Advertencia: las líneas que siguen pueden perturbar a personas impresionables.
"Entonces, con rabia, arrojando el arma:
–¡Vida perra, puta –rugió Andrés–, yo te he de arrancar de cuajo!
Y recogiéndose las tripas y envolviéndolas en torno de las manos, violentamente, como quien rompe una piola, pegó un tirón.
Un chorro de de sangre y de excrementos saltó, le ensució la cara, la ropa, fue a salpicar sobre la cama el cadáver de su hija, mientras él, boqueando, rodaba por el suelo…"
Salvo error u omisión, este es el final más terrible que guarda la literatura nativa.
Es el epílogo de la novela Sin rumbo, escrita por Eugenio Modesto de las Mercedes Cambaceres Alais (Buenos Aires, 1843-1888), que firmó tres de sus cuatro novelas como Eugenio Cambaceres: Música sentimental, Sin rumbo y En la sangre. La primera –su tarjeta de presentación–, Popurrí – Silbidos de un vago, prefirió ocultarla detrás del anonimato.
Fue un personaje insólito. Millonario, bon vivant absoluto, vago (propia confesión), perpetuo frecuentador del Club del Progreso, reservado a la high society; a su palco en el Colón, y constante viajero a París.
Estudió en el Nacional Buenos Aires, se recibió de abogado, y empezó a actuar en política. Pero, gran mujeriego, fue descubierto en su palco del Colón en frenético acto sexual con la soprano Emma Wizijiac. El marido de la adúltera lo retó a duelo…, pero abandonó el país antes de elegir espada o pistola.
Ese episodio, además de su denuncia sobre fraudes en su propio partido y su propuesta de separar a la Iglesia del Estado –escándalo inenarrable para una mayoría social de comunión diaria–, lo alejaron de los escaños para siempre. Lo esperaba la literatura…
Popurrí – Silbidos de un vago fue una abierta confesión de sus hábitos: "Vivo porque sí. Más que vivir, vegeto. El menor esfuerzo intelectual me postra".
Su argumento es sencillo: un amigo lo invita a su casamiento en el campo. Se revela enamoradísimo…: un apetecible bocadillo para el escepticismo del autor, a la vez el narrador. Debe tomar el tren. Odia la llanura, sus polvaredas, su monotonía, y el demoledor menú de los bodegones de las estaciones. "Parece que no saben comer otra cosa que chorizos con huevos fritos. Pedí, desesperado, una tajada de jamón, y me miraron como a un enviado de otro mundo".
Desde luego, el matrimonio de su amigo termina en adulterio. Pero éso es lo de menos. Lo que torna deliciosa esta pequeña novela es su costumbrismo, su sátira, su burla, y un par de páginas imperdibles que derraman vitriolo sobre los políticos. ¿Cómo? Cambaceres elabora una larga lista de promesas de tribuna con elogios a "nosotros" e insultos a "ellos" (la oposición). Pero luego gira el dial y "ellos" pasan a ser "nosotros"… ¡con idéntico repertorio!
Cualquier semejanza con la política nativa moderna… no es pura coincidencia.
La segunda novela (y primera firmada) cambia de tono. Pablo, un joven argentino y rico –estanciero, of course– viaja a La Meca (París, ¿a qué otro lugar?), se une a una puta de lujo, la abandona, seduce a una condesa, y la puta, por venganza, lo denuncia al marido. Reto a duelo. Pablo mata al conde pero queda herido, la sífilis lo destruye, y Loulou vuelve a trotar por las calles…
En buen romance, un melodramón insufrible. Pero con lo mejor de Cambaceres: fina pluma, aguda capacidad de observación, minuciosas descripciones, y escenas de brutal realismo que lo vinculan directamente con Émile Zola y su naturalismo. Tanto, que no es exagerado afirmar que este bon vivant incurable fue el primer escritor naturalista nativo, y de algún modo el precursor de la novela en estas pampas.
