
Todavía conmocionada por la muerte de su esposo, el ensayista y escritor José Pablo Feinmann, María Julia Bertotto, recordó con mucho amor su vínculo y destacó que era una persona que “te sacaba ese complejo de inferioridad que uno tenía frente sobre todo al léxico que usan muchos filósofos”.
La escenógrafa y vestuarista evocó en diálogo con Infobae Cultura los largos años compartidos, con emotivos recuerdos vinculados a la música, el arte, el cine y el teatro.
— ¿Qué recuerdos guarda de esta relación?
— Primero, haber compartido 41 años de vida con un ser tan múltiple, especial, y donde las coincidencias eran siempre muy fuertes y muy especiales. Porque filosofía no era mi campo, ni mucho menos, y yo estaba mucho más en la plástica, en lo visual. Pero después cuando él te explicaba algo era tan fascinante, porque vos decías “ay, yo puedo entender esto que dice” y te sacaba ese complejo de inferioridad que uno tenía frente, sobre todo, al léxico que usan muchos filósofos. Y después también habernos completado, porque a mí me gustaba mucho cuando viajábamos (ver) ciertos pintores. Y para no abrumarlo recorriendo todo, donde había cosas que a lo mejor no le iban a llamar la atención, me hacía antes un estudio del folleto y decía ‘vamos a ir acá y acá y acá’. Así fue muy hermoso, porque él descubrió pintores fascinantes que le encantaron, como Turner.
— ¿Intercambiaban sus artes de alguna manera?
— Sí, mucho. Y era una felicidad por ejemplo quedarse un sábado a la tarde poniendo música que amábamos y escucharla.
— ¿Y qué música les gustaba compartir?
— A nosotros siempre nos gustó Shostakovich. Él me dio a mí a Shostakovich y yo lo inicié mucho a él con el buen Chopin y nos gustaban las distintas versiones y teníamos locura por Gershwin los dos y desde chicos. Y después descubrir cosas, un libro que yo leía y que José a lo mejor no había leído y yo trataba de describírselo para entusiasmarlo y que lo leyera. Siempre era un toma y daca, uno le daba una cosa al otro y el otro también la podía evolucionar y devolverla. Tuvimos mucha alegría viendo films, amábamos el cine y podíamos ver tres películas juntas, una tras de otra con tal que fueran subtituladas, porque detestábamos el doblaje. La voz de un actor es irreemplazable.
— ¿Cómo fue cuando trabajaron juntos?
— José tenía una política: él, tanto una obra de teatro como un guion lo llamaba ‘literatura en tránsito’. Y después, cuando ese director tomaba ese guion, él no se metía y después tenía la sorpresa de ver. Cuando yo dirigí ‘Sabor a Freud’ ahí hubo unos momentos interesantes, porque yo notaba ciertas cosas que él como literato de pronto no las sentía tanto. Él tenía un gran sentido del ritmo de las frases y dialogaba maravillosamente bien, tanto en guiones como en obras. Él me dejó tranquila, yo estaba muy nerviosa. Pero además hubo después un final de la obra que lo discutimos un momento antes del estreno, por supuesto, y se cambió, pero dialogando y bien. Él fue siempre muy solidario y admirador de los actores y actrices. Creo que le hubiera gustado mucho ser actor y tenía muchas condiciones. Y siempre tuvo muchos amigos actores. Justamente mañana va a estar su despedida en el pabellón de actores de Chacarita, que también es el de Argentores. Es una muy ideal mezcla para alguien que fue excelente guionista y le hubiera gustado ser actor y a la vez un autor. Entonces nos pareció que era el lugar ideal.
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