TOA BAJA, Puerto Rico (AP) — La trabajadora municipal Carmen Medina caminó con determinación por la comunidad de clase trabajadora de Villa Calma bajo un sol abrasador, con un portapapeles, formularios de encuesta y un bolígrafo en la mano, como parte de un pequeño ejército de funcionarios que intentan medir el alcance del desastre causado por el huracán Fiona en Puerto Rico.
Se detuvo en una casa de color blanco y verde marino y pidió a la propietaria que le detallara sus pérdidas en la tormenta que había inundado gran parte de la localidad de Toa Baja.
“Oh, querida”, respondió Margarita Ortiz, empleada doméstica de 46 años que estaba de pie en una vivienda casi vacía porque se habían desechado muchas pertenencias tras los daños causados por las inundaciones.
El viernes, en lo que había sido una casa recién pintada, todavía sobresalían del techo acumulaciones de agua y Ortiz enumeraba lo que podía recordar de sus muebles y otros bienes perdidos.
Después de quedarse en un refugio y con un amigo por unos días, espera volver a su hogar pronto. “Cuando uno pierde la cama, pierde la cabeza”, señaló.
El huracán Fiona impactó el suroeste de Puerto Rico con vientos de 140 kilómetros por hora (85 millas por hora) el 18 de septiembre y causó inundaciones en toda la isla, que todavía no se había recuperado del paso del huracán María en 2017, la cual azotó el territorio con más fuerza, destruyendo la red eléctrica, que desde entonces había sido reparada pero no reconstruida por completo.
El gobierno de Puerto Rico espera tener una estimación preliminar de los daños causados por Fiona en unas dos semanas.
Hasta el domingo, un 45% de los 1,47 millones de clientes de electricidad de Puerto Rico seguían sin luz, y el 20% de los 1,3 millones de clientes de agua no tenían servicio mientras los trabajadores se esforzaban por llegar a las subestaciones eléctricas sumergidas y arreglar las líneas caídas.
Las gasolineras, tiendas de alimentos y otros negocios cerraron temporalmente por falta de combustible para los generadores. La Guardia Nacional envió primero el combustible a los hospitales y otras infraestructuras críticas.
“Estamos empezando de cero”, comentó Carmen Rivera, mientras ella y su esposa limpiaban el agua y tiraban los electrodomésticos dañados, que se sumaban a los montones de muebles podridos y colchones empapados que había en su calle.
A pesar de estar en el lado opuesto de la isla de donde el ojo de Fiona tocó tierra, Toa Baja se vio especialmente afectada porque el río de la Plata —el más largo de Puerto Rico— se desbordó en la ciudad de más de 74.000 habitantes.
Las aguas de la inundación superaron el metro y medio (5 pies) en la casa de madera y hormigón de Rivera. Se preguntaba si podría recibir alguna ayuda financiera, y cuándo.
“Yo trabajo para el municipio y lo que gano no es ‘wow’”, señaló.
Los funcionarios de Toa Baja estimaron que tomaría un mes para terminar con su encuesta casa por casa dirigida a determinar el daño para que la gente pueda recibir ayuda financiera.
Para algunos, se trataba de algo más que de una pérdida financiera, ya que la gente utilizó la oportunidad para manifestar su estrés.
“Veo un cansancio emocional de la gente. Es un ‘otra vez’”, dijo Gretchen Hernández, trabajadora social que supervisaba la encuesta en la ciudad.
Muchas personas se han visto obligadas a tirar comida debido a la falta de electricidad, y algunas personas han echado una mano para ayudar a sus vecinos.
Más de una veintena de automóviles se alinearon en Toa Baja, donde Aida Villanueva estaba repartiendo comida a sus compañeros de comunidad: uvas, croissants, pollo, arroz, verduras y similares.
Ana Butter, de 74 años, llegó antes del amanecer para conseguir comida, quejándose de la falta de ayuda oficial.
“Por mi casa no ha ido nadie”, dijo Butter, quien vive en la localidad vecina de Dorado.
Alguien en la fila preguntó qué iban a hacer los que no tenían electricidad con tanto pollo gratis. Otro gritó: “¡Mañana hay barbecue!”, y la multitud comenzó a reír.
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