Por Jorge Fernández Díaz

Hugo Beccacece. (Milos Deretich)
Hugo Beccacece. (Milos Deretich)

Luis María Anson, miembro de la Real Academia Española y célebre editor de prensa, ha dicho hace poco: "A veces uno encuentra un diario que tiene la idea de que la literatura es la expresión de la belleza por medio de la palabra. Que produce un placer puro, desinteresado e inmediato en el lector". Y a continuación, formuló su dictamen: "En el siglo XVI se ha conseguido ese placer por la poesía, en el siglo XVII por el teatro, en el XVIII por el ensayo, en el XIX por la novela y en el siglo XX por el periodismo". Una buena parte de las emociones que produjo la literatura -sostiene Ansón-, ha tenido lugar en las crónicas, en los reportajes y en los artículos de ideas y de costumbres. Si esta audaz aseveración, con la que tiendo a coincidir, fuera realmente cierta, faltaría desde hace rato en los anaqueles de las grandes bibliotecas al menos una bien documentada "Historia de la literatura periodística", obra consagrada a ese género narrativo y ensayístico, y a esa figura fundamental de las letras: el escritor de periódicos. Ingresa hoy en nuestra Academia precisamente una pluma que se inscribe en ese particular género y en esa corriente caudalosa, y que debería ocupar en esas páginas locales un capítulo central: así lo prueban las piezas excelsas reunidas en los libros La pereza del príncipe y Pérfidas uñas de mujer, pero también las infinitas intervenciones que Hugo Beccacece realizó en su paso por revistas y periódicos legendarios: un verdadero tesoro que permanece aún disperso y a la espera de un compilador paciente y agudo.

Marcel Proust
Marcel Proust

Tardó un tiempo Beccacece en entender cabalmente que ese formato era su verdadero destino. Un escritor, acaso como un músico, puede errar por distintos instrumentos antes de encontrar el suyo, aquel que lo espera desde siempre. Descendiente de italianos, Hugo se interesó desde pequeño por el cine, la música y las letras. También por las artes plásticas, que le fueron reveladas por un persuasivo profesor en un aula del Colegio Nacional Buenos Aires. Cuando egresó de esos claustros en 1961, sus padres lo llevaron por primera vez a Europa. Italia, por supuesto, fue una experiencia íntima e iluminadora, pero París lo dejó boquiabierto. En aquellos tiempos todavía la marabunta turística no había llegado al Viejo Continente, y no había que hacer cola para entrar en el Louvre, ni tampoco existía el Museo D'Orsay. Hugo visitó todos y cada uno de esos días el Louvre, en cuyo último piso se amontonaban los impresionistas. También hizo un gasto que signaría su vida: se compró los tres tomos de En busca del tiempo perdido que publicaba La Pléyade en papel biblia, y El mundo de Marcel Proust, que venía con fotos e ilustraciones. Leer la ficción infinita de ese gran prosista universal, que está compuesta por siete novelas, le llevó dos años enteros, puesto que Hugo no dominaba todavía el francés y debió armarse de paciencia y de un diccionario. Muchos años más tarde traduciría al español El abrigo de Proust, de Lorenza Foschini, obra irresistible para los proustianos.

Beccacece regresó a París durante 1976. Pero el año de la revelación fue 1979, cuando viajó solo y se instaló todo un mes en la casa de una amiga. Aquella Argentina gris y represiva de la dictadura militar contrastaba con los colores, los desprejuicios y la libertad total de París. Conoció entonces la noche parisina, y sus templos, sus discotecas, sus sótanos, sus cines, sus películas prohibidas. Su locura y su bohemia, y también su lujo. Desde esa fiesta para los sentidos viajó casi todos los años a la Ciudad Luz, donde vivió su juventud tardía y donde conoció a grandes personalidades de la cultura. Caminar con Hugo por las calles parisinas puede ser una experiencia inquietante y nostálgica: en cada esquina, en cada edificio histórico, en cada recoveco hay una anécdota y un fantasma ilustre. También es una peripecia por las páginas, las telas, las antigüedades, las modas, los libros, los cafés literarios, los amores secretos, las tertulias, los ecos y los souvenirs de un mundo que en parte ya ha desaparecido. La cultura francesa fue crucial en la carrera de Beccacece, a pesar de que también fue condecorado por el gobierno italiano. Es que su aporte a la divulgación en nuestro país de esas dos grandes lenguas ha sido enorme, tanto como articulista como en su rol de puntilloso editor periodístico. Porque Hugo Beccacece es reconocido además como uno de los más importantes editores literarios de la Argentina.

