MARACAIBO, Venezuela (AP) — Gracias a la generosidad de sus vecinos, los ancianos Haydé Chacín y su esposo José Calderón sobreviven en los suburbios de la segunda ciudad más grande de Venezuela, Maracaibo.
El administrador de un vivero de la misma calle les da un poco de arroz cuando no tienen nada que comer. El guardia de un restaurante del frente hace llegar una manguera a su casa día por medio para que llenen baldes con agua.
La pareja recoge botellas de plástico en la basura del barrio y recibe centavos por cada una. Usa leña para cocinar al aire libre en el patio. Se quejan de que los programas sociales del gobierno no bastan.
“Somos dos que vivimos pobres, pero humildemente”, dijo Chacín, quien tiene 60 años.
La pareja lucha a diario por sobrevivir y acepta filosóficamente su mala fortuna en momentos en que el líder opositor Juan Guadó llama a la gente a salir a la calle para tratar de forzar la caída del presidente Nicolás Maduro.
Pocos en Maracaibo se plegaron a esos esfuerzos de Guaidó por revitalizar su movimiento, a pesar de que la ciudad ha sido muy golpeada por la crisis. Sus residentes soportan apagones diarios en una región muy calurosa.
El petróleo del Lago Maracaibo hizo de Venezuela una de las naciones más ricas de América del Sur. Pero los detractores del gobierno dicen que dos décadas de socialismo acabaron con la industria petrolera, que hoy produce mucho menos que hace 20 años. El gobierno atribuye sus problemas a sanciones de Estados Unidos.
Algunas riberas del lago están cubiertas por manchas de petróleo que se filtra de plataformas desvencijadas y dificultan la vida de los pescadores de la zona. El olor del crudo cubre esta ciudad de un millón de habitantes.
Miles de venezolanos acuden a la basílica de Maracaibo en esta época del año para rezar por que Dios los ayude a superar enfermedades o a concebir hijos. Pero muchos fieles dicen que la crisis que causó el éxodo de millones de venezolanos hace que pidan por algo más grande todavía.
“No vengo pedir milagros. Vengo pedir es por Venezuela, por un milagro sumamente más grande, que nos ayude a todos los venezolanos a salir de este crisis”, expresó Jessica Araujo, de 36 años. Se emocionó al hablar de su marido, que se fue a Colombia hace cuatro meses con la promesa de enviarle dinero ella y sus dos hijos.
Todavía no ha recibido nada, indicó.
Los fieles abrieron la temporada navideña el lunes con una ceremonia que atrajo una multitud, por más que la crisis haga que escasee el dinero y se quiebren familias. Se reunieron frente a la Virgen de Chiquinquirá, uno de los íconos religiosos más reverenciados de Venezuela.
Se calcula que 4,5 millones de venezolanos se fueron del país, mayormente a Colombia, Perú y Ecuador. Se van en busca de empleos que les permitan enviar dinero a casa, pero a menudo enfrentan dificultades y resistencia a medida que aumentan el flujo.
Guaidó se declaró presidente en enero y se comprometió a acabar con el gobierno socialista, pero su campaña se estancó, a pesar de haber sido reconocido por más de 50 países, incluido Estados Unidos, que ha impuesto severas sanciones a Venezuela con el fin de forzar la caída de Maduro.
El presidente, no obstante, no se entrega.
En Maracaibo, en el estado occidental de Zulia junto a la frontera con Colombia, muchos residentes dicen que ya no participan en marchas políticas porque no confían en sus líderes o temen por su seguridad.
Araujo dijo que no podía plegarse a la manifestación porque tiene que atender a sus hijos pequeños, de tres y cuatro años. Su esposo se fue a Colombia decidido a vender comida en la calle y enviarle dinero, pero cuando la llama lo único que hace es quejarse de lo difícil que es la vida en el país vecino, según contó ella.
Se la ve delgada y dice que sigue perdiendo peso. Relata que sobrevive con los cinco o diez dólares que de vez en cuando le mandan amigos desde el exterior.
“Con esto sobrevivo”, expresó. “Hay muchos niños en la calle que se están muriendo de hambre”.
Los fieles siguieron llenando las iglesias después de los festejos del lunes. Inclinaban la cabeza y decían que pensaban en sus familiares y en los amigos que se fueron lejos por la crisis.
Johan Bolívar, de 31 años, vende verduras en el mercado al aire libre más grande de la ciudad. Dice que los vendedores como él están empacando vegetales en pequeñas bolsas, llamadas “combos”, con un tomate, una cebolla y una papa. Es una alternativa barata para quienes no pueden comprar cantidades más grandes.
Bolívar, quien atiende su pequeño puesto con su esposa en el bullicioso mercado, dice que no se suma a las protestas de la oposición porque perdería ventas y dinero que necesita para alimentar a su familia.
Acotó que en las protestas siempre hay algunos que apelan a la violencia y ponen en peligro a todos.
“Si me pasa algo en una marcha, ¿quién va a velar por mí y por mi familia?”, preguntó. “Qué político va a dar la cara por mí?”.
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Scott Smith está en Twitter: @ScottSmithAP
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