Hasta que la Democracia nos separe

Nuestras sociedades necesitan una nueva visión cultural capaz de generar normas de convivencia que puedan neutralizar las divisiones sociales

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Un votante deposita cuidadosamente su
Un votante deposita cuidadosamente su papeleta en una urna metálica durante un día de elecciones generales cruciales (AP)

Estamos viviendo una época de polarización y enemización política, siendo la confrontación a un nivel de elaboración ideológica muy simple. Cada ideología y visión contemporánea de las relaciones políticas hace resonar su voz en los pasillos de la región, con sus conceptualizaciones sobre el poder, justicia y desarrollo, así como sus advertencias sobre la manipulación de las necesidades y las amenazas que enfrentan, siendo guía para ambos lados del espectro político, izquierda y derecha, trascendiendo y absorbiendo la razón de los pueblos y las dinámicas sociales.

Las diferencias conceptuales tienen mucho de impronta personal y las ideologías, ya sea de un lado o del otro, cuando ejercidas por latinoamericanos, tienen condiciones particulares, sea cual sea la perspectiva política que se tenga. Y muchas veces tienden a parecerse, especialmente en las cosas malas, que es donde hay más para copiar. Citando a Borges podemos decir que son parecidos hasta en eso de creerse diferentes. Voy a tomar como referencia a líderes de la izquierda y la derecha latinoamericana cuya actuación estuvo marcada por dejar el poder cuando correspondía, en la persistencia en sus países de su pensamiento ideológico, porque sus ideas políticas pertenecen a la izquierda y nada más que a la izquierda y no a un marco político más amplio.

Este análisis de por sí ameritaría varios volúmenes. Y obviamente que constituirá un imperativo hacerlo sobre la izquierda y sobre la derecha. Cierto liderazgo de izquierda al comenzar el milenio formaba parte de la lucha de la racionalidad contra el empobrecimiento de los pueblos, pero esencialmente estaba motivada por una vocación demasiado real de poder. Esos liderazgos se fueron del poder y regresaron en algunos casos, haciendo prevalecer tanto su compromiso como su evidente capacidad de relaciones públicas, lo que les valió tanto el voto propio como de otros sectores. Las luchas por el poder fueron procesos de acumulación política, más gradual en unos casos, con derrotas electorales y aprendizajes más largos, más fulgurante en otros casos. Bajar del poder fue una experiencia que resultó miserable y en conflicto con sus discursos, algunos de ellos acusados de corrupción padecieron el exilio o la cárcel. La derecha que los sucedió explotó fundamentalmente el hartazgo generado. También se vio cómo desaprovecharon recurrentemente su oportunidad de instalar un proyecto sustentable.

Durante los siguientes años, estos liderazgos trabajarían en política con la misma visión, preparando un regreso que se concretaría de una manera u otra, como ser para Mujica con la victoria electoral de Yamandú Orsi. La acumulación política posterior significó el trabajo de asistir a tiempo total a su propia candidatura o a los candidatos de sus fuerzas políticas, en una cooperativa ética que mantuvo la vigencia de las fuerzas políticas que nuclearon y proyectaron.

Enfrentados a estos procesos o alrededor de estos procesos, izquierda y derecha comenzarían a desarrollar viejas ideas y nuevos valores políticos, ideas que tendrían diferentes variables de sistematización, así como discursos de izquierda o de derecha radicalizados con mucho desprecio centrista, siendo el eje fundamental en común una enorme vocación de poder. Así fue como pudimos ver en cada segunda vuelta electoral en la región la confrontación de proyectos irreconciliables entre sí. Algunos, seguramente influenciados por su singular educación y sus diversas experiencias académicas en el exterior, se han preocupado más en la elaboración teórica y es recurrente que en sus presentaciones se hable de la visión de la derecha o de la izquierda para el funcionamiento del Estado, para el sistema productivo, para la sociedad, para las relaciones internacionales, etcétera.

Sin perjuicio de ello, fundamentalmente en la mayoría de los casos desarrollaron ideas simples por las que ellos apelaban a la gente común de vida común, con trabajos comunes, que no eran seguidores ni de la ideología, ni comprometidos con causas políticas y que tampoco estaban comprometidos con un específico plan de gobierno. Mujica, quien fue la quintaesencia de la figura pública de Uruguay, ejercía el ser público con un aparente desdén al respecto, pero su dimensión humana marcaba un liderazgo regional que se puede atribuir en gran medida a las experiencias transformadoras que tuvo su vida.

