Lila Bendersky: “El duelo es un proceso largo en un mundo que te pide que estés bien a los cinco minutos”

La autora de ‘Un cactus en el medio’ habla sobre su libro, en el que reconstruye la tragedia que marcó para siempre a su familia cuando ella aún no había nacido: la muerte de su hermana mayor, a los 7 años

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"Había una imagen que tenía que ver con mi mamá, embarazada de mí, duelando a mi hermana, y yo pegando patadas", cuenta Bendersky acerca del origen de su libro. (Paula Salichiker)

El desconsuelo a veces se condensa en el comienzo de un libro. Puede llegar como una trompada en el estómago pero también, y sin cambiar ninguna palabra de la frase, como un pedido de abrazo. Lo que de ninguna manera vas a sentir si arrancás a leer Un cactus en el medio, de Lila Bendersky, es algo parecido a la indiferencia.

“El sexo entre mi mamá y mi papá debió haber sido tristísimo. Si bien fui lo que se dice una bebé deseada, las circunstancias de ese deseo no fueron para nada felices. Fui más necesaria que deseada”, escribe Lila, periodista, licenciada en Ciencias de la Comunicación y reconocida productora de radio. En la actualidad, es la coordinadora de producción audiovisual y podcasts del sitio Cenital aunque en esta entrevista será todo el tiempo la autora de Un cactus en el medio, un libro breve y conmovedor publicado por Vinilo, en el que la autora investigó y escribió la historia de una tragedia familiar que, aunque no era secreta, no había llegado a transformarse aún en relato ni en duelo colectivo.

Florencia, la hermana mayor de Lila, a quien no conoció pero marcó su existencia, murió en Buenos Aires a consecuencia de una meningitis bacteriana el 31 de diciembre de 1988. Había sido trasladada de urgencia desde Punta del Este, donde la familia —porteños judíos de clase media, padre médico— pasaba las vacaciones en el clásico edificio Vanguardia. Todavía no habían abandonado el cementerio de La Tablada después del entierro de la nena cuando el padre le dijo a la madre: “Tenemos que tener otro hijo”. Lila nació el 10 de noviembre de 1989, casi un año después. Y dos años más tarde nació su hermana menor.

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Para poder construir el relato que faltaba (aquel que podría explicar el trauma que quebró a la familia antes de su nacimiento y, tal vez, también entender por qué había tantas risas y buen humor en casa pero ninguna foto de Florencia), Lila viajó a Punta del Este a recorrer junto con una amiga de sus padres el escenario donde la vida de todos se partió en dos. Para su investigación entrevistó a sus hermanos mayores –que recordaban muy poco–, con amigos de la familia que acompañaron el proceso de enfermedad, muerte y pérdida de la nena, con un rabino y un pediatra que fueron clave para hallar alguna forma de consuelo, y fundamentalmente con su madre, quien accedió a recorrer con palabras la cronología familiar y a poner luz sobre aquel tramo trágico, tantos años después. El padre de Lila mantuvo su decisión de no hablar del episodio.

Desde su publicación, hace unos meses, el libro está haciendo un recorrido siempre valorado: son los propios lectores quienes lo recomiendan o regalan. A partir de la historia que cuenta, muchos hallan un espejo que les permite sentirse menos solos; otros, un relato muy triste narrado con amor y piedad por una primera persona que sabe mirar a su alrededor. Todo aquel que lea este libro encontrará una voz singular que, sin golpes bajos ni melodrama, consigue reparar aquello que, por no ser dicho, dolía dos veces.

Charlamos con Lila Bendersky hace unos días. Durante la conversación, la autora de Un cactus en el medio contó cómo fue la búsqueda de palabras que le dieran entidad a los hechos y también habló del proceso de escritura de un libro tan personal. “Yo siento que el duelo de Florencia está ocurriendo”, dirá en una de sus reflexiones. “Y estoy muy contenta de que Florencia exista, de que viva en esas páginas, de que haya recuperado su estatus de hija y de hermana”.

