La alimentación forma parte de la vida escolar de una manera tan cotidiana que muchas veces queda fuera de la discusión. En Vicente López, el programa Nutriendo la Escuela parte de la idea contraria: aquello que los chicos comen en la escuela incide en su desarrollo y puede convertirse, además, en una oportunidad para construir hábitos desde los primeros años.
Creado formalmente en 2023 por la Secretaría de Educación y Empleo del municipio, el programa articula la planificación de menús, la adecuación de las cocinas, el trabajo de nutricionistas, la capacitación de docentes y personal y distintas instancias de educación alimentaria con estudiantes y familias. Uno de los cambios más importantes llegó en 2025, cuando las escuelas municipales dejaron de ofrecer alimentos ultraprocesados y comenzaron a reemplazarlos por preparaciones realizadas en sus propias cocinas.
La decisión supone una transformación que excede el menú. El comedor aparece también como un espacio pedagógico, mientras talleres, encuentros con las familias y actividades dentro de las aulas buscan que la discusión sobre la alimentación no termine en la puerta de la escuela. El programa alcanza diariamente a más de 2.700 estudiantes y forma parte de una política que el municipio busca sostener en el tiempo.
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Rocío Fontana, secretaria de Educación de Vicente López, fue quien estuvo al frente de ese proceso. En diálogo con Ticmas explica cómo se tomó la decisión de avanzar sobre los ultraprocesados, qué inversiones y cambios de organización fueron necesarios, cómo reaccionaron las familias y por qué considera que una experiencia nacida dentro del sistema educativo municipal puede proyectarse más allá de sus escuelas.
—Llevar adelante un programa como este implica decisión política, pero también inversión en cocinas, equipamiento, profesionales y capacitación. ¿Cuál fue el principal desafío para que esa decisión se pueda convertir en una acción sostenida en las escuelas?
—Llevar adelante un programa así es desafiante pero vale la pena. Cuando lo pensamos, no pensamos en los obstáculos. Pensamos en que era lo correcto y lo que debíamos hacer y eso guía todo lo demás. En primer lugar, contamos con el apoyo desde el primer momento de nuestra intendenta Soledad Martínez. Ella confía en su equipo técnico, comparte la visión y nos impulsa a más. En segundo lugar, Vicente López ya tenía en sus escuelas municipales un programa muy sólido que se llama “Nutriendo la Escuela”. Esto fue dar un paso más. En tercer lugar, se diseñó una planificación estricta, contemplando escenarios posibles. La infraestructura no fue desafío porque en cada jardín o escuela donde nuestros alumnos comen ya contaban con cocinas y lo necesario para brindar el servicio alimentario. Asimismo, hemos convertido dos nuevas instituciones el año pasado a jornada completa, y eso implica que los niños almuercen, con lo cual se invirtió en la infraestructura necesaria para ello.
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—Pero ¿invirtieron en equipamiento?
—Sí, fue necesario. Al pasar de comprar algunos alimentos envasados y listos, a cocinarlos nosotros, precisamos, por ejemplo, de más batidoras o con mayor capacidad. En la lista, último pero muy importante: contamos con personal de cocina y de limpieza necesario. Siempre se capacitan, pero al iniciar el programa, se focalizó en cocina sin ultraprocesados, sus implicancias y razones. Era importante que todos en la organización entendiéramos por qué cambiamos galletitas de paquete por las de avena y fruta hechas en nuestras cocinas, o cereales industriales por tortas caseras endulzadas con frutas. Y para impulsar aún más la movida, hasta hicimos un “Masterchef”. La verdad es que cocinan muy rico. Quizas el desafío mayor fue que decidimos hacerlo, luego de un breve piloto, en los veintinueve establecimientos al unísono. Las condiciones estaban dadas, la información la teníamos, la decisión estaba tomada. El ciclo lectivo del año pasado (2025) logramos eliminar los ultraprocesados en veintinueve jardines, dos primarias y una secundaria. Tanto en desayunos y meriendas como en los almuerzos.
—¿Cómo se construye el diálogo con las familias.para que la propuesta pueda continuar también fuera de la escuela?
—Con información, confianza, diálogo y autoridad. También dando el ejemplo. No pusimos en debate si estaban de acuerdo o no. Tomamos la decisión. Como profesionales —y con evidencia científica— sabíamos qué era lo mejor en busca del bienestar integral de los niños: que para nosotros incluye atender todo lo que sucede las horas que los alumnos transcurren en las escuelas. Además, creemos que es una responsabilidad más allá de nuestras fronteras. Que una escuela decida no ofrecer ultraprocesados es —o esperamos que sea— un ejemplo para la sociedad toda. Pero dicho eso, como ya teníamos “Nutriendo la escuela”, las familias sabían del foco que le ponemos a la alimentación. Incluso, a los niños les brindamos desde jardín talleres sobre nutrición y el horario de la comida tiene un marco pedagógico. En este caso, frente a esta innovación, se citó a todas las familias a charlar con el equipo de nutrición: para conocer la propuesta, sacarse dudas, entender las razones y fundamentalmente, intentar que esto llegue también a las casas. La realidad es que la recepción fue muy positiva y hacemos equipo con las familias. Respetan y acompañan. Creo que es a base de confianza, seriedad y de ver que sus hijos disfrutan de lo que comen y saben que es de calidad. También les compartimos recetarios.
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—Si cambiar hábitos alimentarios es un proceso que necesita tiempo, ¿cómo imaginan el sostenimiento de “Nutriendo la Escuela” a largo plazo?
—Es un proceso, pero hay decisiones que deben tomarse pronto. Es importante sostenerlos con visión a largo plazo, que fue también el pedido de Soledad. Hay que transformar pronto aquellos hábitos que sabemos que, si se realizan o consumen con mayor frecuencia, son dañinos y, más aún, si se inician a edades tempranas. Sostenerlo es un desafío pero así será. En Vicente López cada cosa que se hace bien se sostiene en el tiempo. Este programa es ya una política educativa. Podremos mejorar recetas; innovar estrategias; pero el objetivo es sostenerlo, a menos que la evidencia científica nos demuestre lo contrario. Estamos muy contentos con los resultados. Si pudiera decir otro desafío y pensando más allá de nuestro sistema educativo: es que esto sea un faro para todos los colegios sin distinción de si son estatales o privados; y también en cada hogar. Que inspire a revisar qué ofrecemos o cómo alimentamos a los niños desde que nacen: ¿agua o jugo y gaseosas? ¿galletitas ultraprocesadas o frutas? En los tiempos que corren no es tan sencillo, pero somos los adultos los responsables y más aún liderando instituciones educativas. Luego hay que sostener, con diálogo, con propuestas ricas, con organización y planificación; con información. A mayor información menos prejuicios.
—¿Qué significa?
—A veces los adultos pensamos que algo no les va a gustar a los chicos y no se los ofrecemos. Hay que intentar. Por ejemplo, nosotros no ofrecemos jugos industriales, algo que sucede en muchas instituciones incluso del nivel inicial. Y en todo caso, tiene un costo mayor que el agua, que es mejor y necesaria. Y si miramos más allá: el impacto ambiental también es positivo. Nuestro equipo está viajando ahora a San Pablo a contar la experiencia y a conocer la de allá en términos de impacto ambiental. El desafío también es certificarnos en que nuestra alimentación es sustentable desde un punto de vista ambiental.
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