La escritora argentino-española Clara Obligado presentará en Buenos Aires Un árbol de compañía, el libro que coescribió con el biólogo y botánico Raúl de Tapia, este sábado 4 de julio a las 17.30 en Niño Librería (Donado 1652, Villa Ortuzar). El encuentro funciona como instancia pública de un proyecto escrito “a cuatro manos” que unió literatura y botánica desde una voz compartida y construido como un cruce de disciplinas: memoria, naturaleza, observación y conservación, con la pregunta por la relación cotidiana con el mundo vegetal.
Un árbol de compañía (Páginas de Espuma, 2025) pone en diálogo la literatura y la ciencia a través de la vida de los árboles. El libro traza paralelos entre procesos vegetales y humanos —la vernación y la amistad, los injertos y la migración, los tiempos prolongados de los árboles y los efímeros de los hombres— y revela, entre otros hallazgos, que los árboles comunican información vital, comparten nutrientes, modifican su género para evitar la soledad y sobreviven incluso caídos. La voz narrativa es en su mayor parte la de Obligado, quien incorpora y reescribe los textos científicos de De Tapia para construir una obra que también expone, con transparencia, su propio proceso de escritura. El volumen es el tercero de una trilogía de ensayos de Obligado —junto a Una casa lejos de casa y Todo lo que crece— en la que la naturaleza, el desarraigo y el exilio funcionan como ejes temáticos.
Cómo se escribió ‘Un árbol de compañía’
Raúl de Tapia enmarcó el inicio del proyecto en un cruce que, para él, respondió a “causalidades” más que a casualidades. “A partir de ese momento ha habido un pacto de confianza. Somos dos personas muy diferentes, con intersecciones en los árboles y sus recuerdos”, dijo. Clara Obligado describió una dinámica menos planificada y más inmediata. “Fue un proceso casi intuitivo. Conocía poco a Raúl, pero siempre que nos encontrábamos aprendía algo sobre los árboles”, afirmó, antes de precisar el momento en que lo llamó para avanzar con la propuesta. “Nunca me arrepentí”.
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El encuentro entre botánica y literatura
Raúl de Tapia sostuvo que ciencias y letras forman “dos visiones de la misma verdad” y defendió una narrativa que no reduzca los fenómenos a su explicación técnica. Para ilustrarlo, reunió referencias a Goethe, William Wordsworth y pintores como Turner, Constable o Rubens al hablar del arcoíris, y concluyó que el fenómeno completo incluye también percepción y emoción. En la misma línea, afirmó que la separación entre ambas áreas “instala fronteras en el diálogo” y planteó una salida: “Deben hibridarse más, en un mutuo ejercicio y esfuerzo por ambas partes”.
Clara Obligado encuadró esa idea como una investigación sobre cómo “las ciencias y las letras marchan juntas” y lo ligó a la historia del pensamiento. Citó como contraste a los griegos, a Leonardo da Vinci y al distanciamiento progresivo entre disciplinas, al que atribuyó un costo para “comprender lo que nos pasa”. Un árbol de compañía, según lo explicitado por sus autores, propuso un doble acercamiento: el de una amistad entre dos personas y el de una escritura que buscó un punto común de conocimiento entre campos.
Ante la pregunta por la dimensión ecopolítica del libro, Tapia eligió un término específico: “Prefiero emplear el término ecosocial”. Vinculó naturaleza, salud y economía, y mencionó variables concretas sobre el espacio urbano y rural: calidad del aire, temperatura de ciudades y pueblos, extensión de jardines y arbolado urbano, y estado de los bosques. También introdujo el concepto de salud integral y lo definió como una interconexión íntima entre salud humana, animal/vegetal y planetaria. Desde esa idea, afirmó que el compromiso del libro no se limitó a conservar sino que apuntó a “restaurar la mayor parte posible de lo perdido”.
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Obligado evitó un enfoque dogmático y dijo que su intención al escribir fue “abrir o estimular campos de pensamiento posibles” y mostrar cómo las personas “siempre hemos vivido con y en medio de los árboles”. También sostuvo una equivalencia directa: “Matarlos es matarnos. Cuidarlos es cuidarnos”. En esa misma respuesta, defendió el papel del arte como modo de percepción y como vía para ajustar la mirada, con un argumento comparativo: “Un poema nos cambia en un minuto”.