El regreso y la muerte de Juan Domingo Perón, bajo la lente de Sara Facio

—¿Qué recordás de tu aventura fotográfica con motivo del regreso de Perón en Ezeiza?

—¡Recuerdo todo! Fuimos Cristina, Alicia, yo, y teníamos un equipo de fotógrafos que eran reporteros gráficos. Cristina trabajaba para la agencia Sipa Press. Nosotros éramos sus colaboradores, nadie firmaba. Mandabas los rollos sin revelar a la agencia en París. Íbamos a Ezeiza, con el Fiat 600, al stand de Air France, ahí ponían los rollos en una bolsa especial que podía pasar por rayos X sin violentar la película. Y en el aeropuerto de Orly había gente de la agencia que tomaba esos rollos, iba a la agencia, los revelaba y los distribuía al mundo. Fuimos tempranísimo, al alba. Y cuando salimos de la General Paz, ya no podíamos avanzar con el coche, entonces decidimos dejarlo en un campito, una chacra. Era blanco, además, chiquitito. Y nos separamos, cada una fue por su lado. ¡Cuando empezaron los tiros...! Yo no entendía qué pasaba, tenía muchas amistades que eran una del ERP otra del FAL otra del... mongo, pero ni sabía cuáles eran las diferencias que tenían; pero sin duda eran diferencias grosas porque se agarraron a los tiros. Y bueno, a la misma noche llevamos esas fotos a Ezeiza y al día siguiente también. Esa foto en la que están en el palco con las metralletas en alto se publicó en todos lados. ¿Dónde creés que la podía exponer en Buenos Aires entre el 72 y el 83? Y el control camino a Ezeiza continuó durante toda la dictadura. Me acuerdo que cuando fue el Mundial de Fútbol de 1978 con Cristina, Alicia y una serie de fotógrafos habíamos hecho un relevamiento de lo que ofrecía la Argentina como país. Fuimos a Bariloche a tomar fotos de las fábricas de chocolates, de los paisajes, al Tren de las Nubes en Salta, a Mar del Plata, a los hoteles cinco estrellas de acá de Buenos Aires. Todo lo que puede ser atractivo en un país que va a recibir tal cantidad de gente. Y estábamos en plena dictadura, y la represión estaba muy vigente. Los periodistas extranjeros venían con la idea fija de que había desaparecidos, gente presa, porque en Europa había muchos exiliados también. De modo que hicimos un trabajo fenomenal como fotografía de todo el país, de todo el turismo, pero fue un fiasco como negocio porque en Europa a nadie le interesaba estas cosas, querían saber qué estaba pasando. Y cada vez que íbamos a Ezeiza nos paraban.


—Y volviendo al regreso de Perón en Ezeiza ¿cuántas fotos conservás de ese día?

—No muchas, porque además estar allá arriba en medio de las balas, tirada en el suelo... no era para tomar muchas fotos. Había que cuidarse, esconderse. Tengo una que recién acabo de ver porque voy a mandarla a Chile. Se ve claramente que estamos en el suelo. Todos estábamos así.



–El palco estaba desalojado.

–Sí, claro, se fueron todos. La cuestión es que yo llegué a mi casa y dije "nunca más". No. Porque que te ligues un balazo por algo en lo que vos no creés, en lo que no estás comprometida para nada, es absurdo. Morirme por esa causa no me parecía algo digno.


—¿Cristina tiene fotos de ese día?

—Sí, las tres. Pero Alicia se dedicó más al entorno, tomó muchas fotos buenas de vendedores. Porque en principio el clima era de fiesta, era impresionante. La gente iba con fervor, y no sólo varones, muchas señoras, muchos chicos, era una celebración, porque iban a recibirlo a Perón. Después, cuando se armó la batalla, ya fue trágico. Y era también difícil volverse de allá. Yo al final me metí en un coche que no sé ni de quién era, y volví al centro. Fue un día terrible. En la TV había desinformación, las noticias que se daban eran muy contradictorias. Uno decía que había no sé cuántos muertos, otro que no, que eran todas escaramuzas. No había un relato puntual, o que pudieras tomar como algo realmente serio, ni oficial. Nunca se supo bien cuánta gente murió, hasta hoy no se sabe. Yo tomé fotos –no tengo esos negativos– de personajes muy conocidos, políticos, artistas, sacerdotes, con armas en la mano. No voy a decir quiénes, muchos están vivos, ¡a ver si aparezco colgada!