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"Un cactus en el medio" fue publicado por editorial Vinilo.

— Tu libro podría ser pensado dentro de lo que llamamos literatura de duelo, aunque tiene una particularidad y es que es el duelo por alguien muy importante en tu vida, pero a quien no conociste.

— Yo tenía en una época mucha distancia con la historia de Florencia y con su nombre porque era un nombre que no aparecía en mi casa y mis papás no traían ese dolor hacia nosotros. Me acuerdo de que en una época yo decía: “con la cantidad de cosas que pasan en la vida, mirá si me voy a poner triste por una persona que no conocí”.

— ¿Qué edad tenías cuando decías eso?

— Era a los 20, ponele. Es que yo tuve una amiga que se me murió a los 13 años. Mi papá tuvo temas del corazón desde que soy muy chica. Como que no me entran muchas angustias más, entonces las customicé un poco. La realidad es que la historia de Florencia está muy ligada con mi llegada, entonces creo que había una pregunta por la identidad muy importante para mí, de entender las coordenadas de mi llegada y de tratar de entender qué padres me habían tocado. Había una imagen que tenía que ver con mi mamá, embarazada de mí, duelando a mi hermana, y yo pegando patadas. Y como que decías: qué locura. Y hablando con mi mamá, en una de las entrevistas para el libro, ella me decía: “bueno, pero para mí eso era como que tenía vida dentro de la panza”. Y en algún punto yo quería entender eso un poco más en relación con mi propia historia pero, obviamente, sabiendo que iba a generar como un entramado familiar importante. Pero es loco porque ahora, no sé, todos los 1 de mayo siento que falta alguien y me cuestan los 1 de mayo, cosa que antes no me pasaba. Y también es el cumple de mis hermanos.

— Eso te iba a decir, claro.

— Entonces tampoco puedo hacer mucho lugar a esa tristeza porque cumplen mis dos hermanos ahí (N. de la R: dos de sus hermanos son mellizos. Ellos y Florencia cumplían el mismo día) y también es un día festivo. Pero ahora pienso que falta una torta. Entonces: ¿qué hago con ese pensamiento?

— Cuando decís “ahora” entiendo que hablás de cuando empezaste a pensar en el tema y en el libro, ¿o hubo un tiempo en el que pensabas en estas cosas pero el libro no existía como proyecto?

— O sea, siempre existió Florencia como un enigma que me era un poco incómodo. Lo mismo con la historia de mi tía Gloria (N. de la R.: la hermana del padre, que se suicidó). Como que había algo, calculo, como algo del periodismo que había como rumores, historias que circulaban, y yo necesitaba entender realmente qué había pasado tanto con Gloria como con mi hermana. También un poco creo que se entiende en el libro, era como un dolor tan fuerte para mis papás que yo no me animaba a hablar con ellos porque las veces que quise, no se podía y uno no tiene muchas ganas de infringirle dolor a sus padres. Yo quería empezar a escribir esto en el 2020, plena pandemia. La realidad es que me anoto en un taller con Virginia Cosin para arrancar, tengo el audio de la charla con mi mamá, pero además me estaba por separar. Entonces dije: no, no tengo cuerpo para todo esto.

Lila Bendersky con Margarita García Robayo, maestra de Lila y curadora de la serie de Vinilo en la que se publicó "Un cactus en el medio".

— Muchos duelos juntos.

— Muchos duelos juntos. Y no me animé. Y, después, cuando la vida fue un poco mejor, me anoté con Margarita García Robayo porque a mí me encanta lo que hace. Como dice Leila Guerriero cuando habla de ella, Margarita es una persona que escribe con una ferocidad tremenda; yo siempre leí en sus libros la incomodidad de los vínculos, no dar por sentado ningún tipo de vínculo. Y también es muy, muy amorosa. Y con Margarita me animé, sentí que iba a poder. Y ahí, desde que arranqué a escribir, no paré de pensar en Florencia...

— ¿Y pensás siempre en una nena de 7 años?

