El arte de envejecer con coraje y dignidad de Pacho O’Donnell, publicado hace días por la editorial Sudamericana, es un ensayo íntimo donde el autor de 84 años profundiza en las ideas de su obra anterior, La nueva vejez, planteando esta etapa, no como una tragedia, sino como un acto de coraje.
El mensaje central es que la vejez puede ser un tiempo dinámico, creativo y erótico si se logran vencer los prejuicios sociales. Sus reflexiones principales incluyen la vejez como desafío, la reivindicación de la palabra “viejo”, la oportunidad de la reparación, el combate a la soledad y una dismitificación de la sexualidad y del deseo.
O’Donnell es escritor, médico especializado en psiquiatría y psicoanálisis e historiador. Escribió muchos libros. Algunos son Juan Manuel de Rosas, el maldito de nuestra historia oficial, Che, la vida por un mundo mejor, Juana Azurduy, la teniente coronela y Teoría y técnica de la psicoterapia grupal.
En este nuevo libro, combinando psicoanálisis, humor, espiritualidad y relatos sufíes, O’Donnell construye una especie de “diario de viajero” escrito desde su propia experiencia. A continuación, un fragmento titulado “El coraje y la vejez”.
El coraje y la vejez
Envejecer no es para cobardes. Esta frase, tan simple como contundente, alcanza a quienes intentan negar el paso de los años con cremas antiarrugas, gimnasios, suplementos vitamínicos y una obsesión casi patológica por una inalcanzable juventud eterna.
“Nunca voy a ser viejo porque siempre corro el comienzo de la vejez diez años adelante”. B. Baruch
Envejecer, el acto natural e inevitable de seguir vivo, es uno de los desafíos más temidos y silenciados. A diferencia de otras etapas de la vida, que suelen celebrarse como progresos o conquistas, la vejez es vista con inquietud, casi como una traición del cuerpo, una decadencia lenta, una despedida a cuentagotas. En realidad se trata de una etapa que requiere una forma especial de valor, no el valor del que salta al vacío o del que gana un combate sino del que se atreve a mirar el paso del tiempo de frente, sin huir.
A medida que se envejece, el cuerpo cambia. Esa frase tan usada, y tan temida, es mucho más que una cuestión estética. Las fuerzas disminuyen, los reflejos se entorpecen, el sueño se altera, los dolores se renuevan e instalan. Lo que antes era automático, levantarse, agacharse, caminar, subir escaleras, empieza a requerir esfuerzo, e incluso asistencia. En muchos casos la enfermedad, a veces las enfermedades, se convierten en una compañía constante. La dependencia, esa palabra que tanto aterra en una cultura que venera la autosuficiencia, se vuelve una posibilidad real.
“En un mundo donde se celebra la novedad y se desprecia la pausa, envejecer es un acto de resistencia.”
Aquí es donde empieza a evidenciarse el coraje necesario. No el de resistirse al inevitable deterioro sino el de convivir con él sin renunciar a la dignidad. Aceptar las limitaciones del cuerpo, adaptarse a nuevos ritmos, redefinir el concepto de vitalidad, ajustar proyectos a posibilidades reales, eso requiere más valentía que cualquier hazaña juvenil. Porque envejecer no es perder, es transformar, y toda transformación conlleva una renuncia.
A los 72 años, el genial pintor impresionista Auguste Renoir sentenció: “Solo ahora comienzo a saber pintar”. Para seguir trabajando a pesar de la severa artritis reumatoide que lo incapacitaba ajustó la paleta en un brazo de la silla de ruedas e ideó un sistema de poleas para maniobrar la tela en el caballete.
Su nieto contaba que ese tinglado le sirvió para crear más de 400 cuadros, entre ellos unos magníficos desnudos, en el periodo final, uno de los más creativos de su extensa carrera.
Los ejemplos de muchas y muchos que han seguido trabajando, pensando y creando hasta muy avanzada edad contradicen el postulado “viejista” de que vejez y deterioro son sinónimos. Ello no quiere decir que tuvieran una vejez sana pues todos sufrieron las enfermedades y limitaciones inevitables en la ancianidad, pero tuvieron el coraje de sobreponerse y cumplir con su destino hasta el último aliento. De eso se trata, de coraje.
Artes visuales
Leonardo da Vinci (1452-1519) – Siguió dibujando, investigando y escribiendo hasta su muerte a los 67 años, edad longeva para su época.
Michelangelo Buonarroti (1475-1564) – Continuó esculpiendo y diseñando hasta los 88 años. Trabajó en la Basílica de San Pedro en Roma en sus últimos años.
Goya (1746-1828) – Exiliado y sordo, pintó sus obras más intensas (como las “Pinturas negras”) entre los 70 y 82 años.
