La guerra silenciosa de los minerales que hacen funcionar el mundo tech

El potencial exportador argentino enfrenta el reto crucial de avanzar hacia una industria capaz de captar valor agregado y reducir dependencias en la renovada disputa internacional por recursos clave de la transición digital y energética

Argentina tiene en Jujuy un gran reservorio de litio

La oferta global está cada vez más concentrada en pocos países —con China como gran refinador— y eso abre una nueva agenda: seguridad de suministro, valor agregado y geopolítica industrial. Para Argentina, el “mineral del futuro” ya no es uno solo.

La escena se repite en casi cualquier dispositivo moderno: una pantalla táctil, un chip de radiofrecuencia, una batería recargable, un sensor. Lo que no se ve es la otra cara de esa tecnología: una lista relativamente corta de minerales “chicos” en volumen, pero gigantes en impacto económico y estratégico.

Galio, germanio, indio, tantalio (y su materia prima más conocida, el coltan), silicio, torio, litio, cobalto y níquel componen el set de materiales que habilita desde la electrónica de consumo hasta la defensa y la transición energética.

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El problema es que la disponibilidad no depende solo de la geología. Depende —cada vez más— de quién refina, quién controla plantas, quién financia proyectos y quién puede cerrar la canilla comercial cuando la disputa tecnológica sube de temperatura.

Chips, 5G y defensa: el “lado duro” de la economía digital

Galio y germanio son el ejemplo perfecto de mineral estratégico. Son subproductos (de bauxita/aluminio y zinc/carbón), se producen en volúmenes bajos y no se transan como commodities masivos. Pero son críticos: el galio es clave en compuestos como GaN y GaAs, usados en electrónica de potencia, radares, 5G y aplicaciones aeroespaciales; el germanio es central en fibra óptica y óptica infrarroja (sensores térmicos, visión nocturna, satélites).

(Google Imagen)

Cuando China endureció controles de exportación sobre estos materiales en 2023, el mensaje fue claro: la cadena de suministro de “minerales invisibles” puede convertirse en herramienta geopolítica.

En paralelo, el indio —metal del óxido conductor transparente (ITO)— sostiene el ecosistema de pantallas planas y táctiles. Es el mineral que literalmente tocamos todos los días sin saberlo. Y, como los anteriores, su producción depende de otras cadenas (zinc) y de pocas refinerías con capacidad para llevarlo a grado electrónico.

El cuello de botella real: refinación, no solo extracción

En minerales críticos, el mundo descubrió una regla práctica: tener el recurso no garantiza tener el negocio. El punto de control suele estar en la etapa de refinación y transformación química.

El silicio es un caso paradigmático. El cuarzo abunda, pero el silicio de alta pureza —polisilicio para solar y grado electrónico para semiconductores— requiere plantas, know-how y energía competitiva.

La capacidad se concentró en Asia, con China como gran dominador del polisilicio solar. Resultado: aunque el planeta tenga arena de sobra, no tiene “silicio tecnológico” distribuido de forma equilibrada.

Lo mismo ocurre con litio, cobalto y níquel: la minería está dispersa (con picos de concentración), pero el refinado y la química para baterías se ordenan alrededor de un ecosistema industrial donde China suele ocupar la posición de bisagra, ya sea por capacidad propia o por inversiones en terceros países.

Baterías: litio, cobalto y níquel, el triángulo de la electrificación

Si los chips fueron el petróleo del siglo XXI temprano, las baterías son el petróleo del siglo XXI en modo transición energética.

El litio es el protagonista: sin carbonato e hidróxido de litio de grado batería no hay escala para vehículos eléctricos ni almacenamiento estacionario. Australia lidera la extracción por roca dura; Chile por salmueras; China produce y, sobre todo, refina. Argentina avanza a velocidad alta con proyectos en Jujuy, Salta y Catamarca: ya no es promesa, es producción y pipeline.