—Después de la experiencia de Ezeiza, la otra gran experiencia fuerte que tuviste fue el funeral de Perón. ¿O hubo algo en el medio?

–No, porque, políticamente fue bastante cercano. Toda esa época de Perón, si mirás los diarios ves que cada día está Perón frente a un féretro o en un sepelio. Era despertarte cada mañana y preguntar ¿cuántos muertos hubo ayer? ¡Una barbaridad! Y bueno, mucha gente se fue en ese momento del país, porque no aguantaba esa violencia, la información estaba medio tapada, pero muertos había, empezando por Rucci.


—¿De él no sacaste fotos?

—A Rucci lo había sacado el día antes de su asesinato. Con decirte que llamó por teléfono el dueño de la agencia SIPA, hablaba con Cristina, en francés, preguntando "¿quién es ese Rucci al que mataron?". Y yo le cantaba a Cristina, "decile que está en el rollo que deben haber procesado hoy, es uno que está de perfil con bigotes", y se oía que Sipa pedía el negativo, y decía "ah, sí, acá está". Lo tomamos en la Casa de Gobierno, me acuerdo que estaban Perón y él. Esta agencia se ocupaba mucho de la parte Norte de África, de Marruecos, muchos diarios con escritura en árabe, tengo algunos ejemplares.


—¿Cómo fue tu experiencia de documentar los funerales de Perón?

—No me pidieron cubrirlos. Me enteré de la muerte de Perón por la radio, inmediatamente, creo que fue a las nueve de la mañana. Como vivía en San Martín y Viamonte, me dije "Vamos a la Plaza de Mayo a ver qué pasa", porque era adonde uno iba cuando pasaba algo, desde el 25 de Mayo de 1810. Empecé a ver que realmente la gente estaba muy dolida. Fui sola, me acuerdo que me encontré en el camino con Eduardo Frías, con Eduardo Comesaña y varios reporteros que trabajaban para agencias. Se ve que también oyeron la noticia, o ya los habían llamado de sus agencias para que cubrieran el hecho.


—La muerte de Perón se estaba esperando.

—Sí, se estaba esperando, aunque no era que se moría ya. Se sabía que estaba enfermo, sí, que tenía edad. Y bueno, a mí me impactó muchísimo. Siempre supe, obviamente, que había muchos peronistas en el país, pero me impresionó, sobre todo, comprobar la pena en fotógrafos conocidos, con los que me encontré. Estaban llorando, tristes. Y yo incluso a uno lo cargué, y le dije "Eh, ¿pero cuando se murió tu papá también lloraste así?". Y él me dijo "Es como mi papá". Estaban dados vuelta, tristes, tristes, y eso que, repito, no fue sorpresiva como la del presidente Kirchner, que fue realmente una bomba. La muerte de Perón se vivió –y la viví– como una tragedia popular.


Una de las fotos, la titulada Los muchachos peronistas pasó a ser una de las clásicas de ese día.

—Sí, y eso era también muy raro, porque había gente muy joven, y había gente mayor. Y todos muy conmovidos, también de diferentes estratos sociales. Había gente muy humilde y había mucha clase media.


¿No se te ocurrió hacer un libro en ese momento con los funerales de Perón?

—No, nunca. Y después cuando vino todo lo que vino, menos. Acá estas fotos se vieron por primera vez en el 85. Las de Humanario también, pese a que las hicimos en el 66 y el libro es del 76, las mostramos veinte años después. Pero ¿sabés qué pasa? Mi actividad fotográfica es amplia. A mí me gustaba hacer fotos, escribir, organizar muestras, muchas cosas, y no tenía tanto tiempo como para reflexionar, para hacer libros, para revisar archivos. Y además, las circunstancias no ayudaban, porque en medio de la Junta Militar no ibas a pensar en hacer Humanario. Y después con lo de Perón, lo mismo. Si ya estaba, otra vez, prácticamente prohibido el peronismo. Ni Perón ni Ezeiza eran exponibles. No había espacio. ¿Y qué iba a hacer? Además, como yo no era peronista, tampoco era una necesidad interior. Me gustaban las fotos, como fotos, pero no era que lo tomaba como un mandato. Ahora muchos me dicen: "Ningún peronista mostró este momento como lo hiciste vos, que no eras peronista". Y bueno, yo traté de mostrarlo desde el lado de la gente.