— Yo creo que un poco sí. O sea, cada tanto me pasa como de proyectar para adelante, imaginarme una chica más grande. Pienso en Marina (N. de la R.: la nena amiga de Florencia), que en la vida real tiene otro nombre, que tiene la misma edad de Florencia y es amiga de la familia. Me impresiona a veces verla y pensar que mi hermana tendría la misma edad que ella. Pero también hay algo alrededor de que yo no existiría. O sea, no tengo dudas y no me da pudor decirlo: yo no existiría si Florencia no se hubiese muerto. Mis viejos no habrían tenido otro hijo. Entonces es rara la sensación. Pero bueno, creo que es por eso esa incomodidad o esa rareza, o esa sensación de sentir que en las fotos falta alguien, viste. Encontré unos negativos el otro día, tengo ganas de llevarlos a un lugar para que me los impriman y ver si ahí aparece alguna foto de Florencia que no conocía. O sea, falta alguien.

— A veces cuando uno vive situaciones anómalas o disfuncionales en la familia, busca juntarse con otras personas que también atraviesan situaciones, si no parecidas, también diferentes a lo que llamamos normalidad. ¿Te pasó eso?

— A mí la familia, como concepto, me parece un artefacto muy extraño. Tener que estar imantados a un núcleo familiar porque sí me parece rarísimo. O sea, cuando alguien dice “una familia disfuncional” me parece un oxímoron porque “una familia disfuncional” es la definición de una familia, básicamente. Me doy cuenta del trabajo que les da la familia a todos. A mí me llevó a escribir pero no habría tantos psicólogos, calculo, si no hubiese un tema con la familia. Y lo que más me gusta leer tiene que ver, obviamente, con cuestiones que hacen a lo difícil que es seguir manteniendo unida a una familia. Y para qué mantenerla. Siento que sigue siendo muy costoso mantener distancia con tu familia. Creo que es el trabajo más laborioso que existe en pos de la autonomía de cada uno. Hasta dónde dar a ese nido familiar y hasta dónde salirse. Samanta Schweblin habla de distancia de rescate, yo digo: distancia de huida. Siempre ver la puerta abierta para poder irte. Como la medida justa de tiempo, tipo llego, como y me voy. Y lo veo en amigas, que tienen padres que tienen cosas que son tremendas y sostienen escenas familiares y yo pienso: ¿a son de qué? Con lo caro que te sale en el cuerpo sostener esa escena. Pero no tengo tantos amigos a los que se les murió un hermano. Sí tengo amigas a las que les ha pasado que a sus hermanos se les murió un hijo, cosas así, y eso me re flasheó… Que tengan fotos en la casa, cosas que en mi casa no pasaban, y ver a otras familias en las que, frente a esos duelos sí hay palabra, visibilidad, etcétera. Pero en la mía, no.

— ¿Qué te dejó tu encuentro con el rabino Reuben Nisenbom?

— Me pareció una persona espectacular. Un refugio para entrar en un momento tan difícil de la vida. Cuando él me dice algo así como “yo necesito entender cuál es la conexión con la vida que tiene esa familia — esa pareja, o la persona— que me viene a visitar porque no puedo dar dogmas o recetas”, me pareció tan acertado. Buscaba como darle singularidad a ese evento. Y también eso que dice: “Uno piensa que los niños se mueren, pero los niños se mueren”. Y es una cosa que uno quizás olvida, pero ocurre.

— Es algo que uno necesita olvidar para poder tener proyectos, por ejemplo.

— Obvio. Y él me parecía una persona increíble (N. de la R.: el rabino Nisenbom murió en 2023). Me costó mucho que me diera la entrevista, pero me pareció alucinante. Y después me quedé en una cadena WhatsApp del templo Mishkán, me encantaba que me llegaran cosas. Yo tengo un muy amigo, Alejandro, que estudió para rabino, entonces con todas mis dudas de judaísmo se las llevo a él, y cuando mi mamá me dio el nombre de Nisenbom le pregunté y me dijo que era una persona ultra progre, piola, y dije: ay, es increíble, qué suerte que tuvieron mis papás también de estar cerca de ese tipo de gente como él o como el doctor Julio Cukier.

