El estrés es quizá el gran mal del siglo XXI: prácticamente todo el mundo afirma que está estresado hoy en día, incluyendo a los niños. Y las consecuencias para la salud son graves: según una serie de investigaciones recientes, el estrés crónico deteriora el sistema inmunitario y acelera los procesos biológicos asociados con el envejecimiento.
En modelos animales, investigadores de la Universidad de Guangzhou han señalado que el estrés persistente desencadena un “efecto dominó” capaz de modificar tanto la actividad cerebral como la composición bacteriana del intestino y la función de las células madre hematopoyéticas. Uno de los hallazgos principales fue la reducción del bacterio ‘Lactobacillus reuteri’, considerado clave para el equilibrio intestinal. El estudio recoge que también se detectó una “reducción de los niveles de espermidina”, una sustancia que ayuda a la eliminación de células dañadas y al mantenimiento de procesos de limpieza celular.
A largo plazo, este deterioro en la microbiota puede traducirse en una menor capacidad para producir células inmunitarias, lo que incrementa la vulnerabilidad frente a infecciones. El fenómeno, documentado en ratones, no se descarta en humanos y podría explicar la relación entre problemas psicológicos y enfermedades físicas. En palabras de los científicos, el deterioro progresivo del eje cerebro-intestino-médula “acaba debilitando la respuesta de nuestro cuerpo ante infecciones y haciéndonos más susceptibles a caer enfermos”.
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Por otro lado, en la Universidad de Innsbruck, el equipo investigador ha analizado cómo “el estrés crónico afecta al sistema inmunológico, acelerando su envejecimiento”. Este proceso se asocia a una serie de alteraciones como la disminución de la sensibilidad de los receptores de cortisol, el aumento de inflamación de bajo grado y el acortamiento acelerado de los telómeros, estructuras protectoras de los cromosomas. “El acortamiento acelerado de los telómeros se ha relacionado con una vida más corta y diversas enfermedades, como la enfermedad de las arterias coronarias, la aterosclerosis, la diabetes tipo 2, las enfermedades autoinmunes y los trastornos mentales, como la depresión”, puntualiza el equipo.
Entre los biomarcadores estudiados sobresale el gliceraldehído, cuyos niveles sanguíneos “se correlacionaban significativamente con la gravedad de la depresión y el trauma, así como con el marcador inflamatorio proteína C reactiva”. Además, niveles elevados de esta sustancia se vinculan a telómeros más cortos, especialmente en las células CD8+, un tipo de linfocito.
Mecanismos fisiológicos y consecuencias metabólicas
La respuesta al estrés, explican los especialistas, comienza con la “reacción de lucha o huida” gobernada por la amígdala y el hipotálamo, que activa la secreción de adrenalina y, posteriormente, de cortisol. “La adrenalina se encarga de inducir cambios fisiológicos destinados a movilizar la energía disponible para huir o luchar”, mientras que “el cortisol se encarga de mantener el estado de alerta máxima y los procesos fisiológicos activados por la adrenalina”.
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Si la amenaza persiste, el organismo entra en una fase de resistencia que, con el tiempo, puede desembocar en agotamiento y en una inflamación crónica. La inmunosenescencia, o envejecimiento prematuro del sistema inmunitario, se manifiesta en una mayor susceptibilidad a infecciones, cáncer y enfermedades autoinmunes. El estrés crónico intensifica y acelera este proceso.