Escuelas que innovan juntas: cómo es la red educativa que busca aprendizajes “inclusivos y efectivos”

Desde 2013, la Red de Innovación AIE articula a la Universidad Católica Argentina con escuelas e institutos de formación para impulsar cambios en la enseñanza, la gestión institucional y la preparación de futuros docentes. Sus impulsores acaban de publicar un libro que repasa las lecciones aprendidas

Valeria Dellavedova y Andrés Peregalli presentaron un libro sobre la experiencia de la Red de Innovación AIE, una iniciativa del Departamento de Educación de la Facultad de Ciencias Sociales de la UCA. (Foto: Ignacio Armendariz Gachiteguy)

Andrés Peregalli y Valeria Dellavedova son profesores del Departamento de Educación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Católica Argentina (UCA). Acaban de publicar el libro Innovar en Red: Transformar la educación desde la formación docente inicial y continua (Kapelusz). El libro se enfoca en la experiencia de la Red de Innovación AIE, una comunidad de instituciones educativas que desde 2013 reúne escuelas, institutos de formación docente y otros actores educativos en torno a un modelo de “Aprendizaje Inclusivo y Efectivo”, inspirado en la experiencia de Alverno College, una universidad católica de la ciudad de Milwaukee, en Estados Unidos.

–¿Cómo nace la Red de Innovación AIE y cómo está conformada hoy?

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Andrés Peregalli (AP): La red es una comunidad de instituciones educativas que, con distintos grados de proximidad a este modelo de enseñanza y aprendizaje, participan desde hace más de diez años en articulación con la Universidad Católica Argentina. En total, unas cien instituciones han tenido algún tipo de vínculo con el Departamento de Educación o con el modelo AIE. De ese universo, alrededor de treinta participan hoy de manera activa y sostenida. Hay instituciones de nivel inicial, primario, secundario y superior.

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La red nació con un doble objetivo, en el marco de un modelo pedagógico y educativo más amplio llamado “Aprendizaje Inclusivo y Efectivo” (AIE). Por un lado, busca vincular a la universidad con las instituciones donde los estudiantes de formación docente realizan sus prácticas, para que esas escuelas puedan ofrecer una experiencia coformadora sólida y significativa. Por otro, apunta a acompañar a las escuelas en la gestión institucional y en el trabajo en el aula.

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Valeria Dellavedova (VD): Los estudiantes de profesorado deben realizar prácticas desde el inicio de su carrera en aulas reales como parte fundamental de su preparación profesional. Por eso, si el objetivo es formar docentes desde el modelo de aprendizaje inclusivo y efectivo, resulta indispensable que esas prácticas se desarrollen en instituciones alineadas con ese enfoque. Esto implica un trabajo muy artesanal: coordinar el envío de decenas de estudiantes de distintos años a múltiples instituciones, organizar sus recorridos formativos y garantizar experiencias pedagógicas consistentes.

–¿Cómo es el perfil de las instituciones educativas que integran la red?

AP: La mayoría de las instituciones de la red están en CABA. También hay en la provincia de Buenos Aires y en Santa Fe. La mayoría son instituciones privadas, muchas de ellas confesionales, aunque trabajan con distintos niveles socioeconómicos. Hay instituciones en contextos socioculturales complejos, críticos, muchas veces atravesados por situaciones de pobreza.

Además, en distintos momentos también hubo escuelas de gestión estatal. Sostener esa participación a veces resulta más difícil, por cuestiones organizativas y de funcionamiento.

VD: La red está pensada, en buena medida, a partir del espacio de prácticas de los estudiantes. Pero enviar estudiantes a hacer prácticas fuera de la región implica también trasladar a los profesores que deben observarlos y evaluarlos. Por eso, en sus orígenes, la red tuvo un carácter más local.

Sin embargo, con el tiempo se fueron construyendo vínculos con otras provincias e incluso con otros países. Ese crecimiento también llevó a un cambio de nombre: comenzó como Red de Escuelas AIE y hoy se denomina Red de Innovación. La incorporación de institutos de formación docente, espacios de investigación y vínculos con investigadores de países como Uruguay, Italia y Estados Unidos fue ampliando su horizonte.

El libro "Innovar en red" forma parte de la colección de la Biblioteca de Innovación y Formación Docente de Kapelusz, dirigida por Gabriela Azar.

–Si una escuela quiere sumarse, ¿qué tiene que hacer?

AP: Hay una condición fundamental: que la escuela tenga disposición para innovar. Junto con eso, también es muy importante que las instituciones estén abiertas a prepararse y formarse para recibir estudiantes de la universidad.

Para nosotros, la palabra innovación es central, porque es lo que articula a la universidad —como espacio de formación docente inicial— con las escuelas. Cuando hablamos de innovación, hablamos de una disrupción profunda en la manera de entender el conocimiento, la enseñanza y el aprendizaje. El conocimiento se piensa desde su complejidad; la enseñanza, como facilitadora de esos procesos; y el aprendizaje, como una experiencia activa, capaz de desarrollar habilidades, capacidades y aptitudes.

Pero además, innovar supone revisar las reglas institucionales que hacen posibles esos procesos. Un docente puede desarrollar prácticas innovadoras dentro del aula, y eso ya es valioso. Pero cuando una institución innova, el cambio requiere otros tiempos, recursos, decisiones y movimientos estructurales. Eso es lo que muestra el libro: cómo esos procesos de innovación pueden desplegarse a nivel institucional.

–¿Cuál es el diferencial de la innovación basada en el trabajo en red, en contraposición con innovaciones que “bajan” desde los ministerios o que suceden en escuelas aisladas?