— Sí, sí, gente del bien.

— Muy del bien. Gente muy comprometida con lo que hace.

— En tu libro aparecen esos padres que pierden a su hija mayor, en un hecho que los deja con tantas preguntas y culpas, y también responsabilidades, en el caso de tu papá, que es médico, pero también hay mucho detalle acerca de la gente que los rodeaba, personas que los acompañaron y cuidaron a tus hermanos, que eran muy chiquitos, pero personas de las que más tarde necesitaron distanciarse. Como si después de un hecho tan traumático buscaran alejarse para que evitar reabrir la herida. Ya era un milagro que siguieran juntos después de la tragedia.

— Que sigan juntos es un milagro.

— Y que quisieran ampliar la familia. Por lo que decías recién y por esto de los amigos, da la sensación de que en general elegían muy bien con quiénes se rodeaban, antes y después de lo que pasó.

— Sí, yo creo que el libro también habla mucho de la historia de la amistad y de que nadie se salva solo. Pero esto, en serio: mis viejos no hubiesen podido atravesar lo que atravesaron sin esa red de amigos. Me tengo que acordar sus nombres, porque yo cambié los nombres y algunas referencias, porque cuando empecé a entrevistarlos a todos no era porque estaba escribiendo un libro, entonces me pareció que era cuidadoso cambiar un poco los nombres. Yo incluso en mi propia vida milito mucho juntar todo, porque, si no, es una vida muy solitaria también la de la pareja sola. Como muy isla, viste. Como que hay algo ahí que es hermoso compartir con los otros. Y esas parejas que aparecen en el libro son los únicos amigos de mis viejos que yo recuerdo de cuando era chica y no tenía dimensión de todo lo que habían hecho e igual ya los quería un montón. Pero claro, cuando los fui a entrevistar y fui entendiendo todo lo que hicieron, tuve un agradecimiento muy grande hacia ellos.

Durante la investigación para su libro, Lila Bendersky viajó a Punta del Este para recorrer el edificio Vanguardia, donde comenzó la tragedia familiar.

— Es natural... Recién hablabas de que tuviste que cambiar los nombres de esos amigos y me interesa que hablemos un poco de los procedimientos que usaste para escribir el libro. Cuando uno escribe sobre materiales reales es muchísimo lo que queda afuera, y el resultado de un libro es finalmente el montaje de aquello que se elige contar, es decir, el trabajo de edición, en tu caso con tu propia historia. Pienso en la descripción de los escenarios o la ropa que visten las personas, pienso también en que elegiste contar un pasado remoto y quiénes eran tus viejos antes de que pensaran en ser una familia y de antes de todos ustedes. Tu experiencia es con el periodismo y el registro es el de la crónica. ¿Cómo tomaste esas decisiones?

— Yo soy una lectora de primera hora de la no ficción. O sea, creo que me metí en el periodismo por la no ficción. Por Leila Guerriero, por Martin Caparrós, por Margarita, Josefina Licitra, etcétera. Mientras escribía, leía perfiles sin parar como para entender mecanismos, formas de narrar una historia. No tengo imaginación. No puedo narrar e inventar algo, no me sale. Entonces entendía que el dispositivo de la crónica me iba a permitir poder contar la historia de mi familia sin ser yo, yo, yo, yo, yo, me pasó, me pasó, me pasó. Porque las historias de vida que me gustan no están tan pegadas a la experiencia personal sino que hay una subjetividad en esa experiencia que da cuenta del mundo en el que está habitada esa experiencia. Para mí eso es lo que hace que algunos libros de historias personales funcionen y otros no. O sea, me ha pasado de leer un montón de libros de gente a la que se les murió alguien y sentir ganas de decirle: correte. Cuando empecé a escribir, mis compañeros del taller me decían que yo no aparecía. Y yo les decía: no necesito aparecer porque estoy contando la historia de una familia que es la mía pero a la que también estoy descubriendo mientras la escribo. Así que te diría que el dispositivo que es el libro es muy parecido al trabajo que hice en el taller, o sea, no cambié ninguna estructura más que cortar algún capítulo o eliminar otro. Sabía que había una primera etapa que era hasta que se muere Florencia y otra que es cuando mis viejos vuelven a buscar a mis hermanos, eso lo tenía bastante claro. No tenía tan claro cómo hacer entrar a mis hermanos en la historia como testimonio, porque cuando los entrevisté me di cuenta de que casi no tienen recuerdos. No hubiese podido hacer esto sin el periodismo, sin el oficio, sin todo lo que leí.

