
El Instituto Nacional de Medicina Legal de Colombia reportó que en el primer trimestre de este año se realizaron 343 exámenes médico-legales relacionados con presuntos casos de violencia sexual contra niñas y niños de entre 0 y 4 años.
Estas cifras, que revelan la magnitud de un problema que persiste, indican que 263 de las víctimas eran niñas y ochenta eran niños, una muestra de la vulnerabilidad extrema de este grupo poblacional.
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De acuerdo con información publicada por El Colombiano, la Defensoría del Pueblo instó al Gobierno a tomar acciones urgentes y estructurales frente a esta problemática.
Su representante, Iris Marín, expresó una dura crítica hacia las respuestas actuales del Estado, calificándolas de insuficientes y demandando estrategias coordinadas y de largo plazo.

“Se debe construir una estrategia sostenida y colectiva, dirigida a identificar las causas de esta violencia en contra de niñas, niños y adolescentes, e implementar de manera efectiva acciones de protección que respondan a la magnitud de lo que está ocurriendo”, declaró Marín al medio.
El debate sobre la respuesta institucional cobró mayor relevancia recientemente, tras el caso del Hogar Infantil Canadá, ubicado en Bogotá, donde se denunciaron presuntos abusos cometidos dentro de un jardín infantil bajo la jurisdicción del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (Icbf).
Este lugar, destinado a la protección y cuidado de niños, se convirtió en epicentro de la indignación pública al conocerse las acusaciones.
La defensora enfatizó que este tipo de actos deben considerarse no solo como un hecho aislado, sino como parte de un fenómeno más amplio que debe analizarse desde una perspectiva estructural.
La Defensoría del Pueblo condenó lo ocurrido en Bogotá como una muestra de fallas sistémicas.
“Desde la cabeza del Gobierno se debe liderar una respuesta contundente, porque proteger a la niñez no puede seguir siendo una promesa pendiente”, insistió Marín durante su intervención.
La funcionaria recordó que la violencia contra menores no puede manejarse con medidas reactivas que solo hagan frente a situaciones críticas una vez han ocurrido.

Los datos recopilados en los primeros tres meses del año representan solo un fragmento del problema, pero son un valioso indicador de una situación que, según las autoridades, requiere respuestas más ambiciosas e integrales.
La difusión de estas cifras ocurre en un contexto nacional donde los derechos de los menores muchas veces quedan en segundo plano frente a otros temas de la agenda política, a pesar de su urgencia.
En su análisis, el Instituto Nacional de Medicina Legal explicó que estas evaluaciones son solo el inicio de un proceso más amplio de investigación y judicialización, algo que fue respaldado por las observaciones de la Defensoría. Según el mismo medio, Marín afirmó que el bienestar infantil debería ocupar un lugar prioritario. “Frente a ese panorama tan preocupante, advertimos una situación de violencia estructural que rechazamos”, señaló, destacando la necesidad de adoptar medidas preventivas.
Los llamados al actuar estatal van más allá de los discursos generalizados; la Defensoría exige mayor inversión en estrategias que permitan prevenir y atender estas situaciones desde niveles comunitarios hasta el más alto nivel del Gobierno nacional. Esto podría incluir campañas educativas y de concienciación, además de la implementación de recursos adecuados para fortalecer el sistema de protección infantil.

La funcionaria insistió en que no basta con responder al daño ya hecho, como en el caso del jardín infantil en Bogotá, sino que es primordial trabajar en la erradicación de las causas que perpetúan la violencia sexual contra menores.
El problema de la violencia sexual infantil no solo plantea un desafío institucional, sino también social, ya que muchas situaciones no se denuncian debido a factores como el miedo, la vergüenza o la falta de acceso a servicios judiciales y médicos. Esto implica que el número real de casos podría ser considerablemente mayor que las cifras reportadas.
Mientras tanto, persiste la incertidumbre sobre cómo el Gobierno de Colombia abordará en adelante esta crisis, especialmente tras los recientes llamados al cambio desde la Defensoría del Pueblo. A medida que nuevos casos salen a la luz y crece la presión social, los ojos están puestos tanto en las autoridades como en las instituciones educativas y de bienestar encargadas de garantizar los derechos fundamentales de la niñez.
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