A la hora de conceptualizar, Mujica reducía las respuestas políticas a verdades absolutas de la vida y no a las especificidades de la agenda política. Sabía que la política no se basaba en lo que realmente sucedía, sino en la instalación de narrativas y la adopción de nuevas lealtades recíprocas, especialmente con la gente común, a veces a un costo ideológico grande para los puros y los duros que cada vez fueron menos. La derecha se afirmó en cuestiones de eficiencia y resultados, los paradigmas de políticos de la dimensión de Piñera y Uribe diseñaron la fortaleza de propuestas de derecha, aunque muchas veces la misma se embarcó simplemente en proyectos reactivos, esta característica reactiva se instaló asimismo en la izquierda. Desde la derecha algunos prometieron seguridad y algunos lo lograron. Pero alguna vez también ha sido a un costo altísimo para los Derechos Humanos.

Las trayectorias de liderazgos de todas partes del espectro político revelaron la formación de un nuevo esquema de valores de la política, las necesidades objetivas de la gente las cuales surgen de las deficiencias estructurales y sociales de nuestras democracias fueron imbuidas por una proyección de antagonismo del discurso político. Pero también debemos decir que las necesidades de las diferentes ideologías hicieron que escaparan de dentro de los partidos políticos hacia la ciudadanía en general. Ello llevó a la racionalidad del poder, y sus consecuencias, ya que se asumió el riesgo de conducir a una mecánica de gobierno burocrática y de gran peso institucional. Esta parte, que en general es subestimada, es de extrema importancia en la política y la que termina haciendo más eficiente a cualquier ideología en el poder.

Ello significa que la inspiración del liderazgo queda controlada por los procedimientos administrativos, la legislación de derecho público y las dinámicas del Estado. Eso es en general algo bueno, la inspiración pura del liderazgo político regional ha sido en general el camino más corto al caos. Las necesidades reales de la gente siguen vigentes, son militadas arduamente en la conciencia colectiva tecnológica de la participación política en redes, las cuales lamentablemente son fácilmente influenciables y permeables a las lluvias ácidas del sistema político. Estas lluvias ácidas se ciernen independientemente de cualquier inclinación ideológica y política específica, ya sea de izquierda o de derecha; es simplemente una base común de acuerdo sobre la necesidad, con la implicación de que los seres político-tecnológicos son una sola especie de actor que en general denuncia las instituciones por su ineficiencia, sus niveles de corrupción, sus desastres ambientales, etcétera.

Esta acción de militancia virtual algunas veces fue usada para contrarrestar amenazas a la estabilidad y otras veces para generarla, pero debemos reconocer su utilidad para arrojar luz sobre las circunstancias del día a día de la política. Asimismo, para ayudar al liderazgo político a defenderse y eso lo digo por experiencia propia. Durante el siglo XXI, estas militancias virtuales, y me refiero a ellas en plural porque son distintas dependiendo la red en la que se ejerza, se extendieron ideológicamente a la defensa o al ataque a los regímenes de Venezuela y Cuba, así como sirvió también para que se expresaran las mentes de quienes detentan el poder y así responder a la casuística del día a día en la política.

Esto llegó a tener exceso de espontaneidad en varios casos. El tema de la defensa de los regímenes de Cuba y Venezuela fue hecho a un costo altísimo por la izquierda que terminó pagando eso muy caro en términos electorales, llegando el punto de que en determinado momento fue barrida del poder en toda la región. Por otra parte, las relaciones con Estados Unidos han obligado a diferentes habilidades de adaptación del liderazgo político latinoamericano. El cambio continuo en las administraciones de Estados Unidos obligó a seguir estos cambios como se pudiera, la definición es de absoluto pragmatismo. Como si hubiera otra opción…

Ello fue así para todos los países latinoamericanos y del Caribe. Esta militancia en redes, completamente infectada por trolls, ha sido fundamental para convertir las ideas políticas en un sentimiento de militancia, con una permanente sensación de injusticia. La acción está marcada por inflexibilidad, a veces ideológica, a veces social, trabajando incansablemente para exponer mentiras dentro del sistema, pero también para dividir la verdad.

La racionalidad del poder tuvo una particularidad para la izquierda, que fue puesta a prueba por las diferencias de sus enfoques sobre las dictaduras. Fue aquí donde la misión de la ideología de izquierdas se bloqueó en la producción de ideas que tuvieran como objetivo los temas más importantes de la sociedad. También fue decisivo para que ello pasara que se concentraron inoportunamente, desde el punto de vista programático pero muy oportuno desde el punto de vista electoral, en atacar a los liderazgos de derecha de manera visceral y apelando a las emociones de la gente al respecto. La situación inversa también es correcta.

