
“Mamá, soy yo, Jaycee”, escuchó Terry Probyn, madre de Jaycee Dugard, quien se encontraba al otro lado del teléfono.
“No me hagas esto. No es gracioso”, contestó Probyn, una madre que ya había recibido numerosas llamadas del mismo estilo.
“No mamá, soy yo, Jaycee, de verdad”, insistió su hija.

Un secuestro a la vista de todos
El lunes 10 de junio de 1991, Jaycee Dugard, a la edad de 11 años, vería por última vez a su familia. A plena luz del día, cuando caminaba hacia la parada del autobús de la escuela. La búsqueda se inició inmediatamente, pero no se obtuvieron pistas fiables, aunque hubo una multitud de testigos.
Aquella mañana, todo transcurría como el primer día de la semana. Su padrastro, Carl, preparó el desayuno para ella y su hermana, Shayna. Minutos antes de la hora en la que debería pasar el autobús, Jaycee salió de casa y caminó hasta la esquina, donde las recogería.
Mientras tanto, Carl la vigilaba por la ventana, como siempre, hasta que la veía subir a la pequeña con todos los demás chicos del barrio. Todos vieron como la secuestraron. Carl, desde la ventana, y sus compañeros desde la esquina donde hacían cola para subirse al autobús.
Jaycee estaba andando por el camino cuando se detuvo frente a un coche gris. En ese instante, una mujer bajó la ventanilla y la disparo con una pistola eléctrica. En el acto, la mujer y otro hombre la recogieron y la tiraron en el asiento de atrás.
El coche salió a toda velocidad dando medio vuelta sin que nadie pudiera hacer nada. Su padrastro, desesperado, intentó perseguir a los secuestradores en su bicicleta, pero solo pudo ver cómo se alejaba hasta perderlos de vista.

El violador y la enfermera
Pese a las descripciones del coche y la ropa que llevaba Jaycee, la policía nunca sospechó de los verdaderos secuestradores hasta después de 18 años.
Phillip Garrido y Nancy Bocanegra eran un matrimonio que vivía en la casa de madre del hombre, una mujer con demencia senil, circunstancia que aprovecharon para llevar a cabo su plan.
Garrido había sido un chico como cualquier otro hasta que en la adolescencia sufrió un accidente en moto. Después de eso se hizo adicto a los calmantes y más tarde al LSD.
Cuando tenía 21 años fue acusado de violar a una niña de 14 años, pero la familia de la víctima retiró los cargos para no exponerla a testificar en el juicio.

La llegada a la casa
Jaycee no estaba aturdida por el impacto del disparo, pero sí aterrorizada por la situación, cuando, al pasar el mediodía, descubrió que no estaba en la escuela. Se había hecho pis encima y tenía la cabeza cubierta por un trapo que no la dejaba ver nada.
Una vez dentro de la casa, Garrido la desnudó y la obligó a bañarse con él. Después la dejó encerrada durante cinco días, esposada en una cama. Nancy únicamente le liberaba las manos para que pudiera comer.
Al quinto día, Garrido violó por primera vez a Jaycee, volviéndose costumbre a lo largo de sus años de cautiverio. Por su parte, Nancy la alimentaba y alternaba gestos supuestamente tiernos con maltratos.

¿Síndrome de Estocolmo?
Los años pasaban y Jaycee continuaba estando secuestrada. Las condiciones iban variando y fue tal la dependencia que llegó a tener de Garrido y su mujer, que llegó a comportarse como una cómplice en su calvario.
Primero, tuvo cierta libertad para moverse por la casa. Más tarde, incluso para salir. Nunca se le ocurrió escapar. Cuando llegaban los policías para entrevistar a Garrido, este la presentaba como la hija de su sobrina y ella lo confirmaba.
En el barrio corrían rumores sobre esa familia tan extraña. Nadie había visto embarazada a Nancy, pero el matrimonio tenía ya dos pequeñas hijas, que eran más parecidas a “la sobrina” que a la supuesta madre. Eso tampoco llamó la atención de la policía.
Empezó a trabajar en un negocio de imprenta y fotocopias que abrió Garrido, diseñando tarjetas de presentación e invitaciones para fiestas y casamientos. Allí atendía a los clientes, tenía teléfono y una computadora conectada a Internet. Sin embargo, nunca se atrevió a denunciar nada ni tampoco trató de comunicarse con su madre.
También colaboraba con Garrido en una misión que él mismo se había encomendado, la de creer que tenía un mensaje de Dios para entregar al mundo. Repartía folletos que ella misma diseñaba en la imprenta.

Delirios y “el deseo de Dios”
El miércoles 26 de agosto de 2009, el delirio religioso de Garrido terminó abriendo las puertas de la libertad para Jaycee y sus dos hijas, de 11 y 15 años.
En su afán de ampliar el alcance de su mensaje a la humanidad, el lunes 24 de agosto de 2009, el secuestrador fue a la Universidad de Berkeley para solicitar que le prestaran el campus para una actividad llamada “El deseo de Dios”.
A la asistente social, Lisa Campbell, encargada de los eventos especiales de la universidad, le llamaron la atención varias cosas extrañas: los delirios de Garrido, las dos chicas que tenían comportamientos extraños y el moretón que tenía la mayor en uno de sus ojos.

Sospechó por lo menos la existencia de un abuso y lo citó para dos días después. Inmediatamente después llamó a la policía. Los agentes pidieron los antecedentes del hombre: descubrieron que estaba en libertad condicional cumpliendo una pena por violación.
Dos días más tarde, Jaycee, cuando vio a los policías, sintió que sus hijas estarían protegidas e hizo un “clic” que le permitió romper las cadenas que la ataban a su secuestrador.
Garrido fue detenido en el momento y poco después Nancy salía esposada de la casa de Antioch. Después de 18 años de calvario, Jaycee Dugard, con solo decir su nombre, recuperó la libertad. Fue entonces cuando pidió llamar a su madre.
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