George Soros estaba en París, en pleno estallido de la crisis de las subprime. Presentaba un libro, en un desayuno privado en el Travellers Club
George Soros estaba en París, en pleno estallido de la crisis de las subprime. Presentaba un libro, en un desayuno privado en el Travellers Club

Para un periodista -de un diario financiero además- las chances de toparse con un gurú de las finanzas y rey de la especulación como George Soros, en el momento exacto en que, hace diez años, estallaba la burbuja hipotecaria en los Estados Unidos y se contagiaba la crisis a todo el mundo, eran bajísimas, casi nulas.

Sin embargo, era él, sin duda: George Soros en persona, sentado a una mesa vecina a la que yo ocupaba con unos amigos en el restaurante Allard, en pleno Barrio Latino, en el corazón de París.

Era el 20 de septiembre de 2008 y habían pasado sólo cuatro días desde la quiebra de Lehman Brothers, un terremoto que sacudió los cimientos del sistema financiero estadounidense y expuso la magnitud de la crisis.

El restaurante Allard, en el barrio latino de París
El restaurante Allard, en el barrio latino de París

En ese instante, en mi cabeza, se terminaron las vacaciones. Redacté una notita en inglés en un papel y le pedí al Maître que se la alcanzara. Pocos minutos antes, el encargado de Allard, tan ajeno a la modernidad globalizada como el restaurante que regenteaba, había querido ubicar al gran Soros en una de esas banquetas colectivas en las cuales los franceses instalan a los comensales, codo a codo, aunque no se conozcan entre sí. Ante el reclamo indignado del acompañante francés del magnate, aceptaron darle un mejor lugar.

"Ça doit être un Monsieur bien important" (Debe ser un Señor muy importante), reflexionaba el Maître todavía incrédulo.

Que Soros aceptara ser entrevistado por una periodista argentina en ese preciso momento, sin trámite previo alguno, hubiera sido demasiada suerte, pero había que hacer el intento. No prosperó mi solicitud, en cambio, me mandó a decir que ofrecería un desayuno privado dos días después para presentar un flamante libro donde explicaba el riesgo que para las finanzas mundiales constituía el accionar de gente como él…

El libro que George Soros presentaba en París, en el preciso momento en que estallaba la crisis financiera, en septiembre de 2008
El libro que George Soros presentaba en París, en el preciso momento en que estallaba la crisis financiera, en septiembre de 2008

Llamé al número que me había proporcionado y conseguí mi invitación para el evento que tuvo lugar en uno de esos hermosos palacetes donde termina la parte más comercial de la avenida Champs-Elysées y empiezan las alamedas arboladas: el exclusivo Travellers Club, fundado en 1919.

En uno de sus salones, entre boiserie e imponentes arañas, unas 130 personas, en su mayoría empresarios y brokers, varias nacionalidades mezcladas, y muy pocos medios, se dieron cita bien temprano, ansiosos por escuchar a Soros en un momento tan particular. Fui la única cronista latinoamericana acreditada en esa reunión.

El momento era más que propicio para conocer la opinión de un experto de la especulación en los mercados. Pensemos además que George Soros es un exponente emblemático de ese actor clave de la escena internacional que es la elite financiera cada vez más transfronteriza y más autónoma y que ya no sólo logra doblegar la voluntad de los gobiernos de países periféricos o en desarrollo, sino la de las propias potencias centrales.

George Soros, altri tempi
George Soros, altri tempi

Aquel día, Soros no quiso dar pronósticos por estar "very confuse at the moment"; la crisis acababa de estallar. Aun así, dijo que el sistema financiero estaba al borde de la ruptura y que sería muy difícil restablecer la confianza.

Soros no se privó de ironizar sobre la coyuntura afirmando que “esta vez” no era él el culpable de la crisis

El 22 de septiembre se publicó mi crónica de este desayuno en Ámbito Financiero, el diario en el cual yo trabajaba por entonces.

Soros no se privó de ironizar sobre la coyuntura afirmando que "esta vez" no era él el culpable de la crisis -en alusión a su papel en la quiebra del Banco de Inglaterra en 1992 y en otros ataques especulativos contra otras divisas-, aunque debía admitir que el estallido le venía como anillo al dedo para promocionar su libro recién salido de la imprenta -en las crisis siempre hay alguien que sale ganando- sobre todo con un título como La verdad sobre la crisis financiera (que en inglés se titulaba The New Paradigm for Financial Markets: The Credit Crisis of 2008 and What It Means).

Con igual sarcasmo, el financista de origen húngaro nacionalizado estadounidense afirmó que el mundo tenía que darse nuevas reglas financieras para blindarse contra el daño que adictos a la especulación como él podían causarle.

El Travellers Club, en la avenida des Champs-Elysées
El Travellers Club, en la avenida des Champs-Elysées

Hubo risas en el salón, así como inevitable sorpresa al escucharlo culpar al "fundamentalismo de mercado" (sic) que "no es otra cosa que el laissez faire del siglo XXI" o afirmar que había que poner "nuevamente bajo control" a "las finanzas que se han vuelto tan irracionales". Según Soros, el sistema financiero se había puesto en peligro "por una causa que el mismo sistema había generado".