A lo largo de 15 años comandó el suplemento cultural del diario La Nación de Buenos Aires, lo modernizó y lo abrió a diversas expresiones, descubrió talentos, exhumó autores ignotos, potenció a los mejores y creó una batería de ingeniosos trucos de marketing para atraer a lectores cultos. Su ojo para la obra de arte es refinado y preciso; nunca snob ni condescendiente. Todos esos años ha sido un crítico original, capaz de comprender la vanguardia y también la retaguardia de la literatura, siempre y cuando tuvieran igualmente una factura noble. Esa sensibilidad, unida a la erudición y a un poco frecuente sentido común, lo convirtieron en un curador imprescindible: los grandes libreros referían que muchísimos clientes ingresaban en sus locales con una reseña recortada de aquel suplemento, y pedían un ejemplar de esa obra comentada. Desde muy joven, tuvo un interés voraz por frecuentar con los ojos bien abiertos el cine, el teatro, la lírica, las artes plásticas, la decoración y casi cualquier otra manifestación artística. Esa voracidad y ese espíritu crítico, que no se han detenido, resultarían esenciales para su propia obra.

Victoria Ocampo
Victoria Ocampo

A punto de cursar la carrera de filosofía en la Universidad de Buenos Aires y muchísimo antes de traducir a Bachelard y Deleuze, Hugo era un poeta secreto. A los 21 años se encontraba en Mar del Plata y tenía una duda cruel: ¿sus poemas eran realmente buenos? Buscó en la guía local a Victoria Ocampo y la llamó por teléfono. Beccacece no abrigaba muchas esperanzas, pero tenía un as en la manga: estudiaba piano con Rafael González, un magistral músico que al igual que la mayor de las hermanas Ocampo, era director del Fondo Nacional de las Artes, y que ya había compartido alguna vez con Victoria la mismísima dirección del Teatro Colón. En el hogar marplatense de los Ocampo le respondió un empleado, y Hugo usó la referencia de su maestro como un santo y seña. No esperaba, verdaderamente, que Victoria estuviera en casa, ni que se acercara al teléfono. Pero el milagro se produjo. Beccacece, sin demasiados rodeos, le reveló su intención: "Quisiera saber qué piensa de lo que escribo". La gran dama hizo un breve silencio, sorprendida y un tanto contrariada, y le respondió: "Bueno, imagínese que a mí me llegan todos los días libros y manuscritos, y si yo me pusiera a leer todo, no tendría tiempo para escribir". Hugo, en la adversidad, se iluminó: "No se preocupe, señora -le dijo-. Si no tiene tiempo, se los leo yo".

Victoria Ocampo ahogó una risa y cedió, intrigada acaso por la osadía de ese muchacho desconocido. Beccacece fue a verla a la playa Lobo de Mar, cerca de Punta Mogotes, donde ella tenía una carpa. La dama le aceptó el poemario y hablaron un rato de Bartok y Debussy. Tres días después, Hugo recibía una carta en la que la dueña de la revista Sur elogiaba sus versos, pero los adjudicaba sutilmente a artificios de la juventud; no obstante, intervino más tarde para que le publicaran uno en el diario La Nación y le recomendó seguir escribiendo para expresar lo que sentía. También lo invitó a tomar el té a Villa Ocampo, y le presentó al gran Enrique Pezzoni. Tanto Victoria como Hugo se inspiraron mutua curiosidad. "Usted es como un ovni en mi vida -le dijo Victoria-. No tengo relación con gente de su edad". Hugo colaboró en los últimos años de Sur, pero llegaba tarde a esa fiesta. Que había vivido ya sus épocas de apogeo. Lo cierto es que por una cosa o por otra, Beccacece fue trabando relación con Silvina Ocampo y Bioy Casares, y con tantas otras personalidades de ese círculo de cultura y buen gusto. Ingresa hoy en la Academia Argentina de Letras no solo un editor y un articulista excepcional, sino también un integrante destacado de una tradición compuesta por algunos de los maestros, compañeros y amigos de Hugo Beccacece. Me refiero a Manuel Mujica Láinez, Pepe Bianco, Ernesto Schoo, el propio Pezzoni y también Jorge Cruz, aquí presente, que lo precedió en su titánica tarea de editor cultural, y le enseñó los rudimentos de ese delicado oficio. Todos ellos, cada uno a su manera, fueron escritores y divulgadores insoslayables de la cultura; hombres afectos a la elegancia y a la excelencia. Magníficos prosistas.