Es inevitable escribir algunos párrafos sobre las dictaduras, respecto a las mismas podemos decir que en general hay un personaje principal aunque su poder real sea muy relativo como vimos respecto a Maduro o vemos respecto a Díaz-Canel, cuyos únicos méritos son haber sido funcionarios de sus procesos dictatoriales. Ortega, por el contrario, es el protagonista de su propia historia dentro de su propio espacio político, por desastroso que sea la actualidad de su proyecto. Cada especie de dictador representa nada más que su propio arquetipo y las mentiras que pueda vender su proceso, que generalmente, por estar desconectado políticamente del pueblo, toma un camino diferente al de la sociedad y resulta cada vez más disfuncional a la misma. El sistema político dictatorial tiene un gran problema principal y es su imposibilidad de trabajar junto a la gente, lo cual estratifica a los dictadores y los aísla de la percepción de los costos políticos, lo cual es fundamental para realizar los ajustes que impidan la reiteración de errores y malas prácticas.

El chavismo y Maduro tomaron la delantera durante mucho tiempo, hasta ejercían muchas veces de certificadores de qué era ser de izquierda y cuáles debían ser las condiciones ideológicas del sistema regional. Por ejemplo, incluir a la Colombia de Uribe tan frecuentemente como se podía en el menú de Unasur. Pero el fin de Maduro, el fin del protectorado cubano sobre Venezuela y el comienzo del protectorado de Estados Unidos hizo que las definiciones que dirigen el sistema regional cambiaran completamente. Las dictaduras constituyen la cristalización que, desde las ideologías, ya sean de izquierda o derecha, amenazan las posibilidades y vulnerabilidades que presentan la democracia y la alternancia en el poder. Sin embargo, lo que posiblemente hace que sean tan extraordinariamente peligrosas es su necesidad atemporal de controlar los fenómenos sociales, políticos y psicológicos del sistema político y gobernar con un sistema de fábulas (como lo es para la derecha la sierra o las condiciones imperialistas desde la izquierda) que tienden a quedar pendientes permanentemente, porque las dictaduras son tan contrarias a los cambios que hasta desconocen aquellos que fueron sus postulados para instalarse.

Las dictaduras presentan las complejidades que tiene la represión de los movimientos sociales y políticos, una imperfección grave de funcionamiento de la política que puede atraer a muchos que simplemente quieren su rutina en orden sin necesidad de hacer política y sin necesidad de ser razonables. Esto no significa que todo sistema democrático no tenga fallas en su conformación, por muy dinámico y eficiente que parezca. En el funcionamiento electoral la gente vota porque tiene determinadas preferencias y trata de encontrar un candidato que represente eso lo mejor posible, por otro lado, la gente que ya tiene un candidato por una cuestión de gusto, de fe o creencia se adapta a las preferencias del mismo.

En este segundo caso derivamos hacia (no) soluciones mesiánicas, irracionales o emocionalmente negativas. La transformación que mejor confronta el impacto de la sociedad se tiene que basar en la libertad, ya que el sistema debería reflejar el regateo de la mayoría, tratando a todos los liderazgos y al pueblo con justicia, está demostrado que cualquier orden de estructura de liderazgo deberá tener como bases capacidades de negociación o movilización.

La gente probablemente prefiera bienestar sobre solidaridad y solidaridad sobre legitimidad; pero desde un punto de vista de democracia la legitimidad debería estar en primer lugar. Y los votantes deben ser libres de expresar su capacidad de impacto para el cambio, aun sabiendo que ningún sistema político puede satisfacer perfectamente el conjunto total de condiciones que ponen los votantes latinoamericanos. Sus necesidades eternamente postergadas. Si un liderazgo se niega a aceptar límites, el pueblo necesita ser coherente con las condiciones éticas y exigirlo. Esto significa que el sistema no puede depender de la voluntad de una sola persona o de un solo grupo para determinar los resultados sociales, políticos y económicos. La decisión debe reflejar el regateo colectivo del pueblo, no el resultado impuesto por el poder.

Esto significa que, si la manipulación del liderazgo coloca el bienestar de la gente sobre la solidaridad social, es necesario agregar a la transformación condiciones de legitimidad; las estructuras deben permanecer aun en un proceso de transformación como un sistema justo. La introducción de nuevas transformaciones no debería cambiar esas características. En Latinoamérica los Estados de Emergencia son el atajo frecuente por el cual el sistema deja de ser justo. La estructura relativa de las democracias existentes está determinada por ciclos políticos naturales, lo cual demuestra que ningún sistema puede satisfacer las ideologías sino servir a la institucionalidad para lograr resultados y ser eficientes. Esto significa que cualquier sistema político tendrá fallas inherentes al mismo, reflejando las condiciones de su evolución política.

