
... porque si el gauchaje no hubiera hecho suyo el poema, nadie se acordaría hoy ni del Martín Fierro, ni de José Hernández. Si esto no lo sabíamos antes es por la falsa orientación de nuestra crítica literaria que se ocupa de hombres y libros y no de la masa de lectores.
Rodolfo Kusch, La negación en el pensamiento popular, 1975.
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A partir de la publicación en 1988 de El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna —formidable trabajo crítico de Adolfo Prieto—, se consolidó en los ambientes académicos la hipótesis de que la literatura gauchesca había ido esfumándose a mediados de la década de 1920, con Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes como último exponente de un ciclo que se había iniciado en nuestro país con la poesía de Bartolomé Hidalgo, en los tiempos de la gesta independentista. Sin embargo, si bien es cierto que en los años siguientes el género no fue capaz de producir nuevos títulos que pasaran a formar parte del canon literario, no menos real es que en aquel tiempo la cultura criollista estuvo lejos de desaparecer. A juzgar por la cantidad de publicaciones y por la pervivencia de sus tópicos, el criollismo fue capaz de sostenerse como un hecho de consumo popular que se revivificó con el auge del nacionalismo en la década del treinta y que se mantuvo vigente en las décadas posteriores, manteniendo una fuerte presencia hasta los dos primeros gobiernos de Juan Domingo Perón.
Los recientes y muy completos estudios de Matías Casas, La metamorfosis del gaucho, y de Ezequiel Adamovsky, El gaucho indómito, lo demuestran con sobrados ejemplos. A partir de la provechosa lectura de estos trabajos, emerge la curiosidad primero y la necesidad luego de publicar en la editorial de la Biblioteca Nacional la presente Antología gauchiperonista (1945-1975), un conjunto de textos vinculados a la temática gauchesca que no solo se dieron a conocer durante el primer peronismo, sino que además formaron parte de la construcción de la identidad del movimiento, en una de sus aristas no siempre recordada.
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Esto, a pesar de que la investigación realizada comprueba que el gauchiperonismo fue una impronta estético-política prolífica y que llegó a extenderse incluso hasta la tercera presidencia de Perón, acompañando cada una de las etapas del peronismo hasta 1975. Toda una plataforma de enunciación que no fue ajena a la intervención en las disputas internas del movimiento que se agudizarían en la década del setenta. Durante el llamado peronismo clásico, la Subsecretaría de Informaciones y Prensa dirigida por el publicista Raúl Apold fue clave para el lanzamiento de afiches, audiovisuales, publicaciones periódicas y folletos que le dieron protagonismo al imaginario gauchesco en la Nueva Argentina.

No obstante, lo que surge de textos e imágenes del acervo gauchiperonista en sus treinta años de desarrollo no se circunscribe solamente al accionar del Estado. Militantes de base con iniciativa intelectual, durante el peronismo clásico o a posteriori durante la proscripción del movimiento, se volcaron en repetidas oportunidades a la escritura de versos gauchescos, dándole al uso del género un devenir mucho más amplio que lo que en principio supone una mera direccionalidad estatal (potente, sin dudas). En este sentido, la Antología gauchiperonista se acerca a los planteos de Omar Acha (2017) y Guillermo Korn (2017), quienes en sus trabajos sobre cultura y peronismo sostienen que existió un campo de producción en donde puede observarse el aporte intelectual activo de protagonistas de segundas o terceras líneas, cuando no del llano militante. La imagen de un peronismo totalizador, ajeno a una articulación amplia y plural, muchas veces olvida que la construcción y el propio nacimiento del movimiento provino de múltiples afluentes como la doctrina militar y el nacionalismo católico-conservador pero también del laborismo, el radicalismo, el socialismo y el comunismo, entre otras.
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Quizás a raíz de la subvaloración de esta zona de la literatura del período, entendida únicamente como fenómeno propagandístico y/o estatal, los estudios culturales dominantes hasta el presente tendieron a obliterar el abordaje de un corpus de textos que tomaron a la gauchesca y a la figura del gaucho como un medio para expresar un conjunto de preceptos políticos, ciertamente con una fuerte carga panegírica hacia el conductor, pero también manifestando en esa elección la estrategia de trazar un hilo histórico de continuidad con la tradición popular y la cultura nacional.
Las agudas reflexiones de Rodolfo Kusch nos recuerdan que cuando Leopoldo Lugones consagró al Martín Fierro y al gaucho como emblema nacional en sus conferencias compiladas en 1913 en El payador, lo hizo contra el extranjero. Para entonces, había en su sentir un nacionalismo de exclusión, que en un giro teórico-aristocrático realizaba una valoración positiva de aquello que su clase siempre había despreciado. Pero resulta que el gaucho no había desaparecido, apenas se había diversificado aún más que en los tiempos de José Hernández y eran finalmente el pueblo y la clase trabajadora quienes con mucha anterioridad se habían identificado con la cultura criolla, pues básicamente era su vida hecha literatura. Se abrió así con el fenómeno gauchiperonista una original interpretación y un nuevo momento de disputa con las concepciones más conservadoras respecto del mito gaucho que había establecido hasta ese momento la elite dominante.
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