Guillermo Martínez: “Yo veo que hay una marcha sostenida al Medioevo, estoy esperando que cambien los vientos”

En su novela ‘Un crimen dialéctico’, el escritor argentino construye un policial filosófico cuyo protagonista es un científico y ex militante revolucionario que regresa al país, al final de una dictadura, con una “misión de sangre”

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¿Puede una persona decidir libremente por sí misma o todas las decisiones están condicionadas?, es la gran pregunta de "Un crimen dialéctico", la novela de Guillermo Martínez.

Es uno de los escritores argentinos más celebrados en su país y traducidos en el mundo y acaba de publicar una novela en la que regresa al policial filosófico y, sin perder un segundo de tensión, también retoma cuestiones vinculadas a la ciencia, la política y la religión, que fueron tratadas en su momento por autores como Sartre y por Witold Gombrowicz. Guillermo Martínez (Bahía Blanca, 1962) es doctor en Ciencias Matemáticas por la Universidad de Buenos Aires y escritor. Es autor de los libros de cuentos Infierno grande y Una felicidad repulsiva, de las novelas Acerca de Roderer, La mujer del maestro, Crímenes imperceptibles -traducida a 35 idiomas y llevada al cine por Alex de la Iglesia como Los crímenes de Oxford-, La muerte lenta de Luciana B., adaptada para el cine por Sebastián Schindel como La ira de Dios, Yo también tuve una novia bisexual, Los crímenes de Alicia (Premio Nadal) y La última vez. También escribió los ensayos Borges y la matemática, La fórmula de la inmortalidad, La razón literaria y Once tesis y antítesis sobre la escritura de ficción.

En Un crimen dialéctico, su nueva novela publicada por Seix Barral, Guillermo Martínez regresa al género policial de matriz filosófica. El protagonista es alguien que fue un joven militante revolucionario y que hoy es un científico que reside fuera del país. Vuelve a la Argentina con una misión ordenada por el partido que incluye un crimen con el que buscan cambiar el destino de las elecciones que se avecinan. Con esas elecciones se acerca el final de la dictadura y se espera el regreso de la democracia.

Este joven académico estudia e investiga un experimento de las neurociencias que, aparentemente, prueba que en realidad el libre albedrío no existe. Y lo más interesante es que el tema que investiga es, justamente, el gran dilema de su presente: ¿puede una persona decidir libremente por sí misma o todas las decisiones están condicionadas?

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Semanas atrás conversamos con el escritor argentino y además de contar la cocina de su novela, habló también del presente del país y del mundo, un presente en el que triunfan las ideas de la ultraderecha y en el que, asegura, “los países poderosos pueden dar el zarpazo en el momento que quieren y de las maneras más cruentas”, sin que haya una reacción acorde por parte de la opinión pública.

— Tu novela tiene muchos focos, aunque el principal tiene que ver con un plan que incluye un crimen y que es, en realidad, una misión. Pero también hay historias de amor truncas, historias que tienen que ver con matrimonios desparejos, en algún sentido, raros.

— Y con la literatura rusa.

— Exacto, hay muchas referencias a la literatura rusa, pero también tiene que ver con la literatura argentina, porque arranca con una narrativa que claramente refleja el cuento “Emma Zunz”, de Borges, ya en la primera página.

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— Eso me lo han dicho varias veces. Y, al principio yo decía ¿pero por qué piensan en “Emma Zunz”? Porque mi movimiento, en realidad, fue recobrar la manera en que terminaba una novela mía anterior, que era reemplazar con un documento auténtico lo que se había implantado como falso. Entonces, que lo auténtico fuera disfraz de lo falso. Y retomé esa idea acá. Hasta que me dijeron que... Claro, hay como un ritornello que evoca el final de “Emma Zunz”. (N. de la R.: El ritornello es el término que señala la repetición de una sección o fragmento de una pieza musical).

— Sí, y no voy a spoilear, pero cuando uno llega al final de tu novela también hay otras cosas que tienen que ver.