— Tal vez no se te habría ocurrido escribir un libro así si no fueras periodista.

— No. Incluso me acuerdo de que cuando apareció la idea de publicar, que yo no estaba muy segura y que la verdad que me tomé un tiempo, hablé con mis hermanos, y confiaron en mí.

— ¿Nadie armó bardo por el libro?

— Nadie me armó bardo por el libro. Mi papá no lo leyó, es la parte más dolorosa pero entendible; mi mamá está en un éxtasis absoluto.

— ¿Le hizo bien?

— Muy bien. Mi mamá está muy feliz, muy vital... Yo creo que mi mamá se solapó al duelo de mi papá; mi papá fue capitán de familia, siempre. Ahora pudo hacer ella el duelo de la manera que quiere. Él es un sobreviviente. El mundo no para cuando vos estás triste, cuando se te muere un familiar. Y por un lado está bueno que no pare, cosa de que te mantenga un poquito vital, pero, al mismo tiempo, si no hay lugar para esa tristeza, eso sale por otro lado y te arruina. O sea, esa exigencia de tener que estar bien me parece tan nociva. Cualquier persona que se psicoanaliza sabe que lo que no se habla duele dos veces, o sea, duele por lo que pasó y duele por no hablarlo. Y el duelo es un proceso largo en un mundo que te pide que estés bien a los cinco minutos. Y eso es muy doloroso también porque hay una exigencia doble. ¿Cuánto puedo seguir estando mal? ¿Cuánto dura esto? ¿Cuándo termina un duelo? Yo siento que el duelo de Florencia está ocurriendo. Estoy en un momento en el cual estoy muy contenta de que Florencia exista, de que viva en esas páginas, de que haya recuperado su estatus de hija, de hermana, que también se inscriba un poco ese dolor de una manera que se pueda entrar y mirar ese dolor sin que nos destruya a todos. En el caso de mis hermanos, algunos recién están conociendo la historia a partir de esto; obviamente estamos en distintos procesos con lo que pasó. Fuimos criados muy en clan, entonces hay algo de la individualidad dentro de un grupo familiar, dentro de las familias numerosas, que no sé cómo será en otras, pero es difícil la autonomía cuando fuiste criado en manada, todo era igual, a todos nos vestían igual, nos daban de comer igual, no había singularidad, y es complicado. Y también saber que venís de unos padres a quienes les pasó lo que les pasó. Hinde: en mi casa nos estábamos cagando de risa todo el tiempo. Eso también me hacía ruido cuando empecé a crecer. No parecía un casa en la que se había muerto una hija. Mi papá tiene mucho sentido del humor, mucho, y todos mis hermanos tienen un sentido del humor de tipo Seinfeld, como criados en esos 90, y era raro. Es difícil estar triste cuando tus papás no estuvieron tristes o no los viste tristes. Nadie tiene muchos recuerdos de ellos tristes.

"Estoy muy contenta de que Florencia exista, de que viva en esas páginas, de que haya recuperado su estatus de hija, de hermana", dice Lila Bendersky.

— Pero en el libro usás imágenes un poco más duras, como cuando hablás, por ejemplo, de cierta orfandad aún con tus padres vivos.