Pero con un pecado original, aunque comprensible en la época en que le tocó vivir y escribir: el determinismo social. La idea de que la raza, según se considere superior o inferior (el nazismo dixit), dicta el destino de sus criaturas. Un destino inexorable…
En su tercera novela, Sin rumbo, crea un personaje asfixiado por aquello que llamaban "el mal del siglo": el esplín, el infinito e irreparable aburrimiento. Andrés, su modelo, harto de todo, viaja a su estancia y porque sí, sin más razón que un hervir de la sangre, viola a la hija de un peón, la desprecia, la juzga "fea, ordinaria, vulgar", pero al saber que está embarazada, vuelve a hacerse cargo de su hija. Acto inútil según el fatalismo, su credo. La chica muere en el parto, y su hija, no mucho después, de un ataque de crup. Sin rumbo (fiel al título de la novela), Andrés se abre el vientre de un largo tajo, y luego muere en el espantoso acto que encabeza esta nota…
Su cuarta y última novela, En la sangre, se embandera en otro fatalismo aún más peligroso: la certeza de que el inmigrante –los inmigrantes, que en esos años llegaban en oleadas– era un ser mísero, avaro y canalla…, y que no puede cambiar: lleva ese estigma en la sangre. Su personaje es Genaro, hijo de italianos llegados al Plata, que sale del conventillo –otro fatalismo inmutable para Cambaceres–, estudia, pero dilapida los pocos pesos que le dejó su padre como herencia y, ahogado por deudas, seduce a la hija de un estanciero, especula con su dinero –compra tierras–, pero lejos de progresar, vuelve a la miseria: al pecado original. Otra vez el determinismo fatal…
Es extraño: mientras Cambaceres seguía aferrado a ese preconcepto, un buen número de inmigrantes, a fuerza de trabajo y sudor, creaban una nueva clase social. Y no faltaban "niños bien de doble apellido venidos a menos", que aportaban su prosapia, pero con los bolsillos vacíos, casándose con las hijas de inmigrantes más que prósperos: un acuerdo de sangres y fortunas…
Por lo demás, ese desprecio –ese odio– hacia el inmigrante tendría peores representantes no mucho después, y en especial acerca del antijudaísmo.
Si para muestra basta un botón (o dos), leer la infame novela La Bolsa, del periodista José María Miró, o –en tiempos modernos– las declaraciones del juez Anzoátegui, que les decía a sus nietos "Soy nazi por la gracia de Dios".
Eugenio Cambaceres murió muy joven: a sus 45 años. Estuvo casado con Luisa Bacichi –curioso y contradictorio: hija de inmigrantes claramente italianos–, y ambos tuvieron una hija: Rufina Cambaceres, muerta a sus 19 años luego de un ataque de catalepsia. Durante muchos años –y acaso hasta hoy para almas crédulas– se creyó que fue enterrada viva, ya que la catalepsia es una muerte aparente, y sus víctimas despiertan en el ataúd, al que golpean y arañan hasta un final por asfixia.
(Post scriptum. A mis 18 años, estudiante de periodismo en el único instituto existente en la Capital Federal, tuve –tuvimos– como profesora de literatura a Marta Groussac, nieta del escritor. Mujer a la que algunos, enamorados del teatro, detestábamos, porque negaba que los textos teatrales –aún sus monumentos: Shakespeare, Ibsen, Lope de Vega, Lorca, Pirandello, Miller, Williams–, "nada tienen que ver con la literatura" (sic). Sin embargo, fue ella quien nos impuso a Eugenio Cambaceres como uno de los autores de lectura obligatoria. Y no fue un error. Más allá del juicio negativo respecto de su fe determinista que vertimos muchos años después, cuando la luz del entendimiento –línea de García Lorca– nos hizo críticos, hasta hoy lo agradecemos. Más allá de cualquier rechazo, Cambaceres nos regaló lecturas en esos días lecturas felices. Al fin y al cabo, Louis-Ferdinand Céline era nazi… pero Viaje al fondo de la noche es una de las grandes novelas del siglo veinte. Sin discusión literaria posible. Lo demás pertenece a otro terreno: el del desprecio humano).
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