
El calendario artístico suele ser caprichoso, pero hay fechas que obligan a detenerse. Hoy, lunes 24 de agosto, es un nuevo aniversario de la muerte de Modesto Ciruelos (1902-2002), una de las figuras más descomunales, complejas y, paradójicamente, menos revisitadas de las vanguardias ibéricas. Un pintor, sí, pero algo más: el hombre que tendió un puente de oro entre la sobriedad del paisaje castellano y la explosión de la abstracción lírica y geométrica que sacudía a París y Nueva York.
“Penetrantes como la verdad, terribles como la verdad... crueles como los diagnósticos, son fantásticas como las gárgolas”, dijo el crítico y filósofo Eugenio D’Ors, fascinado por la crudeza de su etapa figurativa. Pero quizás el reconocimiento más profundo sobre su rol renovador provino de sus propios pares; el pintor Manuel Viola, figura central del histórico Grupo El Paso, dejó plasmado en una dedicatoria manuscrita esto: “Su exposición de 1949 fue lo que me reconcilió definitivamente con la pintura española”.
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Nacido en Burgos, la histórica ciudad gótica y medieval de Castilla y León, su destino quedó sellado en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, donde compartió aulas y debates estéticos con un joven Salvador Dalí y con el escultor Cristino Mallo, mientras absorbía las lecciones de maestros históricos como Julio Romero de Torres y Daniel Vázquez Díaz. Aquella sólida formación académica, lejos de encasillarlo, funcionó como el trampolín perfecto para una búsqueda incesante de la libertad formal.

La historia del arte universal guarda un lugar especial para Modesto Ciruelos. En 1937, en plena Guerra Civil Española, su obra fue seleccionada para representar a la Segunda República en el histórico Pabellón de París de la Exposición Internacional.
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Allí, a pocos metros de donde Pablo Picasso deslumbraba al mundo con el Guernica, el pintor burgalés plantaba bandera con una propuesta que ya anticipaba su madurez pictórica. Fue justamente en París donde su relación con Picasso se estrechó.

En el estudio del maestro malagueño, Ciruelos entendió que la pintura ya no debía ser una ventana que imitara la realidad, sino un territorio autónomo. De esa época de efervescencia nacieron obras de transición donde la figura humana se deconstruía en favor del movimiento, como se puede apreciar en sus célebres series dedicadas al dinamismo, entre las que destaca Ciclistas. Pero, ¿cuál es, entonces, el verdadero aporte de Ciruelos que merece ser rescatado en este artículo?
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Mientras la España de la posguerra se sumía en un aislamiento cultural y un arte academicista complaciente, él regresó para introducir la abstracción. Pero no lo hizo copiando las modas norteamericanas; creó un lenguaje propio que los críticos definieron como Informalismo Expresivo con base estructural.
El arte abstracto de Ciruelos es único porque es un caos perfectamente organizado. En lienzos como Composición abstracta o sus series de Abstracción geométrica se lo ve con claridad.
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En esas obras, la pincelada es libre, pastosa y rugosa —casi táctil—, pero detrás de las manchas de color siempre sobrevive una arquitectura matemática, una línea oculta que sostiene el cuadro.
A esto se suma su paleta profundamente telúrica: negros, grises y ocres que evocan la tierra castellana, interrumpidos dramáticamente por fogonazos de azul puro o rojo encendido. Hoy, parte de su legado descansa en instituciones de la talla del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, potente, enorme, inmortal.
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