A pesar de un cisma religioso, antiguas batallas que aún dividen, la guerra y los excesos de los radicales de ambas partes, el muecín sunita Ahmed al Azzaui y el mulá chiita Muntadher lanzan su llamada a la oración en Bagdad con apenas unas decenas de metros de distancia.
"Los sunitas vienen a nuestras fiestas y nosotros vamos a las suyas, no hay diferencia", asegura primero que nada a la AFP el mulá Muntadher, muecín de la mezquita Abu al Salauate.
Sin embargo, al menos el ritual sí difiere. Ahmed al Azzaui lanza cinco llamadas a la oración al día, mientras que el mulá Muntadher solo tres: al alba, al mediodía y al anochecer.
El sunita empieza y el chiita le hace eco varios minutos después: las dos comunidades no rezan a la misma hora ni de la misma forma.
Y las frases más que milenarias de los dos muecines también son distintas.
- Diversidad difícil -
Al texto de los sunitas, los chiitas añaden dos frases, una de las cuales evoca al imán Alí, yerno del gran profeta Mahoma y figura más venerada del chiismo enterrada justamente a 200 km de ahí, en la ciudad de Nayaf.
El mulá Muntadher y Ahmed al Azzaui, ambos de unos treinta años, comenzaron casi al mismo tiempo en su barrio de Al Rahmaniya, centro histórico de la orilla oeste del Tigris en Bagdad.
El primero en 2007 y el segundo en 2008, en el momento de mayor violencia confesional en Irak, entonces bajo ocupación estadounidense tras la caída de Sadam Husein en 2003.
A pesar de las decenas de miles de muertos, ellos permanecieron en su puesto.
La capital iraquí, de diez millones de habitantes, vio cambiar su distribución confesional: en la época de mayor violencia, las familias huyeron de sus barrios natales y hubo parejas que se divorciaron para poder seguir en su comunidad religiosa.
Pero la diversidad continuó en Al Rahmaniya, un barrio popular donde las mezquitas florecieron, primero bajo el impulso de la "campaña de la fe" lanzada por el sunita Sadam Husein, y después con el ascenso de los religiosos tras su caída.
Para Azzaui, la mezquita Hajj Rashid Daragh, construida en 1957 y donde oficia, es "un símbolo histórico para la gente del barrio y un símbolo de convivencia que hay que preservar".
En Irak, cuna de las civilizaciones babilónica o sumeria y escenario de grandes episodios de la historia islámica, los chiitas representan dos tercios de los iraquíes. Los sunitas son una minoría instalada en el oeste y el norte.
Y su convivencia ha sido origen de lo mejor y de lo peor.
- Califa en proceso -
Bagdad fue desde 762 a 1258 la capital de los abasidas y bajo su califato -sunita- vivió su edad de oro.
Antes, Kerbala, a 100 kilómetros al sur, fue el escenario en 680 de la batalla fundadora del cisma entre sunitas y chiitas cuando los hombres del califa Yazid enfrentaron a los del imán Husein, nieto del profeta.
Desde entonces, las dos comunidades conviven y las otras minorías se redujeron drásticamente: los judíos partieron a Israel, la mayoría de los cristianos y de los sabeas se fueron con las hostilidades de los años 2000, y los yazidíes y otros fueron masacrados en 2014 por los yihadistas sunitas del grupo Estado Islámico (EI).
Las tensiones confesionales condujeron algunas veces a situaciones sorprendentes: religiosos chiitas condenaron a muerte a un califa sunita por el asesinato de una figura del chiismo, en un caso que se remonta a siglos atrás.
En el lado sunita, entre 2005 y 2009, el grupo Al Qaida mataba en Bagdad a todo aquel que tuviera un nombre supuestamente chiita o una sortija en la mano derecha, una joya que sin embargo lucen igualmente los sunitas.
"Cuando éramos pequeños ni siquiera sabíamos si era una mezquita sunita o chiita, lo que importaba era juntarse con la gente del mismo barrio", recuerda Husein al Juburi, un fiel de la mezquita Hajj Rashid Daragh desde 1997.
- Llamada al confinamiento -
Opositores chiitas y estudiantes en el seminario de las ciudades santas recuerdan que con Sadam Husein su comunidad debía permanecer discreta. Las peregrinaciones y otras oraciones colectivas se hacían en la clandestinidad.
Hoy, en un país asolado por los conflictos desde hace 40 años, sunitas y chiitas comparten el sentimiento de haber sido abandonados por sus dirigentes.
Las autoridades de Bienes Religiosos, tanto de un lado como del otro, nunca tienen los fondos necesarios para renovar las mezquitas, incluso las que son joyas históricas como Al Ahmadiya, obra otomana de más de 200 años.
El jeque Omar al Taie, uno de los guardias de este templo que se cae a pedazos, reza para ver acudir a los buenos samaritanos. Y, dice, uno de los mayores donantes para esta mezquita sunita es hasta el momento un empresario... chiita.
Habitualmente, cerca de Al Ahmadiya, como en otros lugares en Bagdad, la última voz que todos oyen es la de los muecines sunitas llamando a la oración de la noche.
Pero ahora compiten con un rival inédito en la historia del islam. Una vez que acaba la oración, a las 20h00, surge una nueva llamada: es la defensa civil, que exhorta a permanecer confinados ante el nuevo coronavirus.
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