Se podría decir que alejado de la poesía y de la ficción, que ensayó también en secreto, Hugo Beccacece encontró su eficaz instrumento en la revista Claudia, donde escribía Olga Orozco, y más adelante en Convicción, en La Opinión de Jacobo Timerman y en Tiempo Argentino. Y finalmente en La Nación Revista y en los sucesivos suplementos culturales y en las páginas de articulismo de este diario, donde hoy sigue luciendo su prosa, cada vez más cercana a la memoria personal. Cada vez más perfecta y deslumbrante.

Giuseppe Tomasi di Lampedusa
Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Significativamente, su primer libro comienza con un texto que su autor dedica a Giuseppe Tomasi di Lampedusa, pero que quizás hable un poco de sí mismo. "Se trata de una pregunta que todos nos hemos planteado alguna vez de un modo inconsciente. ¿Para qué actuar? ¿Por qué no entregarse dulcemente a la pereza como si fuera una muerte plácida y benigna? -nos interroga Beccacce, y continúa:- ¿Por qué el autor de 'El gatopardo' escribió solamente ese libro, casi al borde de la muerte? ¿Acaso simplemente porque era un haragán? (…) Se trata más bien de la obra de un escéptico que, contra toda evidencia, se dispone a actuar como si de verdad creyera en algo. Esa creencia es, de un modo paradójico, su propio desencanto".

Marguerite Duras
Marguerite Duras

Esa falsa "pereza" parece explicar la tardanza del propio Hugo Beccacece en entregarnos un libro; también la neurosis del erudito, que consiste en pensar de manera melancólica o derrotista que todo ya se ha intentado y que nada vale la pena. O el escepticismo de alguien que se esfuerza en escribir sospechando filosóficamente que todo se perderá. Pero se equivocaba. Aquí, esta noche, lo estamos rescatando como lo que es: una obra maestra. Y además una autobiografía encubierta, porque los personajes que elige narrar de una manera única y formidable, constituyen una guía personal de sus adoraciones y en cierta medida cada uno de ellos se le parece en algo. Desde Capote, Thomas Mann y Somerset Maugham, hasta Marguerite Duras, Paul Bowles, Edgardo Cozarinsky y Guillermo Roux, por solo nombrar algunos.

Susan Sontag
Susan Sontag

La clave de esa afinidad íntima se la da la propia Susan Sontag, con quien comparte un café antológico. Entonces ella acababa de escribir un ensayo sobre Walter Benjamin, y le explica que no intentó innovar en las formas del articulismo porque la tarea hubiera sido tan extenuante que no le habrían quedado más fuerzas para los tratados ni para la ficción. En esa rara intimidad, que Hugo siempre logra dentro sus diálogos, la autora de Contra la interpretación y otros ensayos parece incluso terminar adscribiendo a la pereza del príncipe: "Soy melancólica, apática, lenta e indecisa -confiesa ella-. Ese ensayo es en cierto modo un autorretrato. Me sentía identificada con Benjamin y por eso escribo sobre él. Soy muy haragana, no me gusta escribir. Debo forzarme a trabajar. Me gusta como a Benjamin viajar y perderme en las ciudades, perder mi camino, convertirlo en laberinto. El gusto de Benjamin por las miniaturas quizá tenga que ver con el mío por las fotografías ya que las fotos miniaturizan el mundo. Cuando escribo trato como él de que cada frase lo diga todo antes de que mi total concentración disuelva el tema ante mis ojos".