Henri Matisse (1869-1954) – Tras una enfermedad quedó en silla de ruedas, pero creó su famosa serie de “Pinturas con tijeras” a los 80 años.
Pablo Picasso (1881-1973) – Pintó hasta el día anterior a su muerte, a los 91 años.
Marta Minujín (n. 1943) – Artista plástica internacionalmente reconocida, sigue activa, inventiva y provocadora.
Luis Felipe Noé (1933-2025) – Pintor, teórico del arte y escritor, activo en la escena artística y académica.
Carlos Alonso (n.1929) – Pintor, dibujante y grabador, representante de un arte con temática social. Actualmente sigue activo.
Literatura
Gabriel García Márquez (1927-2014) – Escribió Memoria de mis putas tristes con más de 75 años.
Toni Morrison (1931-2019) – Publicó novelas y dio conferencias hasta poco antes de su muerte, a los 88 años.
Joyce Carol Oates (n.1938) – Novelista y dramaturga estadounidense sigue escribiendo activamente.
Doris Lessing (1919-2013) – Premo Nobel de Literatura. Siguió escribiendo hasta poco antes de su muerte, a los 94 años.
Agatha Christie (1870-1976) – Famosa por sus novelas de misterio. Publicó la última a los 86 años.
Victoria Ocampo (1890-1979) – Destacada escritora, traductora y activista por causas feministas.
Silvina Ocampo (1903-1993) – Publicó su último libro de cuentos Las repeticiones a los 80 años.
María Elena Walsh (1930-2011) – Escritora, compositora y poeta.
Beatriz Sarlo (1942-2025) – Ensayista y crítica cultural, una voz aguda del pensamiento contemporáneo. Puedo incorporarme en esta lista pues estoy escribiendo este libro a mis 84 años.
Cine, música y teatro
Charlie Chaplin (1889-1977) – Siguió escribiendo música para sus películas y editando obras hasta bien entrada su vejez.
Luis Buñuel (1900-1983) – Filmó su última película, Ese oscuro objeto del deseo, a los 77 años.
Clint Eastwood (n. 1930) – Actor y director activo en su novena década; estrenó Cry Macho a los 91 años.
Tony Bennett (1926-2023) – Cantó incluso tras su diagnóstico de Alzheimer, con 95 años, acompañado por Lady Gaga.
Plácido Domingo (n. 1941) – Continúa cantando y dirigiendo ópera.
Mercedes Sosa (1935-2009) – Cantó y grabó discos hasta poco antes de fallecer. Su voz fue símbolo de resistencia y ternura hasta el final.
China Zorrilla (1922-2014) – Actriz, directora y escritora. Actuó hasta los 90 años y fue un emblema de la escena rioplatense.
Tita Merello (1904-2002) – Cantante y actriz, se mantuvo como figura pública hasta sus últimos años con una voz popular e irrepetible.
Alfredo Alcón (1930-2014) – Actor y director. Actuó en cine, teatro y televisión hasta poco antes de morir.
Héctor Alterio (1929-2025) – Actuó activamente en teatro y cine hasta sus 95 años.
Mirtha Legrand (n. 1927) – Actriz y personaje mediático, su longevidad en la conducción es un fenómeno cultural: más de cincuenta años en pantalla.
Ciencia, pensamiento y filosofía
Bertrand Russell (1872-1970) – Escribió, pensó y luchó por la paz mundial hasta sus últimos años. Fue encarcelado por protestar contra la guerra a los 89 años.
Jacques Derrida (1930-2004) – Filósofo que siguió publicando y enseñando hasta poco antes de su muerte.
Umberto Eco (1932-2016) – Escritor y semiólogo, publicó novelas y dio clases en su vejez. Número Cero se editó cuando tenía 83 años.
Noam Chomsky (n. 1928) – Intelectual activo, da entrevistas y escribe a sus más de 95 años.
Rabindranath Tagore (1861-1941) – Poeta, músico y pintor. Creó nuevas obras literarias en sus 70 y 80.
René Favaloro (1923-2000) – Médico y educador. Fue un trabajador incansable hasta su trágica muerte, a los 77 años.
César Milstein (1927-2002) – Premio Nobel de Medicina, continuó investigando en el Reino Unido hasta el final de su vida.
Muchas ancianas y ancianos enfrentan la soledad como un enemigo silencioso. La muerte de amigos, la distancia de los hijos, la dificultad para socializar, la carencia de espacios sociales diseñados para la tercera edad hacen que el mundo, de a poco, se vuelva más ajeno. El silencio se instala, no como una pausa, sino como una ausencia.
Envejecer es también ver morir a otros. Aceptar pérdidas reiteradas, aprender a convivir con el duelo, con la nostalgia, con el eco de las voces que ya no están. Y a pesar de todo eso levantarse cada mañana y caminar, cocinar, leer, entrenar, mirar por la ventana. Tener la fuerza de seguir cuando pareciera que ya no se tiene mucho por qué hacerlo. Eso es coraje. Y no cualquier valentía: una que solo se adquiere con los años, una que no se puede fingir.
