“Cariño, dime qué música crees que escucharían mis personajes”: Olga Tokarczuk anuncia que la IA llegó... hace rato

Las confesiones de la escritora polaca premio Nobel de Literatura abren una discusión sobre las nuevas formas de investigar y crear en un mundo repleto de herramientas digitales

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Olga Tokarczuk admitió usar inteligencia artificial como herramienta de verificación durante el proceso de escritura, lo que desató un debate sobre la autoría literaria

En el escenario del congreso Impact ’26, en Poznán, hace una semana, Olga Tokarczuk pronunció la palabra kochana, que en polaco significa cariño. Tokarczuk la usaba, contó al auditorio, para dirigirse al modelo de lenguaje IA que tenía abierto en otra pestaña mientras escribía. Se había comprado la versión paga. Le pedía ayuda para “desarrollar bellamente” ciertas ideas. Mientras el público procesaba la confesión, dijo otra cosa, que casi nadie levantó: que no escribiría más novelas largas, porque ya no son económicamente viables, y porque, según sus palabras, “el mundo, con su impulso destructivo, ya no las merece”.

La indignación llegó rápido. Un periodista polaco habló de “psicosis de IA”. En las redes apareció el pedido, primero irónico y después no tanto, de que devuelva el Nobel de Literatura. La editorial Riverhead emitió un comunicado aclarando que la próxima novela de Olga Tokarczuk no fue escrita con inteligencia artificial, solo investigada con ella. La autora misma matizó: usa el modelo para verificar, dijo, cosas como qué canciones bailaba un personaje en los años setenta. En un comunicado que publicó días después del evento, expresa que, como cualquier otra conversación, los comentarios realizados ante un público en directo durante un evento público pueden malinterpretarse (y descontextualizarse, el eterno problema de los recortes, los reels, los click baits).

Continúa diciendo que el libro que se publicará en breve no fue escrito con IA ni con ayuda de nadie. Necesita aclarar que siempre ha escrito sola. Luego continuó la explicación acerca del uso que hace del modelo de lenguaje pago que utiliza y enfatizó que la considera una herramienta que permite documentar y verificar los hechos con mayor rapidez.

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Siempre que la usa, declara Tokarczuk, “verifico la información, tal como lo he hecho durante décadas leyendo libros y consultando bibliotecas y archivos”. Termina con un gesto irónico que delata la incomodidad que han resultado de sus declaraciones: “A veces me inspiran los sueños, pero antes de que esta frase también sea acorralada y hecha pedazos por los expertos, me apresuro a informar que son mis propios sueños”. La defensa, aunque sensata, llegó tarde. La carnicería había comenzado. Una Nobel hablándole en términos íntimos a una máquina, frente a un escenario de líderes corporativos, anunciando con la misma liviandad el fin de la novela larga: carne de cañón.

Olga Tokarczuk dedicó siete años a escribir 'Los libros de Jacob', una novela de más de mil páginas sobre un místico judío

Vale la pena, sin embargo, recordar quién es Olga Tokarczuk. La autora polaca publicó Los libros de Jacob, una novela de más de mil páginas sobre Jacob Frank, el místico judío del siglo XVIII que en pleno corazón de la Mancomunidad polaco-lituana se autoproclamó Mesías y arrastró a miles de familias judías a una herejía sucesiva, primero al islam y después al cristianismo. La novela está numerada al revés, en la dirección de la lectura hebrea: la página uno está al final. Le tomó siete años escribirla. Está hecha de archivo: documentos de la Inquisición, correspondencia, registros parroquiales, manuscritos sabbatianos. Cuando el Comité Nobel justificó el premio en 2018, mencionó este libro específicamente. En 2019, la ciudad de Cracovia plantó en su honor un bosque de veinticinco mil árboles. El bosque se llama Prawiek, como el pueblo imaginario de su tercera novela, Un lugar llamado Antaño: un libro corto, de poco más de doscientas páginas, que cuenta tres generaciones y un siglo en viñetas tituladas, una tras otra, “el tiempo de Klosca”, “el tiempo del molinero Niebieski”, “el tiempo del muérdago”, “el tiempo del juego del Señor”.