VD: Para nosotros hay una convicción muy fuerte: se aprende más y mejor con otros. Eso está respaldado por múltiples investigaciones y es un principio que estructura tanto nuestro modelo pedagógico como nuestro propio modo de trabajo. En la formación docente trabajamos así, pero también como equipo: somos quince personas que todas las semanas ponemos en común lo que cada uno hace, lo compartimos, lo retroalimentamos y lo mejoramos colectivamente.

Esa lógica también se traslada al plano institucional. Desde una mirada vinculada a la teoría de la complejidad, entendemos que los fenómenos educativos son realidades atravesadas por múltiples dimensiones, enfoques y variables. Por eso, aprender con otros e innovar en red enriquece muchísimo más los procesos que hacerlo de manera aislada.

Muchas escuelas se acercan a nosotros para pedir acompañamiento en sus propios procesos de innovación. Desde el Programa de Servicios Educativos (ProSEd) trabajamos con instituciones que buscan transformar sus prácticas, a través de recorridos personalizados y profundos.

Y siempre las invitamos a integrarse a la red, porque sabemos que el proceso institucional hacia adentro se fortalece todavía más cuando se construye en intercambio con otras escuelas. Varias de las experiencias que aparecen en el libro surgieron así: escuelas que se acercaron buscando apoyo para innovar, y que encontraron en la red una dimensión todavía más rica para ese camino.

AP: Se necesitan muchas instituciones capaces de generar constelaciones educativas que empujen un mismo sueño y que también acompañen en las dificultades: para educar hace falta una aldea.

Cuando las escuelas se encuentran y comparten un horizonte común, cada una desde su propia historia, tradición e identidad, se construye una comunidad que ayuda a caminar. Porque innovar no es algo que se alcanza de una vez y para siempre. Incluso las instituciones que llevan años en ese camino necesitan seguir revisándose. En ese proceso, la retroalimentación entre pares, el intercambio de experiencias y el acompañamiento de otros resultan fundamentales.

Por eso hablamos de un ecosistema de aprendizaje en red. Una comunidad donde las instituciones no solo reciben apoyo, sino que también aportan desde su singularidad. Ver que otros pudieron avanzar funciona como impulso, pero también cada nueva escuela enriquece al conjunto. El libro refleja justamente eso: la experiencia de una comunidad que, alineada bajo una visión compartida de innovación, encuentra sentido en lo que hace, en lo que sabe y en lo que es.

"Se aprende más y mejor con otros", afimran Valeria Dellavedova y Andrés Peregalli. (Foto: Ignacio Armendariz Gachiteguy)

–¿Cómo se concreta el trabajo en red en la rutina de las escuelas? ¿Qué tipo de espacios funcionan mejor para el intercambio?

AP: La red trabaja con un itinerario bianual. En esos dos años cada escuela organiza su propósito general en dos grandes focos. Durante el primer año, el trabajo se concentra en la gestión de la innovación inclusiva y efectiva. Es decir, el foco está puesto en los equipos directivos y en cómo esos equipos impulsan procesos de cambio institucional, siempre en estrecha relación con lo que sucede en el aula y con la observación de clases.

En el segundo año, la atención se desplaza más específicamente al aula: cómo diseñar, gestionar y evaluar experiencias de aprendizaje inclusivo y efectivo. Aunque ambos planos están profundamente vinculados, esta organización permite profundizar cada dimensión.

Sobre ese recorrido se estructuran entre cinco y seis talleres anuales. A eso se suman visitas a escuelas, intercambios institucionales y espacios de trabajo compartido.

La lógica no es que la universidad “baja” conocimientos a las escuelas, sino que propone saberes que se enriquecen en diálogo con la experiencia concreta de las instituciones. Los talleres funcionan más como ateneos, donde las escuelas ensayan, prueban, revisan y ajustan sus procesos de innovación.

Las políticas educativas pueden orientar procesos de innovación, pero si esos cambios no se trabajan sostenidamente con las escuelas, con tiempos, etapas y recursos concretos, no se transforman en cambios reales. En ese sentido, la innovación no puede reducirse a una reforma curricular. La transformación profunda ocurre cuando impacta en la gestión institucional y en las prácticas del aula.

–¿Qué evidencias de mejora tienen recopiladas? ¿Cuál ha sido el impacto del trabajo en red en las escuelas?

AP: Los resultados que va mostrando la red, y que nos informan las propias escuelas, pueden leerse en cuatro grandes dimensiones. Por un lado, como decíamos, está la gestión institucional. Ahí aparecen mejoras como un trabajo en equipo más efectivo y sostenido entre directivos, o por ejemplo definición de acuerdos y criterios comunes para planificar y evaluar.

En segundo lugar, están los procesos de enseñanza y aprendizaje. En este plano, se fortalece una mirada que pone en el centro el aprendizaje, se valoran las pedagogías activas, se incorpora el modelo de aulas heterogéneas.

La tercera dimensión tiene que ver con la formación docente. Allí se consolida una visión compartida sobre la educación, sus desafíos y las necesidades de la formación inicial y continua; y se fortalecen elementos clave para una formación docente basada en aptitudes. Finalmente, aparece el trabajo interinstitucional. En este aspecto, se destacan el fortalecimiento del espíritu de comunidad, la construcción de valores compartidos y una mayor valoración del trabajo en red.

Otro aspecto importante es cómo el modelo AIE y la red traccionan una verdadera cultura del encuentro. Eso se expresa en múltiples niveles: en el vínculo entre la universidad y las instituciones educativas; en el encuentro de las escuelas entre sí. Son múltiples encuentros que se producen bajo un horizonte pedagógico compartido. Ese impulso hacia la construcción colectiva y hacia una comunidad educativa más articulada es uno de los diferenciales más valiosos de la red.

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