Un palestino relata la violación sufrida a manos de sus carceleros en una prisión israelí

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Paula Bernabéu

Qalqilia (Cisjordania), 20 ene (EFE).- Sami Al Sai, palestino de 47 años, estuvo 16 meses detenido, sin cargos ni juicio, en dos cárceles en Israel. Cuando relata su cautiverio, recuerda con claridad el momento en el que creyó que se iba a morir: los veinte minutos durante los que sus carceleros abusaron sexualmente de él introduciéndole objetos por el recto.

"Escuché a uno de ellos decirle al otro en hebreo: 'Pásame una zanahoria'", recuerda. "Lo que estaba dentro del recto salió y en su lugar entró otra cosa: la zanahoria".

Al Sai, que perdió su trabajo como periodista tras su arresto, narra despacio y sin perder la calma la violación sufrida ante un pequeño grupo de reporteros, entre los que se encuentra EFE, en Qalqilia (norte de Cisjordania).

Es uno de los pocos rostros visibles de este tipo de agresión, tanto por el silencio y el miedo impuesto por las autoridades israelíes a los detenidos palestinos como por el tabú que suponen.

"Los testimonios de presos liberados indican un grave patrón de violencia sexual en las instalaciones de detención y prisiones", denuncia la ONG israelí B'Tselem en un último informe que actualiza los abusos penitenciarios a manos de Israel.

El texto: 'Bienvenidos al infierno' (publicado en 2024 y actualizado este martes), recoge 21 nuevos testimonios de exdetenidos, incluido el de Al Sai. El portavoz de B'Tselem Yair Dvir indicó a EFE que han percibido un aumento de testimonios que detallan agresiones sexuales.

El relato de Al Sai comienza en la medianoche del 23 de febrero de 2024, cuando fuerzas militares israelíes irrumpieron en su casa y le detuvieron. Tras pasar por los campamentos militares de Huwara y Salem, aún dentro de Cisjordania, acabó en la cárcel de Megido, donde pasó un mes.

El doctor que le hizo el reconocimiento médico le preguntó en varias ocasiones si pertenecía a Hamás para, después, asegurar que "violarán a cualquiera que pertenezca a Hamás".

En uno de sus traslados, los carceleros le llevaron a una habitación sin cámaras. Dice que le vendaron los ojos y, mientras varias voces le amenazaban tanto en árabe como en hebreo, comenzó la paliza: "No podía aguantar todos los golpes que recibía, ya fueran con las manos, los pies, con palos, pisoteándome la cabeza, pisoteando la zona de la operación", dice, sobre una donación de riñón a su hijo.

Cuando no se tenía en pie, le trasladaron a una celda. Allí se tuvo que arrodillar, relata, para que le quitaran los pantalones y la golpiza continuase.

"Sentí como si algo intentara entrar en mi zona íntima (el recto)", continúa. "La persona que lo introdujo empezó a girarlo y moverlo para que me doliera aún más (...) Todo ello entre fuertes carcajadas".

Rodeado por entre cuatro y seis personas, por las voces que escuchó, la violación se extendió entre 20 y 25 minutos, durante los que sus carceleros intercambiaron un primer objeto por una zanahoria. También le retorcieron los genitales.

"Sentí que estaba cerca de la muerte", dice.

 

Las lágrimas le interrumpen al mencionar a su familia. Tras su arresto, su hijo Ibrahim ingresó en un hospital del norte de Israel por problemas con el riñón que había recibido de su padre. Necesitaba una muestra de sangre del donante, pero Sami no podía enviarla al estar detenido y su mujer lidiaba con todo sola, pese a haber dado a luz recientemente a su sexta hija.

Cuando fue llevado de nuevo a la cárcel, Sami tuvo que tratarse él mismo la dolorosa hemorragia provocada por la violación: "Sabía que no podía mostrarles esto a los demás en la habitación y no podía hablar de ello".

Su sección en la cárcel recibía detenidos que eran trasladados a diario, algo que aprovechaba para indagar si otros habían sufrido lo que él. Un preso procedente de una prisión en el desierto del Néguev (sur de Israel) le describió cómo allí los carceleros lanzaban a perros para agredirlos sexualmente.

"Cuando escuchaba estas historias, pensaba: '¿Qué pasé? Me sometieron a una violación indirecta. Gracias a Dios, algo es algo'", dice.

Cuando concluye su historia, Al Sai descansa unos instantes para beber agua y fumar, antes de marcharse apresurado a trabajar.

Se mudó a Qalqilia desde Tulkarem, escapando de los rumores que le perseguían una vez fue liberado, el 10 de junio de 2025, de la cárcel de Ramon; donde pasó los 15 meses posteriores a Megido.

EFE contactó al Servicio de Prisiones de Israel sobre estos testimonios. Su respuesta fue un comunicado: "No tenemos conocimiento de las denuncias que usted describe y, por lo que sabemos, no se han producido hechos de ese tipo. No obstante, los presos y detenidos tienen derecho a presentar una denuncia, que será examinada y tramitada por las autoridades oficiales".EFE

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