
En el ámbito del arte, el accionar de la cultura de la cancelación, es decir, la práctica de boicotear a aquellos que son protagonistas de actos u opiniones ofensivas, abarca también la labor del individuo en cuestión y hasta el producto que de ese trabajo procede. Todo escritor, compositor, poeta y pintor considerado clásico ha sido observado bajo la lupa gigante e inquisidora de la corrección política.
Con las redes sociales como uno de sus principales brazos armados, la cancelación logra una viralización inmediata apta para el linchamiento virtual y el ciberacoso. A la premisa de no consumir su legado por tratarse éste de una continuación del artista, muchos contraponen que justamente son las obras las que se “autocontienen” como bienes independientes de todo juicio. Es posible y completamente necesario que aquellas puedan ser contempladas y tenidas en cuenta como lo que son, más allá de las acciones de su autor y de las opiniones que esas acciones desencadenan en la sociedad.
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Es muy conocida la polémica alrededor del compositor alemán del Romanticismo, Richard Wagner, acusado de antisemita por ser el autor del ensayo El judaísmo en la música clásica (publicado bajo el seudónimo de K. Freigedank, que se traduce como librepensamiento) en el que atacaba a colegas como Mendelssohn y Meyerbeer. Algunos especialistas también afirman que en su obra pueden apreciarse estereotipos antisemitas que posteriormente fueron utilizados por el nazismo para realzar y enaltecer el espíritu heroico y nacionalista alemán de inicios del siglo XX. Sin embargo, esto no debe opacar la maestría con la que Wagner renovó el lenguaje musical, creando lo que muchos consideran el concepto de obra de arte total.
Pero muchas veces esa cacería iniciada por la cancelación no solo va por los nombres de los artistas; también pretende extender su acción a las disciplinas en las que estos desarrollaron su obra. Se inician cruzadas contra la cultura occidental que muchas veces escalan hasta niveles impensados. Eso es justamente lo que está sucediendo con la Música Clásica, sobre la que la mirada severa de la policía del pensamiento atraviesa las esferas del tiempo y se convierte en un agente de justicia retroactiva.
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En una nota publicada en marzo por el diario británico The Telegraph, profesores de la Universidad de Oxford condenaron la notación musical (es decir, el sistema usado para representar una pieza de música en una partitura) de “colonialista”, concepto nefasto e íntimamente ligado al de esclavitud. Esta notación, arguyen, no solo ha sido impuesta como método unilateral de aprendizaje y representación de la música, sino que también se limita a las posibilidades del repertorio académico. Agregan que todo este sistema de notación musical implica una perspectiva ciento por ciento europea y por demás dogmática que ha colonizado su enseñanza.
Gesa Finke, musicóloga de la Escuela Superior de Música de Hannover, Alemania, considera que el canon clásico ha sido siempre un privilegio de la raza blanca y que desde su creación e implementación ha cimentado un racismo sistemático en todas las instituciones y academias en las que se imparte la enseñanza de Música Clásica. La discusión definitiva, en todo caso, debería ser acerca del origen de esos mecanismos que crean e imponen ese canon y el amplio catálogo de compositores tomados como modelos.
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“Elitista”, “blanca”, “hegemónica”, “colonial”, parecen ser los nuevos atributos de la Música Clásica, surgidos bajo la mirada de la corrección, un signo de nuestros tiempos que muchas veces carece de peso intelectual, ¿o acaso se la puede también acusar de ser “racista” por proceder de Europa? Es cierto que gran parte del acervo clásico fue concebido en el marco de las políticas expansionistas de las naciones imperialistas, pero también Beethoven compuso la Sinfonía Nº3, conocida con el nombre de Heroica, como forma de resaltar los valores de igualdad, hermandad y fraternidad propios de la Revolución Francesa, valores totalmente contrarios a los que los canceladores le atribuyen a la Música Clásica. ¿Qué sucede, entonces, con obras inspiradas en historias o figuras de lugares no europeos? ¿Nabucco, de Guiseppe Verdi, basada en la figura de Nabucodonosor II, rey caldeo de Babilonia, sería también objetivo de la cancelación? ¿Por qué motivos?
Para continuar con la controversia, los profesores de la Universidad de Oxford anteriormente mencionados proponen también que la enseñanza de piano, de dirección de orquesta e incluso de la obra de Mozart, ya no deberían ser obligatorios porque los repertorios son, pura y exclusivamente, propios de la música europea. Es difícil entender ese cuestionamiento, sobre todo por tratarse de una expresión musical nacida en ese continente. Para contrarrestar años de angustia en los estudiantes de color y combatir la idea supuestamente supremacista, manifiestan la inclusión de estilos como el jazz y el hip hop en los programas académicos. Esto responde, según sostienen, a una demanda de los propios alumnos.
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Uno de los que se para en la vereda de enfrente es Kent Nagano, el director de orquesta de la Ópera Estatal de Hamburgo. En una entrevista para el sitio Scherzo, Nagano afirma que la Música Clásica no debe ser vista como un lujo, atributo muchas veces cargado de significación e ideología, sino como un aspecto esencial para nuestro pensamiento. Atentar contra ella es, básicamente, ir en contra de la historia y de una búsqueda estética que no solo nos conmueve e inspira sino que también, y sobre todo, como forma de arte, trasciende cualquier tiempo y cualquier nombre.
La gran mayoría de las manifestaciones artísticas siempre terminan sosteniéndose por su propio peso. Para explicarlo mejor podemos tomar las palabras del crítico, curador y periodista Dietrich Diederichsen, que propuso entender la producción artística como un medio por el cual los hombres y las mujeres expresan sus experiencias, necesidades e intenciones estéticas, aunque no siempre su contexto histórico. Este concepto fundamental para la apreciación del arte se va diluyendo con el advenimiento de esta ortodoxia del pensamiento y su discurso cancelatorio.
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La Música Clásica, como cualquier expresión de arte, debe ser juzgada por sus propios méritos y no por circunstancias externas a su condición. La cancelación retroactiva o el vano intento de suprimir una, varias o todas las obras relevantes, es equivocar el camino, es elegir la destrucción por sobre la deconstrucción.
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