El líder político puede imaginar escenarios en el que su administración gubernamental prioriza el bienestar a la solidaridad y la solidaridad a la legitimidad por poner un orden de prioridades. Pero es imposible una aplicación estricta de las mismas, sin que ello implique permanentes transformaciones y ajustes. Determinadas democracias enmarcadas en cambios sociales, ya sean de derecha o de izquierda, necesitan legitimidad en primer lugar para implementar los cambios y una inteligencia colectiva que pueda llevar adelante la transformación necesaria. Cuando un sistema, como ser el cubano, por ejemplo, es rechazado por una parte significativa del pueblo, resulta imposible para el liderazgo ser eficiente. La represión, cuando lleva a la anulación de la inteligencia y libertad individual, nunca puede conducir a un sistema funcional de inteligencia colectiva.

Incluso en casos de democracia directa donde el pueblo señala el camino, pueden surgir problemas ya que un proceso de transformación para la mayoría del pueblo podría llegar a hacerse afectando otras prioridades de grupos minoritarios. Por eso son tan importantes pesos y contrapesos del sistema: para asegurar garantías. Y por eso los sistemas represivos empiezan por conculcar las mismas. Por otra parte, en un sistema político democrático, los grupos de interés y de presión pueden producir propaganda en forma de prioridades, paz social y eficiencia pública manipulados, en un interés simplificado, donde se eliminan procesos garantistas para evitar la posibilidad de ideas críticas tamizadoras. Ese proceso también se usa a menudo como forma de socavar la fuerza y la naturaleza de la democracia.

Las instituciones para funcionar adecuadamente necesitan tener el control sobre sí mismas, ello a veces resulta difícil para proyectos políticos que esperan cambios radicales y para los cuales las instituciones y sus dinámicas de monitoreo y negociación interna ponen demasiado freno a quienes creían que lograrían éxitos inmediatos. Esta necesaria demostración de gestión de la administración puede enlentecer (por lo menos) los sueños que crea la política y hace que esos “soñadores” se vuelvan muy cínicos respecto a lo que es realmente el poder. Esto explica por qué muchos proyectos políticos de izquierda o derecha no establecen sistémicamente ni límites firmes ni razonables, sino que ofrecen soluciones sin lograr que las mismas tengan suficiente tracción, aun cuando no sean carentes de contenido mesiánico.

Ningún presidente debe imponer justicia o imponerse sobre la justicia, pero esta tentación está permanentemente instalada en los sistemas políticos de la región, evitar la concentración de poder es algo que la mayoría del liderazgo entiende mejor desde la oposición que desde el gobierno. Los controles y equilibrios del sistema tienden a ser desbalanceados por la acción política y los líderes regionales casi que no pueden evitar proponer la reforma del poder, esto es ir por una reforma constitucional. El poder judicial es el que mejor encarna la separación de poderes y que mejor pone límites a la política, por eso es especialmente tentador para aquellos que necesitan mayor control del sistema.

La reforma constitucional “democrática” en muchos casos desafía la idea misma de democracia. Las mayorías especiales pueden llevar al fin de la democracia en este contexto. La reforma surge cuando el resentimiento y frustración cultural/político/social presenta condiciones que debilitan, o como ocurrió en Nicaragua y Venezuela destruyen la democracia. El pueblo termina sin posibilidad de elegir y los mecanismos institucionales (especialmente el Poder Judicial) llevan a dividir las sociedades entre quienes están conformes con el sistema y quienes son disidentes, permaneciendo los primeros en el poder sin importar si se terminan transformando en una minoría enferma. Los jueces se transforman en el instrumento fundamental para preservar ese orden opresivo.

Otra variable recurrente es la discriminación, que incluso llega a tener fuertes componentes políticos, pero que fundamentalmente tiene que ver con condiciones raciales, sociales, de género. La discriminación alimenta el conflicto en lugar de resolverlo dentro de la sociedad, pero debemos decir que la discriminación puede llevar a la cohesión de grupos, incluso partidos políticos. El poder puede conducir a la tolerancia y por lo tanto a la paz civil, pero las propias reglas de la democracia abren la posibilidad del discurso de odio y, a partir del mismo, crear la necesaria confrontación, ya sea para asegurar la gobernabilidad de un grupo o la imposibilidad de gobernanza de los demás. La tolerancia es muchas veces sacrificada en el altar de la ideología. O en la moral práctica de los líderes que sintonizan sentimientos sociales de frustración o resentimiento.

Nuestras sociedades necesitan una nueva visión cultural capaz de generar normas de convivencia que puedan neutralizar las divisiones sociales. La ideología muchas veces nos arroja a la oscuridad y ya no podemos ver todo, sino que solo ilumina ciertas cosas que generalmente no son las más relevantes. Por lo tanto, el mayor desafío es determinar nuestro propósito ético con precisión y actuar en consecuencia. Es decir, trabajar y trabajar y trabajar con vocación de servicio público. El futuro de nuestra democracia depende de corregir estas malas prácticas y aislar los malos ejemplos. El futuro de nuestra evolución ideológica depende del apego a los principios de la democracia y las garantías sistémicas fundamentales.