— Sí, con Borges seguro.

— Y con “Emma Zunz”, también.

— Bueno, de eso no fui consciente mientras lo escribía, pero me lo están diciendo así que algo debe haber. En realidad, tal como yo concebí la novela, tiene algo del “Poema de ajedrez”. Porque la causalidad se discute todo el tiempo a lo largo del reporte científico: hasta qué punto uno es ignorante de todas las cadenas causales que terminan por gobernar las decisiones. Y es como si el narrador se propusiera hacer una cadena causal secreta de los movimientos ajenos, ¿no? Como si fuera el manipulador en las sombras para no llegara a tocar, a ensuciarse las manos con el crimen.

— Qué interesante: estás entusiasmado y apasionado intelectualmente por ese eje fundamental de la novela y con esta investigación, esta discusión y estos argumentos, ya que hablamos de Borges. Porque hay un cruce de argumentos durante toda la novela en relación al tema del libre albedrío. Ahora, cuando te menciono lo de “Emma Zunz”, hay algo que tiene que ver más con la parte de lo sexual en la novela, porque también hay algo del montaje del crimen que hay en “Emma Zunz”. En ese sentido lo pensé.

— Sí, puede ser. Y hay muchos temas. Viste que en la novela es como un cruce de cosmovisiones, porque está toda la cuestión religiosa, lo político, lo filosófico, lo científico, lo militar, y la correspondencia epistolar casi de otro siglo pero transfigurada en la correspondencia por e-mail.

— Ahora, en principio no hay tiempos definidos en la novela, pero en la Argentina, si te dicen que se termina la dictadura militar y va a venir la democracia, uno asocia con los 80, una época en la que no existía el e-mail.

— Sí, bueno, yo tenía pensada la novela un poco a la manera, y fue muy importante para mí, de Las manos sucias, de Sartre. Y en Las manos sucias Sartre imagina un país que era parecido a todos los que estaban ahí, en esa especie de línea del Este en tensión con el posible avance de la Unión Soviética y qué hacían los partidos comunistas en cada país con la burguesía nacional. En fin, el dilema era común a varios países. Y nosotros también tuvimos en Latinoamérica muchos gobiernos militares que fueron saliendo de sus dictaduras en épocas más o menos diferentes y aún bastante más tardías que la nuestra. Entonces, imaginé un país que pudiera identificarse con la Argentina pero como si fuera una década más tarde, cuando ya existía el e-mail pero no todavía los teléfonos celulares. Me interesaba mucho lo del e-mail, por parte de la trama que tiene que ver con esa correspondencia, y también por la posibilidad de que el protagonista quedara en contacto rápido, directo, con todo el tema del referato científico. O sea, me parecía que hacerlo por la correspondencia clásica, a través de cartas, iba a ser medio imposible.

"Un crimen dialéctico", la novela de Martínez, fue publicada por Seix Barral. La ilustración de tapa es de la artista argentina Verónica Gómez.

— ¿Lo intentaste de la otra manera o directamente arrancaste así?

— No, no, yo quería que el e-mail existiera y dije, bueno, será un país ficticio. Tuve ciertas dudas al principio. Después me pareció que el hecho de que se desarrollara en un pueblito en el Norte esfumaba toda la cuestión del aquí y ahora certificado, estricto. Ya hay una especie de estilización en la elección de ese paisaje norteño que hace que el conflicto principal sea un conflicto individual, personal, y no tanto, bueno, qué pasaba con la política argentina en ese momento.

Diálogo con los muertos

— Algo que no mencionamos recién es que, entre todos los tópicos que aborda la novela, está el de hablar con los muertos, con escenas muy conmocionantes.

