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“No hay más gente mala en una barriada de Soweto que en un barrio rico de Estados Unidos”: 16 años contando el mundo han enseñado a este periodista a dudar de todo

Así lo cuenta Javier Brandoli en ‘Carbonara con nata’, un libro que recoge historias de África, Asia, América Latina y Europa

16 años contando el mundo han enseñado a Javier Brandoli a dudar de todo. (Montaje Infobae)

Javier Brandoli lleva 16 años como corresponsal para distintos medios españoles, en los que ha cubierto más de 90 países. Después de más de tres lustros de carrera, que superan con creces las 10.000 horas que, se dice, hacen de uno un experto en algo, ahora sabe que lo mejor que puede hacer es dudar. Así lo explica en Carbonara con Nata, un libro que no da respuestas, sino que “sobre todo ofrece dudas”.

El título abre un debate. Quizás un italiano diría que la carbonara con nata no existe, o que si lo hace no debería hacerlo. Mucha otra gente, entre bocado y bocado, podría simplemente abrir la boca para demostrar que es real, pero el italiano podría decir entonces que eso no es carbonara, y tampoco se estaría equivocando. ¿Quién tendría razón, el que defiende la receta original o el que ya se la prepara de otra forma? Depende de a quién se pregunte.

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Para Brandoli, no hay una respuesta única. Esa es precisamente la idea que atraviesa el libro: “La carbonara se cocina de mil formas distintas por mil lugares distintos, exactamente como pasa con la realidad”. Por eso, añade, “lo que escandaliza a unos puede ser la normalidad de otros”.

El “festival de carne” del “devorador de vírgenes”

En 2011, cuando Esuatini era aún Suazilandia, Brandoli escribió sobre la Reed Dance o Baile de las Cañas (una ceremonia tradicional que convoca a las mujeres del reino para bailar ante el monarca semidesnudas y con el pecho descubierto) desde lejos, desde Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. Contó entonces la historia de un rey depravado frente a quien desfilaban semidesnudas miles de niñas y jóvenes para que el monarca, “devorador de vírgenes”, eligiese una nueva esposa.

En 2013, por “casualidades de la vida”, a Brandoli le llegó otra oportunidad de cubrir el evento. Esta vez, llegado desde Mozambique para ello, no solo pudo verlo con sus ojos, sino que, por una confusión, acabó dentro del palacio real en una suerte de “pase privado” de aquella ceremonia para el rey y la corte.

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La Reed Dance, o Baile de las Cañas, de Esuatini. (Javier Brandoli)

“Impacta”, cuenta Brandoli, el ver “a 20.000 chicas semidesnudas bailando alegres al lado del rey”. Él estaba ahí haciendo fotos, y a su lado se encontraban algunas mujeres más mayores, entre ellas las madres de algunas de las niñas. Javier, “medio incómodo”, se dirige a una de ellas: “Qué horror, ¿no? Esto parece una fiesta de la carne”, cuenta que dijo. Su interlocutora puso cara de asombro, y le increpó de vuelta: “¿Pero qué está diciendo usted? ¿Usted se cree que yo mandaría a mi hija a una fiesta donde lo que se trata es de que ella va medio desnuda y que la miren?”.

Brandoli, que entendía aquello como un acto depravado mediante el cual el rey elegía esposa de entre niñas que debían, por deber, bailar frente al monarca, se encontró entonces con una interpretación distinta: “Esto es una fiesta cultural que lleva décadas celebrándose en nuestro país y se hace para que todas las mujeres del reino nos juntemos y pasemos un día todos juntos”, le explicó la mujer. En la pieza que acabó escribiendo sobre la Reed Dance, el principal perjudicado es el Javier del 2011; y también el que llegó en 2013 con la idea de confirmar su propia versión de aquello y sellar la historia del “devorador de vírgenes” con una foto que, visto y hablado lo que le faltaba por hablar y por ver, no pudo sino mandar “a la mierda”.

Este perchero es un árbol sagrado

Los corresponsales están “en peligro de extinción”. Sueldos “de vergüenza” y condiciones de la misma índole dejan a cada cual a su suerte y cartera para cubrir la historia lejana desde el sitio, como mejor se hace, pero corriendo de la cuenta de uno mismo, quien al no ser “una ONG” y necesitar, como todos, comer, acaba haciéndolo desde lejos con “un corta y pega desde el despacho de su casa”.

