
Si algo nos iguala a todos los seres vivos es que más tarde o más temprano nos vamos a apagar. Al menos en términos biológicos –lo espiritual es personal, y cada quien podrá creer o no en lo que quiera–, todos vamos a morir.
Tener esta certeza no significa que sea una cuestión fácil de abordar ni mucho menos de que esté presente en nuestro cotidiano. Pero existe y sí, mal que nos pese es parte de la vida. El arte en general ha sabido hacer uso de la sublimación para poder transformar la angustia, la tristeza y el miedo en una mejor forma de acercarla, aun deseando que permanezca ajena.
Los buenos libros no tienen temas, sino buenas historias, sensibles, profundas, que apelan a las emociones e, incluso, hasta pueden llevar a pensar y, sí, abrir la puerta al tratamiento de un tópico. Los libros informativos son los que sí dan cuenta de los temas, o eso intentan.
Esta selección incluye tres libros de ficción muy diferentes entre sí y un libro que sí busca acercar preguntas (y respuestas) diversas, ingeniosas, universales formuladas por los más chicos. Vale aclarar que ningún volumen de los escogidos tiene que ver con el género de terror, no solo porque ese género ya fue tratado, sino porque no debería ser motivo de miedo.

Tengo un amigo que se murió (Limonero, 2025), de Patricio Famulari y Amanda Baeza. Quien fue uno de los fundadores de Bigolates de Chocote le escribió una canción a su amigo Matías Conte –conocido por ser el cantante y compositor Las Sabrosas Zarigüellas y fallecido por coronavirus– que hoy es este libro ilustrado como homenaje.
La ilustradora chilena que reside en Lisboa supo interpretar las palabras y sensaciones que Patricio escribió para contar qué le pasaba con la muerte de su amigo tan querido. ¿El resultado? Puro arte que nada tiene que ver con la tristeza, sino con el recordar y mantener la memoria viva de quienes ya no están.
Con imágenes oníricas, que se complementan acompasadamente si se escucha en sintonía la canción que se encuentra al final del libro en un QR para ser reproducida, la experiencia es un mimo al alma.
¿Un plus? El cuento del cuento: al final, también, se relata cómo se gestó este proyecto tan vivo.

Un hueco (Calibroscopio, 2015), de Yael Frankel. Los libros que vuelven, que se recuerdan, que se transforman en clásicos, son los que perduran, como los vacíos que nos dejan algunas despedidas.
Este libro álbum que fue recomendado y multipremiado en infinidad de veces es, al igual que el anterior, un consuelo. Pero tampoco se regodea en el dolor: lo transforma, troca el vacío en refugio, escondite, esperanza.
Quienes se encuentren con Un hueco se olvidarán por momentos que la autora menciona al inicio que se despidió de una amiga. Ese hueco es el hueco de la muerte –que no es nombrada–, pero, también, otros huecos de la vida. Es algo más que sucede, y a la vez da cuenta de que estamos (vivos) y recordamos.

Mi hermano llegó de otro planeta: un día de mucho viento (Sudamericana, 2016), de Liza Porcelli Piussi y Virginia Piñón. Este cuento corto aborda la enfermedad, la diversidad y la muerte desde los ojos de un niño al que le cuesta encontrar las palabras para nombrar lo doloroso.
Boris llega a la casa un día, y Nahuel poco entiende, le cuesta adaptarse a ese bebé “extraterrestre” que irrumpe en su cotidiano y lo transforma para siempre. De a poco, como suele suceder, comienza a encariñarse, a incorporarlo a su vida, a sus pensamientos y sentimientos.
Y así, como un día llegó, Boris se fue. A partir de ahí, Nahuel recordará y pondrá palabras como “hermano” y “tristeza” a ese nuevo estado. Las ilustraciones de Piñón son aire fresco que aleja las lágrimas al leer esta historia impecable.

¿Así es la MUERTE?: 38 preguntas mortales de niñas y niños (Iamiqué, 2024), de Ellen Duthie y Anna Juan Cantavella, con ilustraciones de Andrea Antinori. Este sí es el libro de las preguntas (y las respuestas). Este sí es el libro para “tratar” la muerte. Porque es un libro informativo y busca poner el tema sobre la mesa.
Con la frescura y la inocencia que los mismos chicos tienen para preguntar y preguntarse (“¿Por qué nos incomoda hablar de la muerte”; “¿Qué sientes cuando te envenenan”; “¿Qué sentido tiene la vida si vamos a morir”; “Cuando morimos ¿todo el cuerpo muere de golpe?”) es trabajado este libro por estas autoras que tienen muchísima experiencia en filosofía para niños y niñas.
En estas 140 páginas, las más diversas preguntas salidas de las cabezas y corazones más jóvenes son puestas en relevancia para hablar y reflexionar acerca de una de las cuestiones más espinosas y tabús que existen en la vida.
Un libro de consulta que, tal vez no traiga paz, pero, definitivamente, desmitificará el fin de la vida.
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