— Ah, bueno, eso era para mí algo muy importante porque, de algún modo, es también un momento que es cuasi religioso, ¿no? Porque hace referencia a esta especie de mudez de Jesucristo en su momento, que siente que lo ha abandonado Dios, y bueno, él siente que el vínculo más grande que tiene con todas las ideas revolucionarias tiene que ver con su padre, que dio la vida por la revolución. Entonces, la verdad es que la única opinión, el único interlocutor que a él le interesa para dirimir esta cuestión moral es su padre, que ha dado la vida por la revolución. Pero bueno, se dice en la novela, y creo que es muy cierto, que no es lo mismo dar la vida por la revolución que quitar una vida. O sea, son cuestiones absolutamente diferentes. Por eso también elegí como epígrafe esa frase de Otelo (N. de la R.: ver cita en nota al pie) que dice, no es lo mismo, o sea, maté personas en la guerra pero no me siento capaz de un crimen premeditado. Que sería planificar la muerte de una persona en particular con anterioridad.

— Hay una frase del padre Carlos Mugica –la recordábamos hace poco con María O’Donnell a propósito de su nuevo libro sobre Montoneros– que dice algo así como “Estoy dispuesto a morir, pero no a matar”.

— Exactamente. Y fíjate que el Che Guevara es la figura opuesta, porque acompañaba a los guerrilleros como médico y en un momento murió uno de sus compañeros y él decidió tomar el fusil. Entonces, es una decisión muy difícil, por eso aparece también el comandante cubano que le dice al protagonista “Bueno, ninguna revolución se hace con puro mártir. Sí, si todos damos la vida está bien, nos recuerdan en las placas, pero la revolución no se hace”.

— ¿Y cuánto de eso queda hoy para un hombre de tu edad, con una ideología como la tuya, que en realidad no tuvo que ver estrictamente con esto, pero sí con las ideas de izquierda?

— Sí, sí, por supuesto. Con la idea de la insurrección, de cambiar de alguna forma más o menos violenta. Sí, eso está en la matriz del pensamiento revolucionario. O sea, ningún pensador revolucionario cree en la evolución y en las sucesivas elecciones. Y cuando eso pudo ocurrir, inmediatamente tuvimos la experiencia de Salvador Allende en Chile. Es decir, no, a mí me interesaba justamente examinar qué quedaba en mí de toda aquella época y si alguna iluminación de esa época podía todavía decir algo para el presente, porque en el presente vemos que afloraron las ideas del fascismo declarado y de la ultraderecha. ¿Qué pasa con la izquierda?, eso es lo que me preocupa. O sea ¿qué pasa con los que no queremos el fascismo? ¿Qué hacemos? ¿Cómo se lo enfrenta? ¿Con qué clase de medios?

— Bueno, el fascismo de hoy no es el fascismo de antes, y la izquierda de hoy o de mañana, porque de hoy está como todavía un poquito en sordina…

— Claro, depende de qué países hablemos.

— Sí, a ver...

— Porque yo veo lo que fue la destrucción sistemática de Gaza ante los ojos de todo el mundo, lo veo como un desprendimiento de todo posible valor humanista para hacer esa clase de destrucción. O sea, eso sobrepasa con mucho el justo derecho a una retribución, ¿no es cierto?

"Me sorprende la violencia desnuda, sistemática, sobre poblaciones civiles, niños, el asesinato despiadado", dice Guillermo Martínez. En la foto, durante un debate en una edición de la Feria del Libro.

— El concepto de guerra justa, decís.

— Claro, a la guerra de la cierta equivalencia. Entonces, cuando Trump dice “Anexamos a Venezuela como una estrella más”, bueno, yo veo que son movimientos de tipo fascista. Nos gustó ese país, no puede defenderse, lo vamos a tomar: esa clase de política, de apropiaciones, es algo nuevo. O sea, esto hace diez años era impensable. Vos te acordarás el escándalo que hubo cuando Rusia invadió Ucrania.

— Sí, bueno, sigue siendo un escándalo.

— ¿Pero vos ves un escándalo de ese tipo cuando va Estados Unidos y secuestra al presidente de Venezuela o dice “mañana vamos con Cuba”?

