La fama de comensal exigente del rey Carlos III ha alimentado durante años la curiosidad sobre los hábitos alimenticios del monarca británico. Entre las anécdotas más comentadas destaca la supuesta costumbre del monarca de pedir que le preparen seis huevos para su té de la tarde, con el objetivo de que al menos dos alcancen el punto de cocción exacto que prefiere. De ser cierta, esta peculiaridad implicaría el uso de 42 huevos a la semana solo para satisfacer su merienda, aunque el Palacio de Buckingham ha negado esta afirmación. La historia, sin embargo, persiste como ejemplo de las excentricidades atribuidas al soberano.
La imagen de Carlos III como comensal meticuloso no se limita a los huevos. Sus preferencias abarcan desde la elección del té —rechaza el tradicional English Breakfast en favor del Darjeeling, que toma con miel y leche— hasta la invención de recetas propias. El monarca ha dado su toque personal a platos clásicos, como el “coq au vin” y la moussaka, sustituyendo la carne habitual por ave de caza, en particular el urogallo, una de sus carnes predilectas.
En 2018, mientras colaboraba como editor invitado en una revista, compartió su receta de “groussaka”, una versión de la moussaka griega con urogallo, y señaló el “pheasant crumble pie” como uno de sus platos favoritos.
Hasta hace pocos años, el rey evitaba el almuerzo, pero por recomendación de la reina Camila y de sus médicos, ha incorporado una comida ligera al mediodía, en la que suele incluir medio aguacate. Además, ha adoptado prácticas alimenticias orientadas a la sostenibilidad ambiental, como prescindir de carne y pescado dos días a la semana y eliminar los lácteos un día, según contó el monarca a la BBC en 2021.

Durante sus viajes, Carlos III ha sido descrito como alguien que no deja nada al azar. Según relatos de la biógrafa Tina Brown, el rey solía llegar a cenas con su propio martini ya preparado, servido en su vaso personal por su oficial de protección. Además, se asegura de que su mobiliario y hasta cuadros personales lo acompañen, transportados por adelantado para recrear su entorno habitual en las residencias de sus anfitriones.
Las exigencias de la reina Isabel
Las excentricidades culinarias no son exclusivas del actual monarca. La difunta reina Isabel II también tenía preferencias singulares, especialmente en su versión del tradicional “fish and chips”. En lugar de los habituales bacalao o eglefino, la reina optaba por merluza, un pescado de sabor más suave y textura delicada, poco común en este plato. El exchef real Darren McGrady, quien trabajó para Isabel II durante más de una década, detalló que la reina evitaba el rebozado grueso y frito, prefiriendo una preparación más ligera: la merluza se pasaba por harina, yema de huevo y mantequilla, se cubría con panko y se horneaba a 200 grados centígrados durante diez minutos.
La presentación era tan importante como la receta. Las patatas debían cortarse en rectángulos idénticos y apilarse formando un cuadrado perfecto. En lugar de la tradicional salsa tártara, la reina acompañaba el plato con una holandesa de estragón casera, elaborada con yemas de huevo, limón, estragón y mantequilla clarificada, decorando el pescado con una flor fresca.
Estas costumbres, transmitidas por quienes han servido en la cocina real, revelan que la atención al detalle y la búsqueda de sabores refinados han sido una constante en la mesa de la realeza británica.
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