WASHINGTON (AP) — Bastante después de que la mayoría de los representantes lograsen escapar, unas tres decenas de legisladores y legisladoras seguían tirados en el piso de mármol de los balcones de la sala de sesiones de la cámara baja, que estaban cerrados al público por el brote de COVID-19. Fueron los últimos en salir y testigos de primera mano de la violenta insurrección que buscó impedir la certificación de la victoria electoral de Joe Biden.
Cuando los alzados trataron de tirar abajo las puertas de la sala, estos legisladores llamaron a sus familias. Tomaron cualquier cosa con la que pudiesen defenderse y se prepararon mentalmente para luchar. Algunos pensaron que morirían ese día.
“Miré hacia arriba y me di cuenta de que estábamos atrapados”, relató el representante Jason Crow, un ex ranger del Ejército que sirvió en Irak y Afganistán. “Habían evacuado el primer piso. Se olvidaron de nosotros”.
Estos legisladores fueron testigos y víctimas de un ataque sin precedentes al sistema democrático de Estados Unidos. Junto con algunos colaboradores y periodistas, permanecieron en el recinto mientras la policía del Capitolio trataba de contener a la turba de partidarios de Donald Trump.
Los legisladores fueron finalmente llevados a un sitio seguro aproximadamente una hora después de iniciada la rebelión.
Entrevistados por la Associated Press antes del primer aniversario del alzamiento, diez representantes que figuraron entre los últimos en ser rescatados dijeron que la experiencia los dejó traumatizados.
Recuerdan vívidamente el ruido que hacían las máscaras de gas que les dieron, como el de un avispón. Las explosiones de granadas de gas lacrimógeno en los pasillos de afuera. Los gritos de los policías que les decían que permaneciesen en el piso. Los golpes de insurgentes que trataban de abrir las puertas. El ruido de los picaportes. Y por sobre todo, un disparo que resonó en la cámara.
“Escuché disparos en el pasado. Estaba claro que alguien había disparado un arma”, dijo Crow. “Sabía que la situación era grave”.
El disparo fue hecho por el agente Michael Byrd y mató a Ashli Babbit, una partidaria de Trump que trataba de ingresar al salón de la cámara baja a través de una ventana rota.
Los legisladores sabían lo que buscaban los alzados: Impedir que el Congreso certificase la victoria de Biden. Horas antes de que el Congreso se reuniese para confirmar la victoria del candidato demócrata, Trump arengó a sus partidarios que diesen pelea.
La representante demócrata Val Demings fue una de las que permaneció hasta último momento en el salón de la Cámara de Representantes. Ex jefa de la policía de Orlando, Demings tembló cuando los agentes dijeron que había intrusos en el Congreso. “Sabía que la policía estaba siendo rebasada. Como ex policía, sabía también que los agentes harían todo lo posible por protegernos”.
Demings cuenta que le dijo a un colega a su lado: “Recuerda que tenemos la historia de nuestro lado. Si morimos hoy, otros vendrán y certificarán la votación”.
Una vez controlada la situación, el Congreso volvió a reunirse esa noche y certificó la victoria de Biden.
En los días posteriores, muchos de los legisladores que permanecieron en las galerías se conectaron por teléfono. Esas charlas adquirieron un tono de terapia de grupo. “El grupo de la galería”, se hicieron llamar.
Muchos fueron a ver terapeutas. A algunos se les diagnosticó un estrés postraumático y sus penurias se agravaron por las tensiones en el Congreso y por crecientes amenazas de muerte. Varios dijeron que la tendencia de los legisladores republicanos a restar importancia, si no directamente ignorar, el acto de violencia, los traumatizaba más que el ataque en sí.
La representante demócrata Annie Kuster, quien buscó tratamiento para el estrés postraumático, dijo que el grupo de la galería se conecta casi a diario con mensajes de texto.
Kuster fue una de las primeras en salir de la galería a través de una puerta, junto con otros tres legisladores, antes de que los demás quedasen encerrados en el salón. Cuando el grupo de Kuster salió al pasillo, un puñado de manifestantes corrió hacia ellos.
“Entramos a un ascensor”, relató Kuster. “Le dije a un policía increíble, ‘por Dios, si se abren las puertas, ¿nos matarán?’. Nunca olvidaré este momento. Él respondió: ‘Señora, estoy aquí para protegerla’”.
“Y para proteger la democracia”, añadió ella.
Mientras eran evacuados, los legisladores vieron cómo algunos agentes mantenían a raya a una media docena de insurgentes tirados en el piso, a los que les apuntaban con sus armas.
Al regresar a su casa dos días después, Kuster vio horas de videos de la insurrección. Ello aumentó su trauma.
“Me acuerdo que llegó mi marido y me encontró sollozando”, expresó. “Me abrazó y me dijo, ‘no sé si te conviene ver esto’”.
“Pero tenemos que hacerlo. Y debemos admitir la realidad de lo que pasó. Somos testigos y víctimas” de lo acontecido.
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