La consecuencia es que la cobertura del extranjero pasa a depender de fuentes a distancia, de información de agencias, de medios locales y de enviados especiales que llegan de nuevas con los dos ojos en la historia y ninguno mirando en derredor, donde habita el contexto que solo dan el tiempo y la interacción y que permite distinguir, por ejemplo, un árbol sagrado de un perchero.

Durante su etapa en Bangkok, en Tailandia, Brandoli pasaba a menudo cerca de un árbol del que colgaban vestidos. Cada vez que lo veía, se sorprendía: una tienda de ropa sin nadie a quien dirigirse para formalizar una transacción. Fueron dos meses de árbol-tienda durante los cuales se preguntó siempre cómo era posible que nunca hubiese visto al vendedor.

El árbol encantado de la calle Suan Plhu, en Bangkok (Javier Brandoli)

Una conversación bastó para desmentir lo que Brandoli llevaba dos meses asumiendo: entre risas, una amiga local le explicó la historia detrás de aquel árbol. “Esos vestidos no están en venta. Ese es un árbol sagrado”, cuenta que le dijo entonces. En ese árbol, explica, se dice que “vive el espíritu de una mujer” al que se le piden deseos. Cuando el deseo se cumple, “le cuelgan un vestido”.

Para Javier, el tiempo y la interacción son lo más importante. Entender un lugar, sin embargo, no siempre significa poder explicarlo con comodidad. Hay historias que se vuelven más difíciles de contar.

Empatizar con un solvente asesino

Cuando Brandoli vivía en El Salvador, entrevistó a los padres de un adolescente de 14 años que fue ejecutado por no querer formar parte de una mara. El joven había sido voluntario en la ONG Comando de Salvamento, cuya misión es “rescatar las vidas de las personas, cuando se encuentran en peligro a causa de la naturaleza o del hombre”, según la propia ONG. Fue asesinado el 10 de abril de 2016.

En aquel entonces, “el nivel de violencia era inasumible” en El Salvador. Las maras —principalmente Mara Salvatrucha (MS-13) y Barrio 18— controlaban los barrios, y cada barrio tenía sus propios códigos para acceder sin ser confundido por un pandillero rival. El margen de error era mínimo porque “directamente te pegaban dos tiros”. Brandoli cuenta en el libro que la situación era tal que la población civil también estaba militarizada: alcaldes como Mauricio Vilanova, que llevaba 16 años gobernando el municipio de San José Guayabal, vivían escoltados y con un fusil entre las manos, manteniendo redes de informantes y bajo la idea de que había que “unir a la mayoría desorganizada para luchar contra una minoría muy organizada”, decía.

Mauricio Vilanova, alcalde de San José Guayabal, El Salvador. (Javier Brandoli)

Después de aquella entrevista con los padres del adolescente, Brandoli habló con un pandillero. Un “solvente asesino”, o de eso presumía: autor de 27 muertes, y que “mataba mejor que nadie porque nadie mataba mejor” que él. Javier quería “explicar cómo un tipo llega a matar a 27 personas”.

El pandillero le contó “su vida entera”. “Hay un momento en que el propio tipo te está contando su vida y tú, de alguna manera, empatizas”. No deja de haber sido un “chico de una barriada” que vive una “vida de horror” y acaba matando a decenas de personas. “Cuando me despedí, sentí un poco de pena”, recuerda Javier. Y esa pena le hizo sentirse “un imbécil”.

Es “muy complicado” encontrar un balance, afirma ahora. Contar una historia así sin incurrir en tópicos, sin que parezca que uno está justificando al victimario y sin caer tampoco en un relato morboso que explote el dolor y la tragedia, convirtiéndolos en algo inseparable del lugar. “La violencia existe, es grave, hay que denunciarla”, explica. Pero “existe al lado de ella una enorme normalidad”.

Entre el juicio sumarial y el algodón de azúcar

Ese “juicio sumarial” del lugar, en palabras de Brandoli, es una tendencia común en la manera de aproximarse a una cobertura y supone contar “el horror que es todo, la corrupción, la violencia, las enfermedades”, todo y solo lo malo. Pero se puede incurrir, explica Javier, en lo contrario: el “racismo de algodón de azúcar”.