En el libro en cuestión, se remonta al triunfo de ese fundamentalismo de mercado, en los años 80, para encontrar allí las causas estructurales de la crisis financiera de 2008.

En aquella charla, responsabilizó en igual medida a los actores de mercado y a los reguladores: calificadoras, autoridades bursátiles y bancos centrales.

Agregó otras cosas que sonaban también insólitas en boca del inventor de los hedge funds, como que el monetarismo era "una doctrina errónea" o que no había que dejarle tanta libertad a los mercados financieros porque éstos tendían "por naturaleza a la exuberancia".

En toda crisis hay dos componentes -explicó, didáctico-, la realidad y una mala interpretación de esa realidad. Ambas interactúan y se potencian en el mercado y esa mala interpretación puede llegar a modificar la realidad, los fundamentals.

En una lectura casi keynesiana, señaló que esa mala interpretación solía generarse en la falsa idea de que los mercados tienden naturalmente al equilibrio de la oferta y la demanda y de que los actores que operan en esa realidad disponen de una información completa y perfecta.

Pero "ni la economía y las finanzas son ciencias exactas, ni los mercados tienden naturalmente al equilibrio". Acto seguido, sin embargo, advirtió contra una regulación excesiva, por varias razones, entre ellas, que la disponibilidad de crédito estimula la productividad y la innovación.

En cuanto a la rápida expansión de la crisis, explicó que la burbuja hipotecaria estadounidense había hecho estallar otra superburbuja debido a varios factores: la gran expansión del crédito, la mundialización de los mercados bursátiles, las innovaciones financieras facilitadas por una continua desregulación de los mercados, etcétera.

No quiso decir qué medidas hubiera tomado de encontrarse en el -difícil- lugar del secretario del Tesoro de entonces, Henry Paulson, pero lo calificó como "más reactivo que proactivo", aunque aprobó las primeras medidas tomadas por las autoridades de su país.

Cuando le pregunté por la repercusión que la crisis podría tener para los mercados emergentes y en especial para Brasil y Argentina y si el boom de los commodities ya era cosa del pasado, dijo que se había equivocado al creer que los emergentes resistirían mejor que Estados Unidos y Europa gracias a la dinámica de la demanda de economías como las de India y China especialmente.

Y, previa aclaración de que no estaba siguiendo de cerca la situación argentina, dijo: "Allí ustedes tienen otros pequeños problemas con su gobierno", quizás aludiendo al hecho de que, en aquella etapa que había sido tan favorable externamente a la Argentina, estábamos enfrascados en problemas originados más en la política que en la economía.

Un dato curioso es que, exactamente 4 años después, en 2012, también en septiembre, la Presidente argentina descolocó un poco a sus bases al reunirse a solas con George Soros. Un encuentro cuya agenda y contenido nunca fueron informados.

 

Coppola y Neruda

El restaurante donde aquella noche de septiembre de 2008 George Soros degustaba ancas de rana a la provenzal rociadas con un bordeaux Lagrave-Martignac, mientras su chofer entraba y salía constantemente trayendo papeles que parecían faxes -seguramente recibidos en alguna limusina que lo esperaría afuera-, es uno de los más antiguos de París, al punto que se ingresa por la estrecha cocina, todas las paredes están en falsa escuadra y, para pasar a una de sus dos pequeñas salas, los más altos deben inclinar la cabeza como María Antonieta camino a la guillotina.

Aquella noche, en el salón vecino, un Francis Ford Coppola de camisa turquesa compartía una pata de cordero con su hija Sophia -vecina del barrio-, Quentin Tarantino y otros amigos.

Al fondo, el rincón de la banqueta donde quisieron sentar a George Soros
Al fondo, el rincón de la banqueta donde quisieron sentar a George Soros

Aun así, Allard no era un restaurante fashion. Allí iban los connaisseurs, los amantes de la buena cocina francesa "burguesa": nada de lo exiguo de la nouvelle cuisine. El pato con aceitunas desbordaba la fuente, los estofados de cordero, ternera o presas de caza (de caza, sí) eran servidos en cazuelas y la tarta de manzanas cubría todo el plato.

Hablo en pasado porque Allard fue adquirido por uno de esos chefs de fama transnacional -Alain Ducasse-, por lo que ha perdido mucho su viejo encanto de cantina tradicional para adoptar ese estilo impersonal de grandes cadenas hoteleras. Una pena para un sitio de tanta prosapia.

En el libro Persona non grata, el escritor chileno Jorge Edwards cuenta que Pablo Neruda, en sus tiempos de embajador de Chile en Francia, en los años previos al golpe de 1973, iba a Allard todos los lunes para no perderse el cassoulet toulousain, un guiso en las antípodas de lo light, servido en cazuela de barro, ideal para el invierno europeo….