Cada existencia, en la prosa de Tokarczuk, tiene su tiempo propio. Cada hongo, cada ángel guardián, cada niña, cada cosa. Es lo que ella misma teorizó en su discurso del Nobel, El narrador tierno, como una forma de mirar la literatura que no se subordina al humano, que no jerarquiza, que atiende a la singularidad de cada vida narrable. En ese mismo discurso, a principios de 2019 (ella recibió el premio por el año 2018, recordarán que ese año no hubo premio por un escándalo en el comité de la academia), adelantó: “Sin duda pronto aparecerá un genio capaz de construir una narrativa completamente diferente e inimaginable en la actualidad, que todo lo esencial se acomodará. Este método de narración seguramente nos cambiará; dejaremos caer nuestras viejas y restrictivas perspectivas y nos abriremos a las nuevas que, de hecho, siempre han existido en algún lugar aquí, pero hemos estado ciegos ante ellas”.

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Basta leer una sola novela de esta escritora para entender que es imposible que sea sustituida por un modelo de lenguaje virtual. Es importante enunciarlo con claridad antes de seguir, porque buena parte de la indignación de la última semana operó sobre el supuesto contrario: que un escritor que admite usar un chatbot es, por eso, un escritor que dejó de escribir. La premisa es falsa, y conviene desarmarla. La distinción que importa, y que la propia Tokarczuk articuló con cierta torpeza pero con honestidad, es entre dos operaciones distintas de la herramienta. Una es generativa: pedirle al modelo que escriba prosa, que invente diálogos, que produzca el texto que después se firma. Esto sí sería sustitución, y casi nadie en la literatura seria lo está haciendo, aunque ya sea muy común en otras zonas del mercado del libro. La otra es de asistencia: pedirle que verifique un dato, que ordene una bibliografía, que busque aquello que antes se buscaba en la biblioteca. Lo que Tokarczuk describió en Poznán cae claramente en la segunda categoría. Usó la herramienta para investigar, para chequear, para ordenar. La novela sigue siendo suya. Que le hablara en tono íntimo a la máquina es un dato sobre su soledad o su humor, no sobre su autoría.

El uso de modelos de lenguaje por Tokarczuk generó indignación, pedidos de devolución del Nobel y comunicados aclaratorios de su editorial

Esta es la línea conceptual sobre la que se va a jugar, en los próximos años (¿meses?), qué se entiende por escritura. Y conviene marcarla con precisión antes de que el debate público –dominado por dos polos igualmente perezosos, la satanización tecnológica y el entusiasmo de Silicon Valley– la borre. Una asistente humana que le busca a Orhan Pamuk fotos de Estambul en 1955 no es coautora de El museo de la inocencia. Un modelo de lenguaje que le confirma a Olga Tokarczuk qué temas sonaban en una radio polaca en 1972 no es coautor de la novela que ella todavía está escribiendo. En ambos casos, la operación literaria de seleccionar, condensar, componer, decidir el ritmo de una frase ocurre en otro plano. Lo que el modelo provee es lo que antes proveía una hemeroteca o una llamada telefónica a un especialista, solo que más rápido.

Sin embargo existe el peligro, claro que sí, y es mas profundo que el hecho de usar o no la IA como herramienta. Byung-Chul Han, que viene insistiendo en esto desde hace una década, lo formula con poca solemnidad y mucha eficacia: la cultura digital, dice, elimina la negatividad. El otro real es opaco, doloroso, no disponible (un amigo que lee tu borrador, tu editor, tu lector que te interpela, te cuestiona, te corrige). La interfaz en cambio es alteridad sin alteridad, diálogo sin lo otro del diálogo. Cuando Tokarczuk le dice “cariño” al modelo no está dialogando, en sentido fuerte: se está escuchando a sí misma reflejada en una superficie pulida que devuelve sus propios términos reorganizados. Entonces la práctica de consultar la IA con regularidad tiene un costo cognitivo que no se mide en las novelas terminadas sino en lo que esas novelas dejan de poder pensar. Esto es lo que hay que sostener al mismo tiempo, sin elegir entre las dos cosas: que Tokarczuk no traicionó la literatura al usar un chatbot, y al mismo tiempo que el chatbot, usado con regularidad, transforma silenciosamente la operación mental desde la que se escribe la literatura.

