
En el sur de California, donde el viento de Santa Ana juega a desafiar la geografía y el clima, las llamas han ganado terreno una vez más. 77 kilómetros cuadrados devoradas, 130 estructuras reducidas a cenizas. Los bomberos luchan contra el tiempo y la furia en el condado de Ventura, y es sólo el último de los 7.473 incendios que este año han marcado el estado dorado. Pero California no arde sola en esta danza feroz: alrededor de 1.200 millones de personas en el planeta habitan en vecindades que bordean estas zonas volátiles, la llamada Interfaz Urbano-Forestal (WUI, por sus siglas en inglés). Los espacios donde la urbanización y la naturaleza conviven en una tensión explosiva han aumentado en un 85% entre 2010 y 2020, y en ellos se ha desatado una cantidad de incendios sin precedentes.
Este fenómeno se ha convertido en una amenaza global, como señala en diálogo con Time el investigador geógrafo Yonxuan Guo, de la Academia China de Ciencias. Guo y su equipo utilizaron datos del satélite MODIS de la NASA para estudiar la expansión de la WUI en las últimas dos décadas, y los resultados son alarmantes: la extensión de estas zonas peligrosas no solo se disparó un 15% de 2000 a 2010, sino que en la década posterior ese crecimiento casi se triplicó, transformando 1.2 millones de kilómetros cuadrados en un campo de combustión latente. En este análisis, China sobresale con un 95,97% de la expansión global de la WUI entre 2010 y 2020, debido al veloz crecimiento de ciudades y suburbios. Estados Unidos y Nigeria le siguen en esta desafiante expansión.
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“Ha sido un crecimiento sin precedentes de la urbanización”, apuntaron los autores del estudio Global expansion of wildland urban interface intensifies human exposure to wildfire risk in the 21st century publicado en Science Advances. Y con ello, cerca de 589.914 kilómetros cuadrados adicionales de terreno susceptible a incendios han surgido en zonas urbanizadas. América del Norte amplió su huella en un 24,8%, Asia Central en un 21% y Europa en un 10,3%. Aunque la expansión ha sido global, algunos lugares permanecen indemnes: las extensiones despobladas del norte de Canadá, los desiertos de Australia y el Sáhara, así como la remota Groenlandia.
Los incendios que ocurren en estas interfaces urbano-forestales pueden ser devastadores. Los casos recientes como el incendio de Lahaina en 2023, en Maui, y el de Camp en Paradise, California, en 2018, lo dejaron claro. Una chispa, un cable caído, una colilla de cigarro o una fogata, basta para encender el polvorín. El fuego en Lahaina, que comenzó con la caída de una línea eléctrica, consumió más del 80% de las edificaciones del área y cobró la vida de 102 personas. En Paradise, una tragedia similar arrebató 85 vidas y casi 19.000 estructuras.
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Los efectos de los incendios en las zonas de Interfaz Urbano-Forestal (WUI) no solo son devastadores para el paisaje y las comunidades, sino también para la salud y el medio ambiente a una escala regional e incluso global. La inhalación de humo y partículas tóxicas, resultantes de incendios en estas áreas, se extiende a cientos de kilómetros, afectando la salud respiratoria de millones de personas, incluso aquellas que viven lejos del foco de las llamas. Problemas respiratorios como el asma, la bronquitis y otras enfermedades pulmonares se ven agravados por la exposición prolongada al humo de los incendios, un fenómeno que se intensifica en regiones donde las WUI se han expandido rápidamente.
Los incendios en WUI tienden a desplazarse entre 2 y 9 kilómetros desde su punto de ignición, avanzando rápidamente entre la vegetación seca y las estructuras urbanas. La presencia de calles, autopistas y estacionamientos puede, en algunos casos, ayudar a contener el fuego, pero en zonas con poca infraestructura de separación, las llamas encuentran un camino casi libre, potenciando el riesgo de destrucción masiva. Además de la afectación directa, los incendios en WUI liberan grandes cantidades de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, lo que contribuye al cambio climático y genera un círculo vicioso de condiciones que favorecen nuevos incendios.
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Frente a esta amenaza latente, el investigador Yonxuan Guo y su equipo sugirieron que las áreas WUI deben recibir una atención prioritaria en términos de medidas de prevención y mitigación. En su análisis, Guo señala que revertir el crecimiento urbano en estas zonas sería un desafío monumental. Sin embargo, propone que los gobiernos y las autoridades locales implementen una serie de políticas y recursos destinados a reducir los riesgos de incendio y proteger a las comunidades. “Es esencial que los gobiernos prioricen estas zonas”, destacó Guo, subrayando que países como China, Estados Unidos y Nigeria, que lideran la expansión de las WUI, deben asumir la responsabilidad de proteger estas áreas mediante políticas robustas y la asignación de recursos.
Entre las medidas propuestas se incluyen el fortalecimiento de la infraestructura de prevención, como la creación de zonas de amortiguación o barreras naturales y artificiales que ayuden a frenar la propagación de incendios. Asimismo, Guo propuso un incremento en los recursos de extinción en áreas de alto riesgo, así como una mayor inversión en tecnología de monitoreo y alerta temprana para detectar y responder rápidamente ante posibles incendios. La implementación de campañas educativas dirigidas a las comunidades en zonas de WUI también forma parte de la estrategia, ya que concientizar a los residentes sobre los riesgos y las precauciones necesarias puede ayudar a reducir los eventos de incendio provocados por errores humanos.
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Esta combinación de prevención, recursos de respuesta rápida y políticas de gestión de riesgos se perfila como una estrategia necesaria para afrontar los desafíos que representan las áreas de interfaz urbano-forestal. En un contexto de cambio climático y expansión urbana acelerada, actuar ahora es crucial para evitar que estas áreas se conviertan en escenarios de desastres cada vez más frecuentes y devastadores.
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