Mikaela Viqueira
Inglewood (EE.UU.), 5 jul (EFE).- La habitual estampa de decenas de carros de vendedores ambulantes de perritos calientes apiñados en las puertas de acceso de los estadios de Estados Unidos está prohibida en el Mundial por normativa de la FIFA. Aun así, trabajadores migrantes desafían las restricciones, arriesgándose a severas multas con tal de asegurar un sustento para sus familias.
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Fabián y su padre son un reflejo de esta realidad. Ambos han acudido a los encuentros disputados en la fase de grupos en el Estadio de Los Ángeles, ubicado en la localidad de Inglewood, con neveras para vender refrescos en las afueras del recinto, aprovechando el sol de justicia.
Conscientes de que no pueden estar ahí, reconocieron a EFE que les compensa hacerlo mientras no sean vistos por la policía porque dependen de ese ingreso para llegar a final de mes.
Durante la jornada, algunos han sido advertidos con desalojar el lugar, mientras que otros no han corrido con la misma suerte y han recibido multas por parte de las autoridades, que patrullan las aceras para hacer cumplir la normativa de la FIFA.
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La necesidad, sin embargo, diluye el miedo a las sanciones y pese a que se les advierte que marchen, siguen intentando colocar sus puestos lo más cerca posible del estadio para acaparar clientes.
Casi en el lado opuesto donde se sitúan Fabián y su padre, la resistencia a las órdenes de desalojo es colectiva: allí, un carrusel con varios puestos de comida ambulante se coloca en fila para recibir a los aficionados al conocido grito de 'hot dog, hot dog' (perritos calientes, perritos calientes).
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Frente a la presión policial, moverse en grupo les resulta más cómodo para escudarse entre ellos, darse el chivatazo en caso de ver a las patrullas y replegarse de forma rápida, mientras siguen a una multitud que a veces es ajena a la existencia de estas prohibiciones.
Según la FIFA, estas restricciones aplican hasta determinados perímetros designados por el organismo para proteger la exclusividad comercial de sus socios y patrocinadores oficiales dentro de los perímetros de exclusión.
Esta regla no solo afecta a los puestos de comida: los vendedores de bolsas plásticas reglamentarias para ingresar al recinto o quienes ofrecen réplicas de camisetas tampoco pueden estar allí.
Pese al blindaje policial, la afluencia masiva de aficionados hambrientos que salen de los partidos representa una oportunidad económica irrenunciable para los vendedores, en su mayoría migrantes de bajos ingresos que habitan en ciudades con un costo de vida extremadamente alto.
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"No podemos estar ni ponernos en ningún lado alrededor del estadio", lamenta a EFE un hombre que se encontraba en las afueras del Estadio de la Bahía de San Francisco que prefirió no dar su nombre.
Junto a un grupo de vendedores, coloca su puesto cuando termina el partido cerca de la Fan Zone, un área especialmente acondicionada con actividades, música y pantallas para el entretenimiento de los seguidores, ya que en ese punto es donde más gente se concentra al abandonar el recinto.
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No poder estar frente a las puertas, como suele ser la tónica habitual, "nos afecta un poquito (económicamente), pero así es esto", se resigna mientras cobra a un cliente por un perrito caliente. EFE
(video)
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