
El Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York, meca de miles de visitantes cada año y hogar de obras extraordinarias como La noche estrellada de Van Gogh o Las señoritas de Avignon de Picasso, se prepara para reabrir sus puertas el próximo 21 de octubre luego de una remodelación y ampliación de cuatro meses, cuyos resultados se presentaron ayer por primera vez, en una recorrida exclusiva.
“A new Moma is coming”, se lee en los afiches publicitarios desplegados cerca de la Quinta Avenida y en varias calles de Manhattan –envuelta por estos días en una clima otoñal de nubes y frío-, una suerte de invitación a no perderse este evento de relevancia mundial que suma 3700 metros cuadrados, muchas más obras en exhibición y, principalmente, una nueva y vanguardista concepción de la idea de museo.
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Este nuevo MoMA está “comprometido con reflejar la diversidad y creatividad a través de todo el territorio mundial; es ahora un museo donde no existe una única historia del arte”, dice el director de la institución, el estadounidense Glenn D. Lowry.

Es por esto que el museo, concebido ahora como “un laboratorio” o como un work in progress, presenta “además de La noche estrellada de Van Gogh, las obras de Frida Kahlo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Helio Oiticica, arge y tantos otros”, enumera el locuaz y siempre amable Lowry.
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De impecable traje y luminosos ojos celestes, Lowry conversa en el flamante café del sexto piso del museo, junto a una preciosa terraza, justo frente a los ventanales que balconean el famoso Jardín de Esculturas, ese mismo que a partir de ahora, al igual que la totalidad de la planta baja del edificio, será de acceso totalmente gratuito al público, como un modo de integrar el edificio a la ciudad, algo notorio ya desde leyenda en inmensas letras que recibe al visitante: “Hello. Again”.
-¿Esta planta baja, de acceso totalmente libre, es un modo de incorporar el público al museo?
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-Cuando se creó este museo en 1939 aquello que lo distinguía de otras instituciones era justamente que no estaba separado de la ciudad, y que no tenía escaleras que lo alejen. Al contrario, era parte del paisaje urbano. Entrabas al museo directo tal como lo hacías a un restaurante o a tu trabajo. Con esta remodelación, nos aseguramos de que haya una conexión entre el museo y el Midtown Manhattan, que esa energía vibrante y explícita se continúe.

La arquitecta Liz Diller, socia fundadora de Diller Scofidio + Renfro, el estudio a cargo de la ampliación, explica que “esta idea de interface entre la institución y la ciudad es una democratización el museo y se corresponde con la idea de que, ahora la colección del MoMA tiene más puntos de ingreso que antes. Ofrecer diferentes puntos de acceso a la colección –literal y simbólicamente- es un modo de dejar atrás aquella idea de la institución como ‘autoridad’. Crea un ida y vuelta entre e museo y la ciudad, entre el museo y la gente”.
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Para algunos, pareciera difícil de asimilar este flamante MoMA, casi como un modo de poner resistencia a los cambios en esta institución casi centenaria, que se abre ahora múltiples perspectivas y relatos, que se propone repensar la historia del arte y repensarse a sí misma, que ofrece, en cada sala, una nueva narración, un nuevo punto de vista, casi como una Sherezade del arte contemporáneo que cada noche –o en cada espacio- imagina una nueva exposición.
La interdisciplinariedad es una de las palabras recurrentes en el discurso de Lowry, no sólo al referirse a la arquitectura, el diseño, la pintura, la escultura, la fotografía, la performance o el video, sino también a los artistas, los períodos, los territorios y las afinidades, a veces imperceptibles.
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De este modo, varias obras que estaban guardadas en el depósito verán ahora la luz, por lo que el visitante se encontrará no sólo con los reconocidos highlights -los Nenúfares de Monet, la rueda de bicicleta de Duchamp o las latas de sopa de Andy Warhol- sino también con las heliografías del argentino León Ferrari (se exhiben doce en total), los murales de Orozco, los autorretratos de Frida Kahlo o dibujos de otra artista argentina, Mirtha Dermisache.

Así, un paseo tan maravilloso como agotador por los seis pisos del edificio permite encontrarse con las fotografías del argentino Horacio Coppola, justo allí donde se relata la historia de la fotografía en América, junto a trabajos de Diane Arbus, André Kertész, Henri Cartier-Bresson o Tina Modotti.
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“El surrealismo”, “La ciudad como escenario”, “Rompiendo el molde” (donde está por ejemplo la obra de Jospeh Beuys, aquel artista que se paseó por una galería con una liebre muerta en brazos); o el Arte Correo (con obras de On Kawara) son sólo algunos de los ejes que estructuran hoy las salas del lugar, cuyo lema es por estos días “rethink the museum”.
"Lo que queremos cambiar es justamente la idea de contar la historia del arte moderno y contemporáneo como si existiera una sola, como si supiéramos el final”, dice entusiasmado Lowry al definir al museo que alienta a recorrer diferentes caminos del arte y que, de manera coreográfica, rotará y reinstalará, cada seis meses, diferentes obras por lo que en 2021 habrá un MoMA completamente nuevo por conocer.
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Fuente Télam
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