— Es que en algún punto mis viejos no estaban. Y creo que lo que más hacemos con mi hermana Agustina cuando repasamos algunas anécdotas es tipo: ¿dónde estaban mamá y papá acá? ¿Entendés? No eran unos zombis mis viejos, o sea, eran funcionales, amorosos, nos íbamos de viaje, había vitalidad, pero, no sé, a mí se me murió una muy amiga a los 13 años.

— Te iba a preguntar por eso porque lo mencionaste antes. ¿Qué le pasó?

— Bueno, tuvo leucemia. Yo estaba haciendo el ingreso al Nacional Buenos Aires y era el ingreso que duraba todo el año y el verano, o sea, una pesadilla. Y yo en la primera parte no había quedado adentro, entonces tenía que estudiar un montón en el verano. Y mis viejos decidieron no contarme que Mariana tenía leucemia porque había que entrar al Buenos Aires, que era prioridad absoluta de mi familia. Entonces, después, Mariana se enferma y yo, como toda niña, no dimensionaba la posibilidad de que se podía morir. Y te lo digo habiendo ido al hospital, teniendo acá, frente a mí, la cara de Mariana inflada como un globo terráqueo, blanca, rapada, con un pijama, sin pelos en las cejas. Pero a mí no me entró la idea de que eso significaba que ella se podía morir sino como que la iba a pasar. Y Mariana se muere y yo no tenía lugar para poder hablar con mis papás de lo triste que estaba con eso. Porque no daba. Ese duelo lo hice sola con mis hermanas mujeres, que me contuvieron. No es que ellos no te dejaban, pero todos decíamos algo así como que no queríamos joderles más la vida.

— No provocarles más daño.

— Exacto. O tipo lo que pasó con mi hermana Agustina, que una vez se fue al Sur y no la encontraban; se fue con una amiga, y cuando las encuentran a Barbie le dicen “bueno, pasala lindo” y mi mamá le dice a Agustina: “Te volvés. Te volvés mañana. Estuvimos 48 horas con el corazón en la boca”. Y para nosotros no era tan raro eso. Fuimos muy comprensivos con ellos. O sea, no tengo la madre de Vivian Gornick, y tengo unos hermanos que hicieron de padres y de hermanos. Me imagino que en familias numerosas es re común eso. O en familias donde los padres laburan sin parar. Pienso que en un montón de familias los hermanos hacen de padres. Bueno, en la mía pasó con estos condimentos.

— Mientras escribías, ¿pensabas que tu libro podía llegar a circular de la manera en que lo está haciendo?

— No, para nada. O sea, yo sabía que era un libro que estaba bien escrito. Sabía que tenía ritmo. Siento que siempre estuve preocupada por el ritmo del relato. Creo que debe ser porque soy productora hace muchos años y porque me gusta que el libro te agarre y cuando estás bajando te vuelva a subir y por eso los capítulos arrancan y terminan de manera que no lo puedas soltar. No me imaginaba para nada que había tanta gente con tantos silencios dolorosos dentro de su familia. No me imaginé la cantidad de mensajes que recibo de gente diciendo: vine después de una muerte. No sé, me escribió una amiga de mi hermana Agustina y me dijo que el libro le hizo mucho sentido porque ella viene de una familia en la que hay un desaparecido. Entonces, qué hacemos con el dolor de nuestras familias, un dolor que tiene que ver con nuestras familias y tiene que ver con nosotros, pero no estuvimos ahí. Familias rotas antes de tu llegada.

"Carnation, Lily, Lily, Rose", pintura de de John Singer Sargent (1885/1886). La obra se encuentra en la National Gallery de Londres.

— Buena imagen...

— Y eso del vínculo con las familias con desaparecidos no lo había pensado. Pero sí, estoy conmocionada. Y en este momento, en esta Argentina, en este mundo en el que la atención es de un minuto, que la gente te escriba diciendo “me emocioné” o “me conmoví”, es increíble para mí.

*El viernes 26 de junio, a las 18, Lila Bendersky conversará con Margarita García Robayo sobre su libro “Un cactus en el medio” en la librería Naesqui, Charlone 1400 (CABA).