310 años de David Hume: 3 libros para acercarse a la obra de uno de los más influyentes filósofos occidentales

En Edimburgo, Escocía, el 7 de mayo de 1711, nació un hombre destinado al Derecho que logró torcer el rumbo para dedicarse a “investigar el espíritu humano”. Según Immanuel Kant, su obra despierta a los pensadores del “sueño dogmático”

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Retrato de David Hume, por Allan Ramsay

“A muy corta edad caí preso de una gran pasión por las letras”, escribió David Hume en una breve autobiografía titulada Mi propia vida, poco antes de morir, con los dolores palpitantes del tumor intestinal, repasando sus 65 años en el mundo, que fueron muy fructíferos. No por nada el filósofo Isaiah Berlin dijo de él: “Ningún hombre ha influido en la historia de la filosofía en un grado más profundo o más perturbador”.

En esa escena final, junto a la cama donde agonizaba, estaba el economista y filósofo Adam Smith, su gran amigo. El desenlace era inminente, con lo cual hacían chistes. Hume pensaba en qué excusa darle a Caronte, el barquero de Hades, cuando lo venga a buscar para llevarlo al inframundo. Efectivamente: al poco tiempo, el 25 de agosto de 1776, murió. Pero, ¿quién fue este hombre? ¿Cómo logró ser una de las figuras más importantes de la filosofía occidental?

Nació un día como hoy pero de 1711, hace exactamente 310 años, en Edimburgo, Escocia, en una familia de la pequeña nobleza local. Su padre, que era abogado, falleció cuando él tenía tres años, dejándole un mandato: continuar su legado en torno al Derecho. Y lo hace, pero la Filosofía era lo que verdaderamente le apasionaba. En la primera carta suya que se conserva suya, de cuando tenía 16 años, ya habla de “investigar el espíritu humano”.

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Retrato de David Hume, por Allan Ramsay

Así fue que dejó la carrera de Derecho para meterse directa y decididamente en la ciencia de la reflexión. Sus influencias directas son John Locke y George Berkeley, pero también los franceses Descartes, Malebranche, Pierre Bayle y el barón d’Holbach, y los ingleses Isaac Newton, Samuel Clarke y Joseph Butler. Con el tiempo construyó su propio sistema de pensamiento en base a una idea central: no existen las ideas innatas, puesto que todo el conocimiento proviene de la experiencia.

Controversial para su época, rechazó la existencia de los milagros y la existencia de Dios. Así influyó en el utilitarismo, el positivismo lógico, la filosofía de la ciencia, la filosofía analítica, la ciencia cognitiva y la teología, entre otros movimientos. Para Immanuel Kant, Hume logró despertarlo a él y a tantos filósofos del “sueño dogmático”, el gran obstáculo de los pensadores. Repasemos entonces tres libros suyos para acercarse, de a poco, a su gran obra.

Tratado de la naturaleza humana

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“Tratado de la naturaleza humana”, de David Hume

Tenía 26 años cuando terminó de escribir su Tratado de la naturaleza humana. La lectura del filósofo y médico inglés John Locke, conocido como el “Padre del Liberalismo Clásico”, y del obispo y filósofo irlandés George Berkeley decantaron en esas páginas. Para muchos es la obra más importante de Hume y una de las más influyentes en la historia de la filosofía. Según Jerry Fodor, es “el documento fundador de la ciencia cognitiva”.

Allí el filósofo escribe: “En cada sistema de moralidad que he observado hasta ahora, encuentro siempre que el autor procede algunas veces en la forma ordinaria de razonamiento, y establece la existencia de Dios, o hace observaciones sobre asuntos humanos, cuando de repente soy sorprendido porque, en vez de las usuales copulaciones de proposiciones ‘es’ o ‘no es’, me encuentro con proposiciones ninguna de las cuales no está conectada con un ‘debe’ o ‘no debe’.”

Y también: “La moral excita las pasiones y produce o previene acciones. La razón misma es totalmente impotente en este particular. Las reglas de la moralidad, por lo tanto, no son conclusiones de nuestra razón (...) Ahora bien: la evidencia moral no es más que una conclusión concerniente a las acciones de los hombres derivada de la consideración de sus motivos, temperamentos y situación”.

Investigación sobre el conocimiento humano

“Investigación sobre el conocimiento humano“, de David Hume

Diez años después, luego de revisar arduamente su libro anterior, publica un nuevo tratado. Necesita replantear ideas ya que, según sus propias palabras, el Tratado de la naturaleza humana “nació muerto desde la imprenta”. Entonces, en 1748 publica Investigación sobre el conocimiento humano., que es mucho más breve y mucho más polémico que el anterior. Fue muy influyente en su época y con el tiempo se convirtió en un clásico.

Según Jaime Salas de Ortueta, que tradujo y prologó este libro para una edición de 1980 para Alianza Editorial, “una de las cualidades de la Investigación”, sostiene, es “que ha contribuido a hacer de ella una obra clásica de la historia de la Filosofía, es el hecho de que permite apreciar con claridad no sólo las conclusiones de su autor, sino también los argumentos que conducen a dichas conclusiones”.

Y continúa: “Lo específico de la Filosofía no son propiamente estas últimas, sino las razones en virtud de las cuales se mantienen. Por ello, la Filosofía no sólo constituye un conjunto de afirmaciones sobre la realidad, si podemos emplear este término. También es método, es decir, argumentación fundamentada, de acuerdo con la etimología de la palabra: un camino, un camino hacia la verdad.”

Investigación sobre los principios de la moral

“Investigación sobre los principios de la moral“, de David Hume

El tercer libro que aquí recomendamos para acercarse a la gran obra del filósofo escocés es Investigación sobre los principios de la moral, también conocida como “la segunda investigación” por publicarse tres años después de Investigación sobre el conocimiento humano. Salió originalmente en 1751 y es, según escribió el propio Hume en su autobiografía de 1776, “de todos mis escritos, históricos, filosóficos o literarios, incomparablemente el mejor”.

Su preocupación por la moral y por la experiencia se agudiza y complejiza. Allí escribe, no sin cierta polémica, que “el celibato, el ayuno, la penitencia, la mortificación, la abnegación, la humildad, el silencio, la soledad y toda la línea de virtudes de monje (...) no sirven para ningún propósito; ni adelantar la fortuna de un hombre en el mundo, ni convertirlo en un miembro más valioso de la sociedad”.

Y continúa: “¿No lo calificas para el entretenimiento de la compañía, ni aumentas su poder de auto-disfrute? Observamos, por el contrario, que cruzan todos estos fines deseables; estupezca la comprensión y endurezca el corazón, oscurezca la fantasía y agrie el genio. Por lo tanto, con razón, los transferimos a la columna opuesta y los colocamos en el catálogo de vicios”. Claro que se ganó unos cuantos enemigos por estas afirmaciones.

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