Las baterías de litio, cobalto y níquel son clave para la transición energética y el desarrollo de vehículos eléctricos a nivel global.

Cobalto y níquel completan el mapa de cátodos de alta densidad energética (NCM/NCA). El cobalto estabiliza y mejora performance, pero trae un debate pesado: la dependencia del Congo y las cuestiones de trazabilidad en minería artesanal. El níquel, por su parte, es el metal que cruzó de “acero inoxidable” a “baterías premium” y cambió de centro de gravedad: Indonesia se convirtió en súper potencia de producción, apalancada por una política industrial agresiva de procesamiento local.

En el fondo, el gran juego de baterías no es solo “quién tiene la mina”, sino quién domina el paquete completo: refino, químicos, cátodos, celdas y ensamblaje.

Tantalio/coltán: miniaturización y el dilema de los “minerales de conflicto”

Pocos materiales cuentan una historia tan cruda como el tántalo, muchas veces asociado al coltán. La industria lo valora por su rol en capacitores compactos, cruciales para miniaturizar electrónica. Pero su cadena de suministro históricamente se mezcló con conflictos en África Central, contrabando y presión regulatoria para certificar origen.

Hoy la agenda pasa por trazabilidad, auditorías y “fundiciones libres de conflicto”. A la vez, China y un puñado de actores concentran buena parte del refinado, lo que vuelve a traer la misma pregunta: ¿quién define las reglas cuando el mineral es crítico?

Torio: el mineral “dormido” que podría reabrir el debate nuclear

El torio hoy no es un commodity masivo. Pero reaparece por una razón: podría habilitar ciclos nucleares alternativos si prosperan diseños como reactores de sales fundidas. India y China lo investigan con seriedad. Por ahora, más que un mercado, es una apuesta tecnológica: si se vuelve viable, el torio podría pasar de residuo/subproducto a recurso geopolítico.

Argentina: Una oportunidad más allá del “Triángulo del Litio”

Si bien el litio es una entrada natural para Argentina en el sector de minerales críticos, el informe propone una visión estratégica más amplia: la ventana de oportunidad reside no solo en la exportación de mineral, sino en el desarrollo de capacidades industriales integrales en torno a este recurso. Este enfoque se desarrolla en tres niveles:

Química y Refinación: la transformación de los recursos en compuestos de grado industrial, y en su caso, de grado batería, que cumplan con los estándares internacionales más exigentes.

Vista de dron de planta de producción de litio de Eramet en Salar Centenario, en Salta, Argentina, el 4 de julio de 2024. Foto de archivo. REUTERS/Matías Baglietto

Cadena de Valor Energética: la construcción de una infraestructura robusta, la obtención de energía competitiva, la optimización de la logística y la formalización de acuerdos de largo plazo que garanticen la viabilidad financiera de las inversiones.

Industria Downstream: el desarrollo de materiales activos, celdas de batería y aplicaciones en nichos de mercado donde Argentina pueda escalar su producción sin competir directamente con los grandes actores asiáticos en términos de volumen.

El panorama global demuestra que la ventaja competitiva no se basa únicamente en la existencia de yacimientos. La clave está en la capacidad de desarrollar plantas de procesamiento, asegurar contratos estratégicos, implementar tecnologías de proceso avanzadas y establecer políticas industriales efectivas.

En este contexto, la pregunta crucial para Argentina no es si posee litio —lo cual es evidente—, sino si puede diseñar un esquema que maximice la captura de valor agregado, minimice las vulnerabilidades y se alinee con la demanda real de baterías, energía, electrónica y, en ciertos casos, defensa y telecomunicaciones.

La “guerra silenciosa” por los minerales ya ha comenzado. A diferencia de conflictos anteriores centrados en un único recurso, esta vez la disputa se centra en el control de la materia prima fundamental para la economía digital.

Este artículo fue publicado originalmente el 8 de enero en el sitio inteligenciaargentina.ar

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