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“Ya hemos tenido suficiente estrés en la vida”: Véronique y Marc son los dos únicos habitantes de una isla a la que solo se puede llegar a pie o en bicicleta

Una pareja de jubilados dejó atrás la ciudad para regentar un refugio en plena naturaleza al que llegan visitantes en busca de desconexión

Véronique y Marc son los dos únicos habitantes de una isla a la que solo se puede llegar a pie. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Abandonar la ciudad, vivir rodeados de naturaleza y pasar nueve meses al año en una isla a la que solo se puede llegar a pie o en bicicleta. Esa es la vida que eligieron Véronique y Marc, los dos únicos habitantes de Sainte-Lucie, un pequeño enclave de la costa mediterránea francesa donde el ruido de la ciudad ha dado paso al canto de las cigarras, el sonido de las aves y el silencio de la naturaleza.

Con 60 y 66 años, la pareja reside allí desde principios de febrero hasta finales de noviembre y regenta un alojamiento en plena naturaleza al que llegan visitantes en busca de desconexión. En una entrevista con Midi Libre, Véronique y Marc cuentan cómo dejaron atrás su vida en la ciudad para instalarse en este lugar apartado y hacer de la tranquilidad su nueva forma de vida: “Ya hemos tenido suficiente estrés en la vida, vivir en Sainte-Lucie es perfecto para nosotros. De jóvenes solo queríamos vivir en la ciudad. Ahora es todo lo contrario”.

El lugar, además, tiene una larga historia. El dominio fue construido a partir del siglo XVII y albergó un antiguo convento propiedad de los arzobispos de Narbona. Más tarde se convirtió en una explotación agrícola y finalmente en un refugio de caza. Hoy, el espacio está dedicado a recibir visitantes y a ofrecerles una experiencia de desconexión en plena naturaleza.

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Un paisaje de montaña.

Una vida entre naturaleza y visitantes

La pareja se ocupa prácticamente de todo. Véronique lleva la cocina, el jardín y las flores, mientras Marc se encarga del mantenimiento, las reparaciones y los desayunos de los huéspedes. El refugio cuenta además con un huerto y un gran estanque con peces rojos alimentado por un manantial de agua clara. “Cada vez que abrimos los ojos, es magnífico”, asegura Véronique sobre el lugar que ahora considera su hogar.

La naturaleza es también una parte fundamental de su día a día. Corzos, jabalíes, zorros, flamencos rosados, cigüeñas, gaviotas y abubillas habitan los alrededores. “Me levanto temprano para sacarlo y aprovecho para observar los corzos”, cuenta Véronique, en referencia a los paseos con su perro Gamin. Marc añade que estos animales “emiten un ladrido ronco que no es muy bonito, aunque son muy tiernos”.

Véronique, hija de madre vasca y padre corso, es la encargada de la cocina y prepara platos como pollo a la provenzal, lasañas, estofado, verduras rellenas o pissaladière, con buena parte de las frutas y verduras de su propio huerto. Antes de llegar a Sainte-Lucie, la pareja vivía en Niza y gestionaba un centro de alojamiento con capacidad para 280 personas. Un amigo les animó a trasladarse a la zona de Sigean y, al conocer la oferta de trabajo en el refugio, sintieron que habían encontrado su lugar.

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Una persona camina por un sendero. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Llegar hasta la isla, sin embargo, requiere algo de esfuerzo. En verano, las temperaturas pueden rozar los 38 grados y los mosquitos se suman a las dificultades del camino. Quienes consiguen llegar encuentran un espacio apartado del ruido y pensado para desconectar. “Hemos dado la vuelta a la isla, es magnífica. La próxima vez reservaremos para comer aquí, no lo sabíamos”, comentaron unos visitantes al llegar al refugio.

Para Véronique y Marc, la mejor época para descubrir Sainte-Lucie es fuera de los meses más extremos del verano: “Abril/mayo o septiembre/octubre son los mejores periodos para venir”. Una recomendación para quienes quieran conocer este particular rincón de la costa francesa y comprobar cómo es vivir lejos del ritmo de la ciudad, en una isla donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo.