
Esta carta está dirigida a Alexandros Panagoulis (Alekos), poeta y político independiente griego que jugó un papel activo en la lucha contra la Dictadura de los Coroneles en Grecia entre 1967 y 1974 y con quien Oriana Fallaci (1929-2006) vivió un romance desmesurado hasta la muerte de él, en mayo de 1976, ocurrida en un accidente de tránsito que su familia consideró siempre un atentado.
Él era diez años menor, se conocieron cuando él tenía 38 años y ella, 48 y ya era una periodista famosa. La relación -intensa, tormentosa, caótica- comenzó con una entrevista que Fallaci le hizo a Panagoulis (publicada en L'Europeo n° 36 del 6 de septiembre de 1973) inmediatamente después de la liberación del poeta de la cárcel, donde había estado preso y sufrido torturas por cinco años, luego del intento frustrado de asesinato del dictador Papadopoulos, en agosto de 1968. De ese primer momento de amor intenso y casi a primera vista es la carta.
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En 1979, tres años después de la muerte del amado, su héroe, la periodista publicó Un uomo (Un hombre), donde cuenta su relación con la persona que le había hecho conocer el cielo y el infierno en la tierra. "Era tu voz la que decía: 'Hola, has venido'". Y era una voz que sólo oyéndola se perdía la paz para siempre": así describía el primer encuentro entre ambos, que significó también el riesgo a perder su independencia. Y así explicaba, luego, qué había significado él para ella, el valor absoluto que le otorgaba a su existencia. "En mi vida había dos personas que me importaban más que mi propia vida: mi hombre y mi madre. Y los dos murieron, uno detrás de otro, en ocho meses".

Muchos creen encontrar en este amor interrumpido por la tragedia la explicación del notable endurecimiento del carácter de Fallaci, su actitud de mármol ante todo y todos y su lengua mortífera de los últimos años.
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Lo que sigue es un fragmento de El miedo es un pecado, libro que acaba de publicar El Ateneo.
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Alekos querido,
Te había escrito una larga carta. Pero la tiré. No me sentía, y todavía no me siento autorizada a decirte ciertas cosas. Te lo diré en voz alta, creo, cuando vuelva a verte. A veces es mucho más fácil usar palabras que, por escrito, dan miedo. Aunque sean palabras hermosas. O tal vez precisamente porque son palabras demasiado hermosas.
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Hoy solo quiero agradecerte. Agradecerte por existir, por haber vivido, por haberme regalado veinticuatro horas nobles y una hora feliz. Veinticuatro horas no son muchas, normalmente, para comprender a una criatura. Una hora no es mucho, normalmente, para sentir felicidad. Pero cuando, como tú, se ha aprendido a medir el tiempo sin tiempo, veinticuatro horas pueden ser suficientes para comprender y una hora puede ser suficiente para darnos la mano sin sospechas de burla. Te agradezco también haberme permitido invadir tu privacidad con consejos no solicitados. Te ruego pensarlos y te repito: has visto tanta fealdad en estos cinco años, tanta oscuridad. Ahora debes regalarte a ti mismo un poco de belleza y un poco de luz. Es un deber hacia ti mismo como ser humano, y es un deber hacia tu equilibrio nervioso, tu espléndida inteligencia. También el equilibrio más fuerte, la inteligencia más espléndida, necesitan luz, espacio, amor. Si no, se marchitan como un árbol sin agua. Espero que me permitas darte esa agua. Aunque no siempre será fácil. Soy una persona que trabaja y tiene una vida muy dura, muy difícil. No siempre puedo hacer lo que quiero, ir donde quiero. Siempre hay un viento que me arrastra del lugar donde me gusta estar, como ciertos pájaros obligados a emigrar constantemente. Pero, si me lo permites, si te gusta, prometo desviar el viento en tu dirección. Y es una promesa seria. Soy una persona seria. Tal vez hasta demasiado seria. Y, puesto que soy seria, no digo mentiras. No dije una mentira ayer, cuando tuve que irme. No había lugares en el avión para el día siguiente. Y no podía permitirme perder un día. Mañana mi trabajo debe estar terminado y, también hacia ti, mi primer deber es usar mi profesión y mis capacidades para contar a los demás quién eres. Debes comprender. Sé que, en el fondo de tu mente, comprendes. Por otro lado, fue mejor así. Es mucho mejor y más correcto que vuelvas. De todos modos, volveré pronto.
Ocho o diez días pasan rápido. E incluso si fueran doce días… Te ruego: espera. Quien ha esperado la libertad por años puede esperar también a una persona por unos días. Si veinticuatro horas pueden ser tan largas como veinticuatro días, diez días pueden ser breves como doce horas. Para mí es así. Y espero que sea así también para ti. Es todo, por hoy. Por otro lado, no sé si entenderás esta carta en italiano. Eso es terrible. Sí, realmente terrible no poder hablarle solo a una criatura a la que se tiene todo para decirle. ¿Aprenderás realmente el italiano para hablarme y escucharme sin la presencia de otros? No lo creo, pero lo espero. Porque no tengo tiempo para aprender griego y debo contar contigo. Sin palabras, toda relación humana es inútil y humillante.
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Abraza a tu madre por mí. Tu madre se parece tanto a mi madre: vieja como ella, sacrificada como ella, dolorosa como ella. Y abraza a Statis, que te ama tanto, más que a sí mismo. A ambos debes decirles, además, que te quise de inmediato y que, cuando entré en su casa, me pareció haber estado ya cien veces. Qué hecho extraño, misterioso. Yo, habitualmente, no reacciono así. La vida me enseñó, más bien me obligó, a ser dura, desconfiada, desapegada, controlada. Ustedes me transformaron en pocas horas. Ahora basta realmente. Y te mando saludos de mis padres y mis amigos, que llamaron para saber "cómo eres". Respondí: "Extraordinario, diría". Así que agregaron: "¿Le explicaste que debe vivir?". Y yo respondí: "Le rogué vivir". Te ruego vivir así como, hasta hoy, lograste sobrevivir. Te ruego ser generoso contigo mismo y no solo con los demás. Au revoir. Adiós. Ayer, en el avión, me comí todas mis hermosas uñas largas y rojas. Y ahora tengo manos de campesina, no de capitalista. Quédatelas. ¿OK?
Oriana
P. D. Te robé dos limpiapipas. Son perfectos para atarme el pelo a la campesina. En Navidad tendrás que regalarme una caja. De colores (¿pero todavía serás amigo en Navidad?).
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