Insatisfacción crónica, búsqueda incansable de aprobación y dificultades para empatizar: así impacta el perfeccionismo en la salud mental

El psicoterapeuta Leon Garber considera que este patrón produce malestar y desgasta las relaciones con los demás

Una mujer angustiada en una imagen de recurso. (Adobe Stock)

Todo debe estar en orden, pero nunca lo está, no del todo: un coche, un cuarto o una casa pueden estar más limpios siempre. Y siempre se puede obtener una mejor nota en un examen, salvo que aparezca un sobresaliente; entonces, no es merecido y habrá un error que el profesor no habrá visto. Las felicitaciones por el trabajo bien hecho son falsas; lo que sucede es que los demás no quieren provocar malestar. Nunca hay plenitud, ni satisfacción ni descanso. Así viven los perfeccionistas, atrapados por su propia autoexigencia. Pero esta condición también puede ser un lastre en las relaciones con los demás.

El perfeccionismo en las relaciones humanas genera dinámicas de exigencia insaciable, según expone Leon Garber, psicoterapeuta que escribe en la revista Psychology Today. En uno de sus artículos, Garber advierte que quienes adoptan una visión rígida sobre el rendimiento ajeno tienden a calificar de insuficiente cualquier esfuerzo, impidiendo la posibilidad de reconocimiento y alimentando una insatisfacción crónica. Para el experto, esta actitud es raíz de tensiones constantes tanto en la vida personal como profesional, y sugiere que el “perfeccionismo socialmente prescrito” —la convicción de que otros exigen estándares inalcanzables— conduce a una búsqueda perpetua de aprobación jamás correspondida.

Cuando los pacientes describen sentimientos de desinterés o abandono, Garber identifica que las respuestas tradicionales de los terapeutas, enfocadas en enumerar acciones de apoyo, tienden a reforzar el pensamiento perfeccionista. Propone replantear la intervención desde el cuestionamiento: “¿Con qué frecuencia asumes que los demás no están haciendo lo mejor que pueden? ¿Con qué frecuencia crees que tu sentido de ser más reflexivo y desinteresado, si no más inteligente también, los aleja?”. Detalla que este tipo de preguntas permite a los perfeccionistas reconocer patrones que afectan los vínculos.

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El perfeccionismo socialmente prescrito obliga a una búsqueda interminable de aprobación

Garber explica que los perfeccionistas socialmente prescritos sostienen que la excelencia es una demanda impuesta desde el entorno, lo que los lleva a una búsqueda constante de validación. Este ciclo sostiene la sensación de no ser dignos de elogio, ya que “la perfección, sea cual sea, sigue siendo desconocida”. Este enfoque difiere de la perspectiva de quienes creen que las personas hacen lo mejor que pueden. Garber remarca: “La segunda perspectiva implica una directiva porque la acompaña la creencia de que los demás no siempre están haciendo lo mejor que pueden y, de hecho, normalmente no lo hacen”.

El perfeccionismo orientado a los demás expone obstáculos propios: quienes adoptan este patrón suelen etiquetar a quienes no cumplen con sus estándares como perezosos o hipócritas. Frases como “Siempre puedes hacerlo mejor” o “¿Pero de verdad has dado lo mejor de ti?” funcionan como mecanismos de distancia y juicio, según Garber. El resultado es una dinámica de desaprobación constante: “Si admites que no lo hiciste tan bien como podrías, entonces te etiquetan como vago. Y si te defiendes manteniendo que lo hiciste, te criticarán por carecer de perspicacia, si no por cometer engaño directo”, explica. Y eso no sirve para limar asperezas, más bien todo lo contrario.

El perfeccionismo dificulta la empatía y refuerza la separación

Garber sostiene que el perfeccionismo, especialmente el dirigido hacia los demás, limita la comprensión de las restricciones ajenas. “Los perfeccionistas orientados a otros luchan por diferenciar entre igualdad y equidad. Sí, pueden tratar a todos con justicia, en el sentido de exigir estándares imposibles y cada vez mayores; pero no parecen capaces de empatizar con sus necesidades y, más importante aún, con sus limitaciones”, indica.

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El cuestionamiento de estas ideas requiere examinar el origen del propio cinismo. Garber invita a pensar: “¿Es posible que tu cinismo tenga raíces en la vergüenza, proyectado en los demás para sentirse importante?”. Considera que aceptar la perspectiva de otros implica humildad y disposición al aprendizaje: “Se pide al perfeccionista orientado a los demás que considere seriamente que puede estar simplificando en exceso las suposiciones de sus expectativas; que puede que aún sea su responsabilidad aprender de lo que otros son y no son capaces de hacer”.

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