Juan José Lahuerta
Leipzig (Alemania), 21 jun (EFE).- En 1988, Ígor Belánov ya era toda una institución del fútbol soviético. Un par de años antes alcanzó la cima de su carrera: se convirtió en el tercer futbolista soviético tras Lev Yashin y Oleg Blojín en ganar el Balón de Oro. Llegó a la Eurocopa de Alemania tras alcanzar los cuartos de final en el Mundial de México 1986. Aquel torneo sería el canto del cisne de la URSS y el inició del declive de un jugador a quien Marco Van Basten le arrebató la gloria.
El 25 de junio de 1988, día de la final de la Eurocopa de Alemania que disputaron la Unión Soviética y los Países Bajos en el Estadio Olímpico de Múnich, nadie imaginaba que apenas un año después iba a caer el muro de Berlín. Y con la caída del muro, la Unión Soviética comenzó a firmar su defunción.
Su selección de fútbol aún participó en el Mundial de Italia en 1990 y se clasificó para la Eurocopa de Suecia 1992 que ya jugó bajo el nombre de la Comunidad de Estados Independientes tras la desaparición definitiva de la URSS en 1991.
Por eso, aquel partido de Múnich fue el último gran duelo de la Unión Soviética. Y Belánov era el ariete más importante con el que contaba la selección que dirigía Valery Lobanovsky, el 'Lobo de Kiev', un hombre que veía los partidos meciéndose en el banquillo, hacia delante y hacia detrás para calmar los nervios que siempre le quemaban por dentro. Dirigió el destino de unos hombres que emanaron el aroma de final de ciclo histórico, de selección que pasó de súper potencia a equipo diluido en los libros de historia.
Los soldados de Valery iniciaron la Eurocopa con una victoria sobre los Países Bajos gracias a un tanto del ex espanyolista Vasily Rats. Después empató 1-1 con la rocosa Irlanda de Jackie Charlton y cerró la primera fase con un contundente 3-1 frente a Inglaterra. En semifinales, la Unión Soviética se cargó a Italia y se volvió a reencontrar con los Países Bajos en la final.
Hasta entonces, Belánov no fue una pieza muy importante en la evolución de la URSS en el torneo. No brilló como en otras ocasiones. No era un jugador muy técnico ni un virtuoso regateador, pero tenía una capacidad increíble para reventar líneas defensivas con sus endiablados esprints.
Corría los 60 metros sólo medio segundo más lento que el récord mundial de la época. Sin embargo, ese no fue su verano. Oleg Protasov despuntó en aquella selección y fue la pesadilla de las defensas rivales.
Aún así, en la final Belanov estrelló un balón contra el poste y falló un penalti. Rozó la gloria que sí tuvo Marco Van Vasten, que cerró el partido con el gol más impresionante de la historia de las Eurocopas. Países Bajos ganó 0-2 y la Unión Soviética inició su retirada bailando con honor su último vals.
Belánov, el mejor jugador de aquella generación, no rindió al nivel que muchos esperaban, pero acarició el éxito con la yema de los dedos. Un poste y un penalti fallado lo evitaron. Ahora, con más de 60 años, combate en las trincheras de su país. Lo hace contra Rusia para defender a su patria. Paradojas de la vida, pelea contra aquellos con quienes un día compartió escudo. EFE
jjl/nam
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