A BORDO DEL GEO BARENTS (AP) — El pequeño bote de fibra de vidrio había empezado a hacer aguas poco después de que el motor dejara de funcionar. Sus seis pasajeros empezaron a achicar, sin saber cuánto tiempo podrían resistir al mar.
Waleed, un tunecino que como los otros cinco confiaba en cruzar el Mediterráneo para construirse una vida mejor en Europa, calcula que estuvieron unas cinco horas sacando agua del bote.
“Estábamos desesperados”, dio.
Entonces, al amanecer del 20 de septiembre, la tripulación de un barco de rescate les avistó con prismáticos. Vieron a Waleed y a los demás haciendo señas y apuntándoles con un láser.
Los migrantes estaban a unas pocas millas del Geo Barents, un barco de rescate gestionado por el grupo humanitario Médico Sin Fronteras. Había empezado ese mes a patrullar el Mediterráneo Central cerca de las aguas de Libia, un país castigado por los conflictos. De inmediato se envió un equipo del grupo.
A bordo encontraron a seis hombres: tres libios, dos tunecinos y un marroquí. Habían zarpado el día anterior de la localidad libia de Zawiya, un importante punto de salida para los migrantes que intentan la peligroso travesía. Los seis dijeron huir de situaciones difíciles o de riesgo en Libia, donde tres de ellos se habían instalado años antes por dificultades económicas en sus países de origen.
Los norteafricanos son una gran y al parecer creciente parte de los migrantes que intentan llegar a Europa por el Mediterráneo.
Según datos recientes publicados por el Ministerio italiano del Interior, tres de los 10 principales países de origen de los migrantes llegados al país en 2021 eran norteafricanos. Los tunecinos suponían el 29% de los migrantes, seguidos de los egipcios, con el 9%, y los marroquíes, el 3%.
El lunes por la noche, unos 700 migrantes hacinados en un oxidado pesquero llegaron a la isla italiana de Lampedusa, situada a medio camino entre Túnez y el territorio continental italiano. Muchos parecían ser hombres norteafricanos o de Oriente Medio.
El aumento de las llegadas apunta a situaciones precarias en sus países de origen, donde una población joven pone al límite los recursos del gobierno. Muchos ya han pasado duros años en Libia, que en el pasado recibía a trabajadores migrantes debido a su relativa prosperidad.
El descenso de Libia hacia la guerra y la anarquía durante la última década la ha convertido en un punto crucial de tránsito para los migrantes de África y Oriente Medio que quieren llegar a Europa para huir de la guerra y la pobreza. El rico país petrolero se hundió en el caos tras un alzamiento respaldado por la OTAN en el que el autócrata Moamar Gadafi fue derrocado y asesinado en 2011.
El viaje de este mes era el octavo intento de Waleed de llegar a Europa desde 2013, dijo. El hombre, nacido en la ciudad de Túnez, tiene 42 años y dos hijos y llevaba 17 años trabajando como cocinero en Libia. Sin embargo, dijo que la vida allí se había convertido en una pesadilla.
“Cualquier libio puede golpearle a uno, insultarle, quedarse sus ahorros, y (como extranjero) no puede hacer nada”, dijo.
Waleed habló con The Associated Press a bordo del Geo Barents, mientras él y otros migrantes esperaban a desembarcar en puerto en la ciudad italiana de Augusta, donde les esperaba una cuarentena por coronavirus y después el procesamiento burocrático, cuando podrían pedir asilo.
En el barco de Waleed viajaban otro tunecino, Kamal Mezali, que había trabajado como marinero en Libia, y Mohamed, un barbero marroquí de 30 años. Waleed y el barbero pidieron ser identificados sólo por sus nombres de pila para evitar poner en peligro a amigos que aún estaban en Zawiya.
Mohamed, de la antigua ciudad marroquí de Fez, llegó a Libia en marzo de 2019 y se instaló en la localidad occidental de Sabratha. El año pasado, unos milicianos asaltaron su casa y se llevaron su pasaporte y sus ahorros. Entonces decidió marcharse.
Su primer intento de cruzar el Mediterráneo fue en mayo de 2020, pero fue interceptado por guardacostas libios, que según dijo le liberaron a cambio de un soborno al llegar a puerto. Tenía miedo de ahogarse, y era reacio a intentarlo de nuevo.
Volvió a decidirse cuando un cliente libio enfurecido le apuntó con una pistola por supuestamente no responder al teléfono para tomar nota de su cita para cortarse el pelo. “Iba a matarme”, dijo Mohamed. “Libia no es un sitio para vivir”.
Mohamed consiguió un hueco en un pequeño bote de 4 metros (13 pies) de largo. Los seis hombres tenían un motor de 40 caballos y uno más pequeño de 25 caballos como recambio.
Primero el motor principal dejó de funcionar, y después se estropeó el segundo, aún cerca de la costa libia. Uno de los pasajeros libios llamó a un contacto, que les llevó un recambio. Pero ninguno de los motores estaba diseñado para un viaje tan largo, y unas pocas horas más tarde el tercer motor se apagó.
Para cuando el equipo de rescate llegó hasta ellos, estaban a casi 40 millas náuticas de la costa Libia y el bote hacía aguas. Sólo tenían un estropeado chaleco salvavidas en el bote.
Según Naciones Unidas, unos 1.100 migrantes murieron o fueron dados por muertos en aguas de Libia en lo que va de año, aunque se cree que la cifra real es mayor. Otros 25-300 han sido interceptados y devueltos a la costa libia desde enero. Es más del doble que en 2020, cuando unos 11.890 personas fueron devueltas. El pico se produce después de un declive en las llegadas, aunque no en las muertes, en el apogeo de la pandemia en 2020.
Italia dice que 44.778 migrantes han llegado a sus costas en lo que va de año, el doble que en los primeros nueve meses del año anterior y unas cinco veces más que en 2019.
La época entre mediados y finales del verano suele registrar el pico de intentos en la ruta del Mediterráneo Central debido al buen tiempo. Los rescates en la zona se han convertido en rutina en los meses más cálidos.
En los últimos años, la Unión Europea ha colaborado con los guardacostas libios para frenar las salidas. Grupos de derechos afirman que esta estrategia deja a los migrantes a merced del mar, de grupos armados o confinados en centros de detención gestionados por milicias y donde los abusos son rampantes.
Los otros tres pasajeros que viajaban con Waleed, todos libios en la veintena, dijeron haber arriesgado su vida en el mar debido al letal poder que ejercen las milicias en su país. Aunque no suponen un gran porcentaje de las llegadas, los libios tienen su cuota de historias de terror.
Cuando el comandante militar Khalifa Hifter, con base en el este del país, lanzó su ofensiva sobre Trípoli en abril de 2019, las milicias en el oeste de Libia se movilizaron y reclutaron combatientes para contraatacar. Mohammed, un ingeniero de 29 años, dijo que no quería unirse a los combates. Pidió ser identificado sólo con su nombre de pila por seguridad de su familia en Libia.
Entonces recibió amenazas de muerte de las milicias. En marzo de 2021, hombres armados le dispararon cuando conducía cerca de Trípoli, dijo. Salió con vida por poco.
Un amigo le ofreció este mes una plaza en el bote. Dejó atrás un bebé de 19 meses y a su esposa embarazada, y decidió que prefería morir en el mar a que lo mataran en casa.
Y eso fue lo que pensaba que iba a ocurrir cuando el grupo se quedó agotado de achicar agua del bote.
“Todos estábamos cansados e impotentes”, dijo. “Creímos que era el final”.
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