En pleno centro de Madrid, atravesando una estrecha puerta de madera de un tono verdoso desgastado, se encuentra el taller de José Luís López Domínguez (63), rejillero, como su padre, el padre de su padre y el padre del padre de su padre. El barrio ha ido cambiando, los oficios tradicionales le han dado paso a las tiendas de souvenirs y a los distintos negocios asiáticos que se encuentran en la calle Isabel la Católica. Pero, en el número 7, este pequeño taller, de tradicional familiar, resiste al paso del tiempo.
Desde el exterior es difícil apreciar lo que esconde el local pero, al abrir la puerta, la luz permite ver cómo las sillas de mimbre se ubican entre las paredes y el techo, con cierto desorden. No hay máquinas, este es un oficio artesanal para el que López utiliza sus propias manos y la ayuda de un destornillador. “El material que usamos es junco, que viene de Asia y es muy elástico, sobre todo si lo humedeces”, explica.
Pese a que el local se inauguró en 1910, el primero en dedicarse al oficio fue su bisabuelo, en 1877, desde entonces su familia elabora los asientos de las sillas y de todo tipo de piezas que puedan llevar rejilla. “Trabajamos todo lo que tenga rejilla, una silla, un sillón, un cabecero de cama, un sofá”, cuenta. En 2010, el Ayuntamiento de Madrid les otorgó una placa de metal, que se encuentra incrustada en la acera, para conmemorar los 100 años de vigencia.
Cuando el negocio era regentado por su abuelo, servía a su vez de vivienda para la familia, algo que se mantuvo cuando su padre heredó el taller. En 1962, cuando él nació, la familia compró una casa y el local pasó a servir únicamente como taller. “Este es mi barrio, mi zona. Yo jugaba al fútbol en todas las plazas de aquí, con mis amigos y todos los niños de aquella época”, recuerda.
Trabajos para Casa Real y Moncloa
Al igual que han cambiado las tiendas de su calle también lo han hecho sus clientes. López cuenta que antes el 90% de su trabajo venía de encargos de profesionales pero, como estos han desaparecido, este porcentaje le pertenece a los particulares. “Traen sus sillas, que se les han estropeado, para que les cambiemos la rejilla y quede como nueva”, explica.
“El cambio ha sido radical, de ser todo profesionales a particulares. Antes con pocos clientes cumplías el mes, porque un solo profesional te podía traer 24 sillas de golpe, otro ocho, otro doce, un cabecero de cama con orejas. Ahora para hacer ese volumen necesitas 30 o 40 personas”, cuenta López.
Entre sus clientes más destacados se encuentran Casa Real, Moncloa y algunos ministerios, aunque López recuerda con alegría a Lucía Bosé, la madre de Miguel Bosé, Antonio Mingote o Antonio Fraguas “Forges”. “Si tratas bien a los clientes duran muchos años, porque la rejilla no se rompe todos los días. Si tienes seis las vas haciendo durante varios años”.
“Mi clientela, la mayoría, es mayor de 60 años. Quieren mantener lo que tienen o recuperar lo que les han dejado sus padres”, cuenta. Además, destaca el “daño” que le ha hecho a su oficio el surgimiento de negocios como Ikea: “La gente joven prefiere el mueble de usar y tirar más que el tradicional”.
Más de 10 horas al día trabajando
López es autónomo. Como rejillero destaca que puede estar entre diez y once horas en al día en su taller: “Ser autónomo es duro porque si no trabajas no ganas, con lo que al final tienes que hacer horas, y más en un oficio artesanal y manual como es el mío”.
Sobre los gastos, López tiene una “pequeña ventaja”, ya que el local es suyo, lo que le da cierta tranquilidad. “Con menos ingresos puedes mantenerte con más facilidad”, dice, destacando como principales gastos el de la comunidad de vecinos y el el IBI.
Respecto a los ingresos como rejillero, estos dependen de cada mes y del volumen de trabajo. “La media nunca la he hecho, pero alrededor de 2.000 euros al mes”, cuenta. “A veces el trabajo que tienes te da más o menos dinero, porque los hay más fáciles o menos fáciles, que llevan más o menos tiempo. Cuanto más tiempo lleva, más caro y más ganas, esa es la diferencia”.
Termina el legado familiar pero no el oficio
José Luís López cumplirá este año 64, por lo que espera jubilarse en 2027, aunque antes necesita encontrar a alguien que continúe con su oficio. “Si tengo suerte y salud el año que viene me jubilo. He hablado con una persona para que se quede el negocio, espero llegar a un acuerdo y que siga la rueda en el mismo sitio otros cuantos años más”.
Pese a que tiene una hija (16 años), él será el último López en regentar el negocio familiar. “Para que un hijo se quede el negocio tiene que estar en el negocio y mi hija no ha venido nunca, porque nosotros vivimos en Plaza Castilla, estudia por allí y no tiene esa cercanía. Yo iba al colegio aquí y mis amigos eran de esta zona, mi vida era esto. Esa pequeña diferencia cambia todo”, explica.
Como muchos oficios tradicionales, este podría desaparecer. para López, eso dependerá de la gente: “Si vuelven a reparar lo que tienen en casa los negocios como este tendrán futuro. El problema es si seguimos con la mentalidad de usar y tirar. Parece que la gente está cambiando mentalmente”.
“Hay muebles muy buenos que habrá que arreglarlos siempre. Siempre habrá alguien que tenga que saber el oficio, que lo aprenda”, asegura. Para López el oficio “hecho a mano” puede desaparecer, porque la nueva rejilla es más barata y más fácil de trabajar pero, mientras haya cosas buenas, siempre habrá alguien que lleve el oficio. “Si ahora hay diez, a lo mejor habrá tres, que cobrarán mucho y ganarán mucho con menos trabajo”, augura.