— No, de todos modos creo que si hubiera estado Trump en el gobierno cuando arrancó la guerra en Ucrania, habría sido diferente. El gobierno republicano no se habría pronunciado de la manera en que lo hicieron los demócratas porque, además, Trump tiene su propio vínculo con Putin. Pero éste es otro tema.

— Lo que te quiero decir es que de nuevo estamos viviendo un escenario internacional en el cual los países poderosos pueden dar el zarpazo en el momento que quieren y de las maneras más cruentas a veces, sin que haya una reacción acorde a como quizá había en la opinión pública en otras épocas.

— Coincido en varias de las cosas que estás señalando pero me parece que lo que difiere es el orden de los alineamientos porque, de pronto, muchos de los antisemitas de ayer ahora, en realidad, tienen su foco puesto en contra del mundo árabe o de los musulmanes. Con lo cual, determinada alianza con los judíos que hoy gobiernan el Estado de Israel les conviene más. Eso confunde mucho.

— Totalmente. Entiendo exactamente lo que me decís, porque la base de muchos de estos gobiernos fascistas han sido juventudes filonazis. Sin duda. Pero, bueno, más allá de cómo quieras llamarlo, me sorprende la violencia desnuda, sistemática, sobre poblaciones civiles, niños, el asesinato despiadado. Que yo creo que eso hacía años, desde Serbia que no lo veíamos.

— Sí, desde las guerras de los Balcanes.

— Es algo tremendo que estamos viviendo otra vez. Ahora, lo que me preocupa es: ¿qué hacemos de este lado? ¿Qué hacemos? Y yo mismo tengo esa sensación de que, “no, ¿otra solicitada vamos a firmar?”. Y me parece medio como absurdo en cuanto a la disparidad de fuerzas.

— Pero la violencia para frenar la violencia, ya lo vivimos, no es la solución.

— Bueno, yo no sé cuál es la solución pero sí creo que no se puede seguir yendo a poner la cabeza los miércoles (N. de la R: se refiere a las marchas de apoyo a los jubilados en las afueras del Congreso) para que te den palos y palos. Por eso te digo, con puro mártir no vamos a salir de esto. Creo que hay que tener otras inteligencias, otras estrategias. Pero, bueno, en la Argentina se han dado en otras épocas esas estrategias. Pienso en lo que fueron los saqueos. Pienso qué haría yo. Yo tengo un hermano discapacitado y todavía puedo ayudarlo a sostenerse. Pienso qué haría yo si tuviera familiares discapacitados y no pudiera sostenerlos. Pienso qué haría yo si fuera un jubilado y que no me alcanza para vivir. O sea, me parece que hay mucha gente que está desesperada y que va a pensar de otras maneras. Entonces, si hay saqueos, disturbios, como hubo en el 2001, o sea, hubo también todo un ejercicio en la Argentina de decir basta. Hay maneras de decir basta. Nuestro presidente dijo “bueno, nadie se va a morir de hambre sin protestar”.

— No sé si volvería a decirlo.

— Bueno, lo que vemos es que lamentablemente hay gente que se está muriendo por este gobierno por los medicamentos que no se dan. Hay una sobretasa de muertes en ancianos porque dejan los tratamientos. Entonces, no sé en qué momento va a ser el corte pero creo que están alimentando algo que puede estallar de maneras que no van a ser pacíficas del todo, creo yo. Ojalá me equivoque. Ojalá que la gente cambie su voto y pasemos a tener otras políticas. Pero tal como viene esto, la única política es más y más ajustes. No hay otra política en el horizonte. Eso es lo que veo.

La relectura de Sartre y la puesta de Eva Halac de su obra "Las manos sucias" fueron parte del origen de la novela de Martínez. (Foto de archivo del filósofo Jean Paul Sartre. EFE/Archivo/UPI)

Un crimen dialéctico tiene mucho de algunas novelas anteriores en relación al policial filosófico, pero también en algunas cuestiones vinculadas con las mujeres. En tu novela anterior también aparecían una madre y una hija.