Las dos afirmaciones son ciertas y aquí es donde toma fuerza el párrafo que la Nobel polaca leyera en 2019: apareció ya “un genio capaz de construir una narrativa completamente diferente e inimaginable” pero también “que todo lo esencial se acomodará”. Aquí llegó ese método de narración que nos está cambiando, interpelando, y que invita –de maneras diversas, más o menos aceptables por ahora– a dejar caer estructuras y perspectivas viejas. Toda enunciación que hagamos sobre la IA y la escritura creativa suena naive, fatalista, negacionista, superficial, filosófica, estúpida. No hemos encontrado –dada la velocidad del avance de estos motores– la forma de acomodarnos a lo que sentimos, lo que pensamos, el sismo que genera y las consecuencias claramente devastadoras frente a estas herramientas que se presentan con un abanico de posibilidades que van desde la utilidad hasta el reemplazo de la mente de los escritores.

Y queda, todavía, la frase que Tokarcuzuk dijo acerca de la novela larga: que ya no escribirá más novelas largas porque ya no son viables. La novela de mil páginas, la novela de siete años de archivo, la novela que pide a un lector cuatro horas semanales de soledad concentrada, es una forma históricamente sostenida por una infraestructura específica: editores con tolerancia al riesgo, lectores con tiempo. Esa infraestructura está siendo desmontada en tiempo real por la concentración editorial en cinco conglomerados anglosajones, por la captura de la lectura por las plataformas, por la fragmentación de la atención sostenida, por el desplazamiento del consumo cultural al audio acelerado y al video corto.

Tokarczuk no inventó esto. Lo nombró desde adentro, con la legitimidad de quien acaba de escribir el ejemplo máximo de la forma que declara muerta. Los libros de Jacob, mil páginas con la numeración al revés, no se publica hoy. No porque la autora no exista, sino porque las condiciones de su publicación se evaporaron en la década que va de su Nobel a este congreso de Poznán. Lo cual nos lleva al problema más serio, el que el linchamiento a Tokarczuk vuelve invisible: el campo literario no está defendiéndose de la IA, está defendiéndose del miedo a la IA. Y se defiende mal, expulsando ritualmente a quien confiesa lo que casi todos los demás hacen en silencio.

Es muy poco probable que Tokarczuk sea la única Nobel viva que consulta un modelo de lenguaje. Es absolutamente seguro que en este momento, mientras se redacta esta nota, decenas de novelistas de prestigio están haciendo lo mismo que ella sin decirlo. El precio de no decirlo es el silencio; el precio de decirlo es lo que le pasó a ella. La estructura garantiza, así, que el debate público sobre IA y literatura ocurra en condiciones de hipocresía generalizada: todos usándola, nadie admitiéndolo, todos performando indignación cuando alguien confiesa mientras consultamos a los modelos todos los datos, fechas, citas y etcéteras que necesitamos para nuestros artículos sobre escritores que usan IA, para poner un ejemplo claro. Esa hipocresía es el verdadero problema, mucho más que cualquier uso individual. Porque mientras dure, ningún acuerdo sensato sobre qué se considera escritura, qué se considera asistencia y qué se considera fraude va a poder construirse. Se construirá, en cambio, mediante linchamientos sucesivos, en función de qué autor sea más vulnerable cuando le toque el turno.

Por todo esto, y a pesar de todo esto, vale la pena leer a Olga Tokarczuk. Vale la pena leer Los libros de Jacob porque casi nadie está escribiendo así en este momento, en ninguna lengua, y porque dentro de quince años va a ser todavía más raro. Vale la pena leer Un lugar llamado Antaño porque doscientas cincuenta páginas alcanzan, en sus manos, para contener un siglo, una geografía, una metafísica y una multitud de tiempos heterogéneos cohabitando sin jerarquía. Vale la pena leer Sobre los huesos de los muertos porque Janina Duszejko –la desopilante astróloga obsesiva, traductora de Blake, defensora violenta de los animales, narradora delirante a la vez que lúcida– es uno de los personajes más extraños y memorables de la narrativa europea de los últimos años. Y vale la pena leer, sobre todo, El narrador tierno, su breve discurso del Nobel: cuarenta páginas en las que una escritora teoriza con precisión y delicadeza qué es la mirada literaria, qué tipo de atención exige, por qué importa. Ese texto es, hoy, la mejor defensa de la literatura contra cualquier sustitución algorítmica posible. Que la misma autora consulte un modelo de lenguaje para verificar canciones de los setenta no lo invalida. Lo confirma: alguien que escribió esas páginas no necesita el chatbot para nada que importe.

[Fotos: EFE/ EPA/ Marcin Gadomski; Anders Wiklund/ TT News Agency/ vía Reuters]