Primero, hay que explicar al anfitrión. Ignacio Liprandi podría haber sido ministro, una estrella política en ascenso. Uno de los coleccionistas de arte contemporáneo más cortejados del circuito local y ex financista en Miami para varias firmas de peso, Liprandi fue uno de los pioneros en el armado original del PRO, el encargado de trazar los primeros programas culturales del gobierno de Mauricio Macri. Su nombre sonaba con fuerza para encabezar la cartera de Cultura hasta que fue eliminado a fines de 2007. Se dijo que el entonces cardenal Jorge Bergoglio, antes de ser Papa, le bajó el pulgar supuestamente por manifestarse a favor del matrimonio gay.

Liprandi luego se convirtió en galerista de arte, con un espacio que lleva su nombre. Cualquier artista que goza de su atención tiene, en cierta forma, el éxito asegurado. Hoy, en el mundo del arte, estar con Liprandi es estar bien: su galería tiene un lugar megaeventos en el exterior como Frieze y Art Basel, mecas de la venta de obra. Tiene también su lugar en la actual edición de arteBA, donde donó piezas a la colección del MALBA. Pero, por otra parte, Liprandi tiene otras búsquedas, quizás menos mundanas.

El 11 de enero de 2014 por la noche, en el living de su casa rústica del arroyo La Horca del delta del Tigre, en la zona del Paraná de las Palmas, presentó ante una docena de jóvenes lo que fue quizás su más exótico hallazgo: un aborigen de la selva peruana, miembro de la etnia shipibo. Un chamán. De baja estatura, con un español escasamente incomprensible, Plácido Rodríguez Castro venía del poblado de San Francisco, en plena Amazonia. Liprandi lo había conocido meses antes, en una suerte de peregrinación psicodélica. El chamán Plácido llegaba como un supuesto sanador, envuelto en un aura mística, para administrar lo que era su medicina de la jungla; una dosis de ayahuasca, el poderoso alucinógeno líquido que induce visiones fantásticas y supuestas transformaciones en la psiquis, en una ronda ritual que duraría toda la noche. No se trataba de drogarse por amor a la droga; había un componente espiritual, una misión interior, al menos en teoría.

Para esto, Liprandi reunió a su audiencia, la mayoría de clase media alta, entre ellos artistas, aspirantes a místicos, seguidores de terapias alternativas

. Los había convocado vía mail, cobrándoles 750 pesos por la experiencia, almuerzo incluido.

"Hola amigos lindos, el sábado 11 de enero compartiremos

un nuevo fin de semana con la Madrecita

-un eufemismo para referirse a la ayahuasca- en el Delta, esta vez junto a Plácido Rodríguez Castro, chamán shipibo del Amazonas peruano a quien conociera en su tierra en julio pasado", les escribió Liprandi en un correo en cadena a unos pocos.