— Sí, en La última vez.

— Claro. En una relación que roza cierta cuestión de la competencia entre la joven y la mayor. ¿Lo pensaste así? ¿Sale así?

— Claramente en mi novela La última vez la relación era así. En este caso, no. A mí lo que me interesaba de la chica más joven, Katiusha, era como la felicidad absoluta de la juventud, radiante; la idea de la juventud que se siente invulnerable a toda posibilidad de que las cosas vayan a ir mal. Enamorada además de su novio, ¿no? Con la perspectiva de un casamiento siendo muy joven.

— Tiene un nombre que es el de los lanzacohetes soviéticos durante la Segunda Guerra y, además, es el título de un tema musical soviético por antonomasia.

— Claro, lo que quería contraponer en este caso es más bien a la madre como una figura de la cultura rusa. Una mujer que lleva encima todas las lecturas, las novelas rusas, y que siente algo de esa especie de apasionamiento ruso, que es un poco mitológico posiblemente, pero que la mujer se siente cómoda con esa idea, y que al principio de la novela se percibe en la clase de lecturas que elige.

— Sí, sí.

— Y la idea fundamental de esta novela para mí, lo que me dio ganas de escribirla, me parecía original, es que el narrador cree conocer en cierto momento cuáles son los resortes de los personajes que tiene alrededor y se da cuenta de que tiene que convertirlos en su opuesto. Que tiene que encontrar una manera de manipularlos para que cada uno actúe de la manera opuesta a la que él imaginaría hasta ese momento. Por eso se llama Un crimen dialéctico, ¿no? Porque juega con esa idea del opuesto. Y ahí aparece en el medio algo que tiene que ver con la novela Cosmos, de Gombrowicz, en la que hay toda una manipulación de los hechos para llegar a un crimen. Entonces en mi novela es como si él manipulara en las sombras los sentimientos y las tendencias. O sea, se fija en que para el coronel el honor es lo más importante. Y se fija en que la rusa está platónicamente enamorada de un cura recién llegado. Y va moldeando las situaciones para que cada uno extreme o se vuelva al opuesto de lo que era. Entonces, en ese sentido no imaginé ninguna relación en particular entre la madre y la hija, más allá de que la madre se opone a que ella se case con ese novio, en particular.

— Claro. Y la pregunta entonces es hasta dónde llega realmente la decisión del hombre. Cuán singular es esa decisión y cómo no viene, en todo caso, predeterminada. Por otro lado aparece el personaje del militar, el marido de Irina, un militar, entre comillas, bueno.

— Inocente. Claro, no quise hacer la caricatura del militar genocida, horroroso, porque entonces hubiera sido muy fácil la decisión. La tiene muy difícil porque es justo un militar que debe ser un caso único. Creo que hubo dos o tres que cuando se da el golpe piden el retiro y se van con su honor intacto digamos.

— Sí, pero ¿qué fue primero de todo esto? ¿Empezaste a ver cosas que tenían que ver con el experimento sobre el libre albedrío?

— Fue un cruce. Un cruce entre este experimento sobre el que yo había discutido durante meses con un amigo físico, Alberto Rojo.

Guillermo Martínez, sobre los dilemas revolucionarios: "Vos querés hacer la revolución por todas las mejores razones y después te encontrás en los sótanos torturando gente".

— Ah, existió esa discusión que está en la novela.

— Sí. Y con otros físicos que participaron, también. Entonces era como que tenía eso que me perturbaba incluso intelectualmente, no poder llegar a una conclusión definitiva sobre esa cuestión. Porque me parece que es importante. Uno quiere tener la sensación de que en determinadas situaciones, al menos, porque cada uno tiene su sesgo, su sesgo familiar o de clase, ¿no? Pero uno quiere pensar que cuando jugás al ajedrez, al menos, tomás la decisión.

— Porque aprendiste algo.