La declaración de Sontag explica sin querer la estética y las travesías intelectuales de Beccacece. Aunque Hugo, al revés que ella, sí se dedicó a la extenuante tarea de innovar el articulismo, y lo consiguió con creces. Pero es cierto que elige, como su interlocutora, los personajes precisamente porque se identifica en algún punto con ellos. Es por eso que resultan verdaderos autorretratos. Cada una de sus frases también aspiran a decirlo todo, y sus pequeñas notas sin duda miniaturizan el mundo.

Marlene Dietrich
Marlene Dietrich

Hugo vuelve a probar esta teoría -escribir sobre otros es escribir sobre uno mismo- en Pérfidas uñas de mujer, donde se pasea por los nenúfares de Sodoma, el chisme en la literatura, el surrealismo, el snobismo, y las vidas de Marlene Dietrich y Luchino Visconti. En "Vestir sueños", donde se mete en la sastrería teatral mas importante de Europa para narrarla desde adentro, aborda su pasión: "¿Por qué nos empeñamos en conocer la vida de los seres cuyas obras despiertan nuestra admiración? -se pregunta-. ¿Por qué recorremos los lugares en los que ellos estuvieron y tratamos de encontrarnos con sus parientes o sus amigos? ¿Por qué no nos bastan los libros, las pinturas, los films que han creado? Esa obstinación se hace aún más fuerte cuando se trata de un muerto, de alguien que ya no habrá de entregarnos nuevas páginas, nuevas imágenes. En casos semejantes, sólo nos queda volver a leer, volver a ver, lo que hemos leído o visto. Quizá el fetichismo de los coleccionistas de memorabilia sea un intento vano de rescatar de la nada a esas figuras venerables y evanescentes, de asegurarles una perduración póstuma".

Hugo hunde hasta el hueso el escalpelo al final de su libro, cuando narra de manera brillante y confesional cómo su madre tamborileaba sus dedos, con sus bellas y pérfidas uñas de mujer, en la mesita de luz esperando que el niño se durmiera. Y cómo en la tiniebla de ese cuarto compartido, el niño jugaba mentalmente a ser un rey, una reina, un príncipe, un pintor, un pianista. Esos juegos continuaron en su escalera, y si cada uno de nosotros pudiera rememorar hoy mismo los nuestros reconoceríamos seguramente en esas imaginaciones lúdicas de la infancia la razón profunda de nuestra literatura y tal vez de nuestra existencia.

Napoleón
Napoleón

Al madurar, el adolescente mató a su última reina, canceló definitivamente todos los conciertos, quemó las paletas y los pinceles, y se descubrió adulto, y por lo tanto a solas consigo mismo. Descubrió el abismo de una verdad existencial: estaría solo para siempre. Hugo escribe entonces: "Esas biografías imaginarias, que les habían dado palabras a mi oscuridad y a la de mis padres, ya habían sido imaginadas por otros, y todavía más, esos otros las habían convertido en realidad. Las historias que leía en los libros de Aníbal, la de Napoleón, la de Catalina de Rusia, la de Chopin, probablemente habían sido concebidas para huir de otros cuartos semejantes al mío. No podía expresar entonces esas ideas con claridad, pero si quería escapar de aquel espacio nocturno debía buscar a los héroes de mis cuentos, para que me guiaran peldaño por peldaño hasta el descanso, en lo alto, desde donde podría contemplar el lote de paisaje que me había sido concedido. Corría un riesgo: vivir esas vidas, como hasta entonces, vicariamente. Pero acaso, ¿contarlas no era un modo de iluminar aquella oscuridad y poblarla de palabras, como si esas palabras fueran mis acciones?"

He aquí el gran propósito: Hugo Beccacece no vivió vicariamente; iluminó como pocos la vida de grandes artistas, de príncipes y reyes y reinas, y de algún modo las creó y las resignificó. Nos permitió, a él y a sus devotos

lectores, lidiar con nuestra propia soledad y seguir jugando en la oscuridad de este cuarto en el que todos vivimos y soñamos. Damos la bienvenida a esta querida Academia a ese niño, a ese lector, a ese espectador, a ese periodista, a ese escritor esencial, a ese gran maestro.

 

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