Vivimos en una época donde la juventud es sinónimo de valor, y la vejez de obsolescencia. Los viejos no solo enfrentan el deterioro físico y la soledad, sino también la invisibilización. Su opinión ya no se considera relevante, su experiencia se subestima, su existencia parece estorbar. La sociedad no está pensada para ellos: la tecnología los margina, los sistemas de salud los burocratizan, la economía los relega.
A pesar de todo eso hay ancianas y ancianos que siguen participando activamente, que se reinventan, que aprenden, que enseñan. Hay quienes estudian una carrera, quienes se dedican al arte, quienes crían nietos. Afrontar el desprecio de una cultura que idolatra lo nuevo y sin embargo seguir siendo, seguir aportando, seguir amando, es otra forma profunda de coraje.
La vejez es, inevitablemente, una etapa de balance. Mirar hacia atrás y enfrentar lo vivido con honestidad también requiere valor. Reconocer errores, aceptar decisiones, deponer rencores, perdonarse a uno mismo. Hacer las paces con el pasado puede ser más difícil que lidiar con cualquier achaque físico.
Es también una etapa en la que se redefine el sentido de la vida. Ya no se trata de conquistar sino de construir un legado. De acompañar, de transmitir, de cerrar ciclos. Para muchos este ejercicio es profundamente espiritual: prepararse para el fin no desde el miedo sino desde la comprensión.
Envejecer no es para cobardes porque implica enfrentar todo lo que el resto de la vida suele disfrazar: la finitud, la pérdida, la transformación del yo. En un mundo donde se celebra la novedad y se desprecia la pausa, envejecer es un acto de resistencia. De mantenerse entero en medio de la vulnerabilidad. De habitar un cuerpo que cambia sin perder la esencia. De seguir apostando por el amor, por la compañía, por el pensamiento, incluso cuando todo alrededor empuja hacia el silencio y la soledad.
No es fácil. No debe serlo. Pero como tantas cosas en la vida, aquello que no es fácil suele ser lo más valioso.
Había una vez en las áridas tierras de Khorasan, un anciano derviche llamado Farid, conocido por su sabiduría y por los largos años que había pasado recorriendo los caminos del amor divino y la renuncia. Farid vivía en una pequeña celda junto al zoco, donde cada atardecer ofrecía consejos a quien se atreviera a preguntar.
Una tarde, un joven guerrero llamado Jamal vino a verlo. Tenía fama de valiente, pero sus ojos reflejaban ansiedad.
—Oh, maestro —dijo Jamal, inclinando la cabeza—, temo a la vejez. ¿Qué será de mí cuando ya no tenga fuerza para blandir mi espada ni fama que me preceda?
Farid sonrió con ternura. Tomó su bastón, se puso de pie con dificultad, y le pidió a Jamal que lo acompañara al borde del desierto. El sol se hundía como una moneda de oro en el horizonte.
—Mira ese halcón —señaló Farid—. Ya no vuela como antes, pero aún caza con precisión. Su sabiduría le ha enseñado a usar el viento, no su fuerza.
El joven lo miró en silencio.
—El coraje del joven es el fuego que arde rápido —continuó Farid—, pero el coraje del anciano es como el carbón: callado, duradero, y capaz de calentar un hogar entero.
Después de un largo silencio, Farid murmuró: “No es el cuerpo el que envejece, sino el miedo a dejar de ser útil. Mas quien conoce el secreto de la entrega, nunca envejece del todo”.
Jamal nunca olvidó esas palabras. Con los años, cambió la espada por la pluma, y la fama por el servicio. Llegó a ser un anciano sabio, y cuando le preguntaban sobre el coraje, respondía:
—El verdadero coraje no es morir luchando, sino vivir aceptando cada estación del alma con gratitud.
La muerte, ese fenómeno inevitable que se esquiva en la conversación cotidiana, adquiere una tonalidad diferente cuando se observa desde la perspectiva de la vejez. En lugar de ser una sombra temida la muerte puede convertirse en una presencia amable, una compañera silenciosa que da sentido a la vida vivida. La relación entre la vejez y la muerte puede ser una de reconciliación, de paz y hasta de humor.
El humor se convierte en una herramienta poderosa para enfrentar la idea de la muerte. George Burns solía decir: “Si hubiera sabido que iba a vivir tanto, me habría cuidado más”. El humor en la vejez no es solo una estrategia de afrontamiento, sino una manera de celebrar la vida hasta el último día. Muchos adultos mayores encuentran en los chistes y las anécdotas una forma de desdramatizar la muerte.