— También. Y también aprendiste a reconocer cuáles son esos sesgos y creés que una vez que tenés todas las advertencias presentadas podés elegir. Entonces, para mí es una cuestión realmente fundante. De hecho, fue una de las divisiones entre Sartre y los marxistas, digamos, del materialismo histórico. El hombre condenado a la libertad de Sartre versus los que dicen que estás como determinado históricamente a pensar de ciertas maneras. Entonces, esa discusión, por un lado. Y fui a ver, hace unos cuatro años, la puesta que hicieron de Las manos sucias en el San Martín, que me gustó mucho por otra parte, creo que es de Eva Halac, y volví a leer la obra de teatro, que era una obra que para mí había sido muy importante mientras tenía mi militancia política en la adolescencia, que, por supuesto, no involucraba ninguna de estas cosas tan extremas ¿no?

— Sí, sí.

— Y fue como si hubieran salido del fondo de los años todas las ideas y discusiones...

— Hasta que fuiste a ver esa obra y te metiste con este tema. ¿Qué te había pasado con Sartre? ¿Había quedado en un rincón de tu biblioteca?

— Sí, en el fondo. Pero no tanto porque ya para La última vez yo había recobrado La caída y El mito de Sísifo, de Camus.

— Ah, sí.

— Entonces, eso me trajo otra vez ese mundo...

— Sí, el espíritu de los tiempos.

— El espíritu de ese tiempo, donde se tomaban muy en serio las decisiones políticas, personales, etcétera.

Una novela y un cuento de Witold Gombrowicz fueron referencias para la nueva ficción de Guillermo Martínez.

— Decías que fuiste a ver la obra de Sartre.

— Fui a ver la obra y entonces yo desde hacía rato tenía ganas de hacer una novela policial con esta idea que vi tanto en el cuento Crimen premeditado como en Cosmos de Gombrowicz, de un crimen que se comete por manipulación, de alguna manera. Y entonces hubo una alquimia de estos elementos y se me ocurrió la posibilidad de hacer para la novela un crimen político. No lo quería situar en esta época porque se pierde la cuestión del dilema atemporal.

— Sí, sí, existencial.

— Existencial, justamente.

— Es verdad que así gana en esta distancia...

— Es una reflexión en general de decir: bueno, qué haría uno. Y me gustaba esa idea de confrontar a un militante con la parte más delicada de lo que es la militancia. Esto que decimos, los dilemas que también se le presentan a alguien que está dentro de una organización revolucionaria y de algún modo tiene que cumplir...

— El compromiso revolucionario.

— Claro, claro. Y algo que me preguntaron, también: ¿pero qué es lo que hace que él se niegue, si ya pasaron diez años? Y bueno, yo creo que dentro de la novela está eso, ¿no? que él siente que participó con otro grupo de jóvenes de esos años de militancia y que cada uno de ellos volvió a sus países a cumplir con lo que tenían que hacer y dieron la vida.

— Es el compromiso con los muertos, también.

— Se dice en un momento que los muertos lo agarran de la garganta. Soy muy amigo de Carlos Chernov, que es psiquiatra, y él me decía: el joven es más poderoso que el adulto en tu novela porque lo que decide el joven, el juramento del joven, gravita y pesa y decide la vida del adulto. Y no me pareció mal eso porque en general estamos acostumbrados a que: bueno, ya está, ahora tenés que hacerte de derecha. Y, en cambio, éste dice: “no, yo tomé ese compromiso” y lo quiere cumplir pero sin ensuciarse las manos. Esa es la idea.

Un padre, los libros, los sueños

— ¿Y qué te pasa a vos con lo de hablar con los muertos? ¿Es algo que te interesaría hacer o que harías? ¿Con quién te verías? ¿Qué te sentarías a hablar y con quién? La presencia de tu viejo es una presencia importante y aparece ya desde el comienzo, en la dedicatoria.