El racismo de algodón de azúcar es “creer que todo mundo donde hay una cierta pobreza, un mundo indígena, todo en realidad es maravilloso, que ellos no son culpables de nada” y que todo el mal del hombre viene de fuera, de una “contaminación exterior”.

En sus 16 años de carrera recorriendo el mundo, Javier ha aprendido a dudar. Pero antes de eso aprendió que “los seres humanos somos absolutamente iguales en nuestras pulsiones, en nuestros deseos, en las cosas que pensamos y que lo que cambia —y ahí hay enormes diferencias— son las circunstancias”.

Entre esos dos extremos —el juicio sumarial que solo cuenta el horror y el racismo de algodón de azúcar que lo disculpa todo— Brandoli ubica otro fenómeno que, según él, atraviesa buena parte del periodismo actual: el paternalismo. “Es como si tú le estuvieras diciendo a alguien que, por ser pobre, es justificable todo lo que hace, o que alguien, por pertenecer a un grupo indígena, es más bueno”.

Eso, sostiene, es también racismo. “No creo que haya más gente mala en una barriada de Soweto que en un barrio riquísimo de Estados Unidos. Creo que más o menos es lo mismo. Lo que sí creo es que las circunstancias son muy diferentes.” Cuando sobrevivir es el primer reto del día, señala, “probablemente traspasas límites que el que tiene una vida de confort más o menos asegurada no tiene que traspasar, porque no necesita lanzarse a sobrevivir”.

Pobrecillo, pero ¿qué me pasa a mí?

Preguntado por Ceuta, Brandoli identifica dos aspectos “completamente diferentes” y se niega a resolverlos con uno solo. Entiende, por un lado, a quien cruza una frontera por necesidad: “Si yo vivo en un sitio donde estoy sometido a una cierta pobreza, donde estoy sometido a una cierta violencia, y creo que yéndome a otro puedo mejorar, pues a lo mejor yo me tiraría a nado”, explica.

"Hemos abierto unas nuevas instalaciones con el objetivo de que puedan ser filiados y sean devueltos aquellos que no puedan estar en nuestro país acorde a la ley", ha afirmado.

Pero entiende también al que está del otro lado. “Es absolutamente absurdo no entender que, como eso es absolutamente insostenible, hay otra parte de la población que dice: ‘Ya, pero esto no puede ser’”.

Ese segundo punto de vista, el de quien recibe, lo desarrolla con el ejemplo de Tor Bella Monaca, un barrio ubicado en el Municipio VI que era “el más pobre de Roma, donde hay más inmigración irregular, más violencia, más venta de droga”. El Municipio VI era el único de Roma en el que gobernaba la extrema derecha de Fratelli d’Italia, en un gobierno de coalición encabezado por Nicola Franco, antes de que el partido ganara las elecciones generales de Italia en 2022.

Un niño en un campamento de chabolas en Tor Bella Monaca, Roma, Italia. (Wikimedia Commons)

Allí, explica, los vecinos no buscaban discursos, sino respuestas concretas. “A esos vecinos que estaban hartos de la vida que tenían, podrías echarles todas las charlas que quisieras sobre derechos humanos. Pero esos vecinos lo que querían eran soluciones. No que les hablaran de los derechos humanos básicos, del amor, de no sé qué. Porque es muy fácil ir a casa de los demás a decirles: ‘Pobrecillos’. Sí, pero aparte de pobrecillos, ¿qué me pasa a mí? ¿Cómo está mi parque? ¿Cómo van mis hijos a la guardería? ¿En qué estado están las calles cuando voy al centro de salud? ¿Cómo está de colapsado el centro de salud? Dar ciertas lecciones desde la lejanía es muy fácil”.

Dar lecciones, en general, es algo que Brandoli prefiere no hacer, porque no tiene “absolutamente ninguna solución que dar” y considera que, aun si las tuviese, no sería la persona indicada para hacerlo. Prefiere dudar y hacer que los demás lo hagan también: “Si no dudas, vas por el mundo con tus cuatro verdades e imponiéndote a los demás”. Lo importante es tener “la capacidad de escuchar, la capacidad de entender, la humildad de entender”. Javier no se hizo “periodista para pontificar”, sino para “contarle a los demás cómo piensan las personas” que se encuentra. Eso es precisamente lo que hace en Carbonara con Nata: explicar, hablando de otros, cómo el mundo le ha “enseñado a dudar”.

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