba tiene una vertiente solidaria: Moya está recaudando fondos a través de una campaña de micromecenazgo en la plataforma Migranodearena.org -lleva cerca de 1.165 euros-, que destinará a Projecte Home Catalunya.

Es una entidad de atención a personas con adicciones y otras conductas de riesgo que, desde hace más de 30 años, ofrece programas de prevención, tratamiento y reinserción social, así como acompañamiento a las familias.

Moya empezó a coquetear con las drogas desde muy joven: a los 13 años ya bebía alcohol, “una sustancia validada socialmente” y que había estado muy presente en su casa, ya que su madre era alcohólica recuperada.

“Soy de ese 8 % de la población que tiene una vulnerabilidad cerebral, que no gestiona bien la dopamina, y eso me hace susceptible a ser adicto. A eso le sumas que en la adolescencia era tímido, con problemas de socialización y no me aceptaba físicamente, por lo que el alcohol era como una medicina que lo tapaba todo”, apunta.

De ahí pasó a la cocaína, a alargar las noches y juntarse con personas en su misma situación. “Me fui apartando de mi familia, cambié de amigos y buscaba entornos donde podía seguir consumiendo. Trabajaba cada vez menos -ejerció sobre todo de camarero- porque cogía dinero de la caja o discutía y me echaban”, recuerda.

Llegó incluso a robar a su pareja, también adicta, con quien convivía en “un piso cochambroso de yonqui” en la parte alta de Tarragona.

“Le negaba que le quitaba dinero, aunque era evidente. Cuando ella iba a trabajar, yo me colocaba en casa”, recuerda.

Cuando tocó fondo, su madre le costeó los 70.000 euros en un centro de desintoxicación, el Instituto Hipócrates de Seva (Barcelona), donde permaneció ingresado once meses.

“Llegué muy rendido y el proceso funcionó. Tuve que aceptar que nada de lo que creía ser era real, ni la pareja, ni los amigos, ni el entorno, nada de nada. Lo primero que me pautaron es que me divorciara, y me divorcié”, afirma.

El deporte fue clave en su rehabilitación: como parte de la terapia debía hacer deporte y correr. “Odiaba hacer ejercicio, pero me apuntaron a una carrera de siete kilómetros y cuando crucé la meta me llevé mi primera alegría en meses”, recuerda.

Empezó a entrenar regularmente y aumentar las distancias hasta completar medias maratones y maratones. “Ahora corro casi a diario. Salgo para divertirme, para disfrutar, y cuando dejo de hacerlo, paro”, señala.

Cuando salió del centro, con 42 años, fue a vivir a casa de su madre, que falleció hace tres años.

"Esta enfermedad nunca se cura, siempre hay que estar alerta", asegura Moya, que insiste que nunca se puede hablar de un "exadicto" porque es una condición para toda la vida.

Pero si es posible rehabilitarse, remarca Moya, que ahora se dedica a “vivir cada día, ya sea trabajando o en paro, con pareja o solo y con una buena situación económica o temporadas más justas”.

El reto del Sáhara le servirá de redención. “Pensaré en mi madre, en todo lo que ha pasado y en la gente que sigue luchando. Un adicto, siguiendo un buen tratamiento, puede construir una nueva vida que nunca podía imaginar. Voy a acabar la carrera destrozado, pero será la forma de celebrar que sigo aquí”, concluye el tarraconense. EFE

dpj/mg/mcm

(foto) (vídeo)