— Total. Y yo, de algún modo, todavía hablo con mi viejo a través de los subrayados de los libros. O sea, tengo buena parte de su biblioteca, no pude traer todos los libros, pero cada tanto… La otra vez yo estaba estudiando la lógica de Hegel y estaba toda subrayada por él hasta cierto punto en donde se ve que ya lo dejó. Pero entonces veo su letra, es una manera, digo yo, de… Y también en los sueños: cada tanto se aparece en los sueños. En la novela yo cuento un sueño que no es exactamente...

— El de la pecera.

—…. un sueño que tuve, pero sí, tengo sueños en los cuales lo escucho hablar como con la entonación y la clase de humor que podía tener él. Hay una frase para mí que es muy importante en la novela que es que cuando él habla con el padre el padre le cambia, le invierte la frase de Goethe. La frase de Goethe es: “Gris es la teoría y verde, el árbol de la vida”. Y el padre le dice: “Verde es la teoría y gris y retorcido el árbol de la vida”. Porque eso es lo que les pasa. O sea, vos querés hacer la revolución por todas las mejores razones y después te encontrás en los sótanos torturando gente, qué sé yo, no sé. Son cosas horribles que hacés, atentados…

— ¿Y qué pasa con la cabeza de Guillermo Martínez, con la cabeza científica, la cabeza atea, no agnóstica, atea?

— Se desprecia a los agnósticos (Risas).

— Por eso, pero en la novela, el personaje se tiene que hacer pasar por agnóstico. Pero qué pasa con vos. Porque en esta novela efectivamente también hay un costado religioso importante y no solo por la presencia del cura...

— No, no, hay un hálito religioso.

— Sí. ¿Qué te pasa con la religión a medida que te vas poniendo grande?

— No, no, yo espero no caer en lo de pedir el rosario en la cama de hospital. Espero tener un poco más de dignidad que eso. Sigo siendo ateísimo. Tengo una colección de ateísmos, porque viste que el ateísmo en nuestra época exige no creer en las constelaciones, en la astrología, en las flores de Bach. Tenés que tener una colección.

— Lo tuyo es solo la ciencia. Y hasta ahí.

— Claro, la ciencia también tiene sus disputas.

— Por eso.

— Claro, lo mío es la ciencia y cierta esperanza de que las nuevas generaciones, en algún sentido, puedan mejorar lo anterior. No sé cómo decirte. Eso es lo que me desespera un poco de esta época. Estoy a la espera de que salga una nueva generación de jóvenes que liquiden esto que vemos ahora, que pasen la página... Y que se entiendan mejor las cosas, sobre todo. Que no volvamos al Medioevo. Hoy me desperté con la noticia de la lista de libros que están prohibidos en las escuelas, en las bibliotecas públicas de Estados Unidos. ¿Qué es eso? O sea, en Estados Unidos, que supuestamente era el baluarte de la libertad de expresión, hay listas negras de todo lo woke. Entonces, yo veo que hay una marcha sostenida al Medioevo. Estoy esperando que cambien los vientos.

— Que algo aparezca.

— Que algo aparezca.

— Hay una zamba de la que se habla en la novela y se la vincula con el Che Guevara. Yo no conocía esa historia.

— Soy, como te digo, muy amigo de Alberto Rojo, que además es un folclorista, hizo canciones que cantó Mercedes Sosa, la acompañó en giras. Y en un momento lo he invitado a casa y él cantó “Zamba para no morir”. Y me contó esa historia: que, según le había dicho a él Jaime Torres, esa era la zamba que cantaba el Che Guevara en Bolivia, en las guitarreadas.

Guillermo Martínez: "Estoy a la espera de que salga una nueva generación de jóvenes que liquiden esto que vemos ahora, que pasen la página". (Agustín Brashich/Ticmas)

— Es la que comienza con “Romperá la tarde mi voz”, ¿no?

— Sí, sí, es esa. Y me encantó, además, cómo la canta él. Para mí la versión que hace él, porque después escuché muchas versiones diferentes, es extraordinaria. Y estaba pensando en la posibilidad de ponerla porque me gusta mucho justamente el verso que dice “volveré repartido en el aire a cantar”, que es un poco lo que pasa con los revolucionarios. Mueren y quedan repartidos en el aire. Así que me pareció que encontré la manera cuando él va por la calle de ese pueblito y encuentra un bolichón. Y me pasó algo parecido. Yo estuve en Cachi, en Salta, que es de algún modo el lugar al que yo me remito imaginariamente. Y había un cantor que estaba tocando en uno de estos boliches y yo me acerqué, le pregunté si la tenía para cantar y el tipo me dice: “lo que me ha pedido es muy difícil pero yo rendí un examen con esa canción”. Y entonces la cantó extraordinario.

— ¿Lloraste escuchándola?

— No, no, no, pero... Puedo llorar, pero no en ese momento, si me preguntás. Pero yo con el folclore no tengo una afinidad tan grande. Esta zamba en particular me gusta. Por ahí me emociona más un tango porque me acuerdo de haberlo escuchado. Mi papá escuchaba mucho tango y jazz, pero folclore no se escuchaba mucho en casa. Con el folclore tengo una relación un poco más distante.

— ¿Y tuviste alguna experiencia personalmente como las que aparecen en la novela, en relación a las sustancias para conectarse con ese mundo de los muertos?

— No, no.

— No lo harías.

— No, no, no. No, pero tengo una razón. Hay muchos locos en mi familia entonces no quiero nada que me lleve por esos caminos.

Martínez, sobre el presente argentino: "Yo tengo un hermano discapacitado y todavía puedo ayudarlo a sostenerse. Pienso qué haría yo si tuviera familiares discapacitados y no pudiera sostenerlos".

— Te preservás, digamos.

— Totalmente, es autodefensa, sí.

— Claro. Pero decidiste escribir sobre eso…

— Me gusta escribir y me gustó mucho, sobre todo ese libro que menciono que es Las grandes pruebas del espíritu, de Henri Michaux, porque ahí el tipo tiene justamente una manera científica. O sea, el tipo se va drogando y va anotando, con meticulosidad de científico, los registros de cómo va dejando los estados conscientes y qué clase de visiones tiene, y cómo vuelve la conciencia. Entonces me parecía súper interesante.

— La literatura que producen esas sustancias te gusta también.

— También. Lo que pasa es que cuál es fiable digamos, porque cuando uno lee Las enseñanzas de don Juan uno percibe que ahí hay mucha...

— Desconfía un poco.

— Claro. Demasiado florido es todo eso.

— Claro, claro.

— Pero lo de Michaux me parece extraordinario. Y me parece que puede dar una idea sobre cómo es la conformación de la manera de pensar, la conciencia, etcétera. Que también la da para mí, que todavía es un campo para investigar, la manera de pensar de los esquizofrénicos, la manera de pensar durante los sueños. Hay como embriones de lógicas, ¿pero cuáles son?

— Cuando se pierde el control, por decirlo así.

— Claro, pero hay recurrencias. Hay, por ejemplo, megalomanía. O sea, hay como algunos detalles e imágenes recurrentes. También pasa con la epilepsia. Entonces me interesa mucho todo eso porque me parece que es como estudiar la conciencia de maneras indirectas, que es la única manera porque, ¿cómo te lo puedo decir? Es muy difícil estudiar a la conciencia mientras uno está pensando. Porque es como si la estuvieras estudiando en su momento más cercano a lo racional, justamente. Entonces me parece interesante entrar por esos costados menos obvios, más indirectos.

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*Nota al pie: La cita de la que habla Guillermo Martínez y es el epígrafe de su novela es pronunciada por Yago en Otelo, de Shakespeare:

“Aunque en el oficio de la guerra he matado hombres, tengo sin embargo como principio íntimo de conciencia no cometer crímenes premeditados: me falta malignidad...”