La presidencia de Miguel Juárez Celman tuvo un origen confuso. Julio A. Roca había alentado primero a su ministro de Guerra, el general Benjamín Victorica, para postularse una vez que concluyera con éxito la campaña para la incorporación del Chaco. Después, incitó a su ministro del Interior, don Bernardo de Irigoyen a que hiciera lo propio, pero al final se inclinó por el que tenía "in péctore", que era su concuñado, Miguel Juárez Celman.
Éste venía precedido por buenos pergaminos: había sido un acertado gobernador de Córdoba y se desempeñó con dignidad mientras fue senador nacional. No contaba con buenos apoyos ni gran prestigio en Buenos Aires, (a diferencia de los otros candidatos) pero la integración de la fórmula con Carlos Pellegrini llenó ese vacío.
Los gobernadores se entregaron dóciles al mando de Juárez Celman, que se rodeó de adictos y se alejó del partido que lo encumbró
Juárez manejó "la caja" (entonces no se la llamaba así, ni se la usaba con el desparpajo de tiempos posteriores) a discreción y cambió el eje del poder. Los gobernadores se entregaron dóciles a su mando, designó como delfín a Ramón J. Cárcano, se rodeó de adictos a su persona y se alejó del partido que lo había encumbrado, de sus dirigentes y del "establishment" instalado.
Si hubiera acertado en las medidas económicas es posible que hubiera podido terminar su mandato y aún hacer perdurar su influencia, pero se condujo por un plano inclinado hacia la catástrofe: Aristóbulo Del Valle y Leandro Alem encabezaban el lote que le reprochaba el personalismo político y el "unicato" que era el nombre que se le dio a la unanimidad de que gozaba sin disputas.
Los exponentes del sector tradicionalista (Pellegrini y Roca) se distanciaban de su estilo de gobierno y eran severos críticos de su política económica que había entrado en el círculo vicioso de la especulación pura (Pellegrini había vaticinado: "Con el oro a 200 el gobierno cae"; a principios de 1890 ya había superado los 300).
El delirio terminó como era de suponer: con una revolución, que estalló el 26 de julio; Juárez trató de mantenerse a toda costa, pero dimitió el 6 de agosto, a pesar de que la asonada se rindió el 29 de julio.
La mejor definición ha surgido de los labios del diputado socialista Repetto, en 1929, quien dijo que él había sido uno de los revolucionarios del ´90, pero por fortuna para el país estaba Pellegrini, cuya "muñeca" evitó la anarquía y la disolución general.
El 7 de agosto, vísperas de su asunción a la presidencia, Pellegrini reunió en su casa a 16 notables, los hombres de mayor capital en la Argentina. Les dijo que el país debía afrontar el día 15 un desembolso de 500.000 libras esterlinas y en caja solo había un puñado de pesos fuertes; entregó un papel con el nombre de cada uno de ellos y les pidió que colocaran al lado la suma que estaban en condiciones de donar. Si no podía afrontar la deuda no asumiría la Presidencia y apoyaría al que se eligiera en lugar suyo. Los dejó solos y al rato regresó; hizo la suma y exclamó: "¡16 millones! Ahora sí soy Presidente de la República".
El gerente del Banco de Londres pidió la invasión de Buenos Aires
Debió tomar medidas muy duras en medio de serias amenazas: el gerente general del Banco de Londres entrevistó en Inglaterra a Ferguson y Salisbury y olvidando la época de los buenos negocios que los ingleses hicieron con el país, les pidió que enviaran una flota para invadir Buenos Aires; además, la quiebra de la Baring Brothers le fue imputada a la Argentina por el gobierno británico. Cincuenta millones que debían ser afectados al capital del futuro Banco de la Nación fueron retenidos por Gran Bretaña, convertidos en oro por cuenta de nuestro país y aplicados al pasivo de la Baring. Al final, el Banco nació lo mismo, gracias a sus estatutos que aseguraban la prescindencia política de su conducción, la notable calidad de los directores que se reclutaron entre los hombres de mayor reconocimiento del país y el gran prestigio del Presidente de la Nación.
Hubo elecciones en la Capital Federal y el gobierno aseguró la confección de padrones nuevos y absoluta imparcialidad: fueron elegidos senadores Alem y Del Valle, los dos enemigos acérrimos del gobierno. Debió afrontar conspiraciones, algunas con medios desconocidos hasta entonces, como el empleo de explosivos; por esa causa aplicó el estado de sitio y ordenó detener a Alem (todo indica que la información se la pasó Hipólito Yrigoyen, en el campo "La Martona" de Casares). Las dificultades políticas se extendieron al campo militar, cuando los ex-revolucionarios intentaron condecorar a los doce cadetes que habían intervenido en la Revolución del ´90. La asamblea que se organizó fue clausurada.
La impopularidad se transformó en reconocimiento contemporáneo y laureles de la historia
Tuvo durante la mayor parte de su gobierno a Vicente Fidel López como Ministro de Hacienda, un hombre ya mayor, que no vaciló en unir su nombre a una gestión que iba a ser repudiada por las medidas antipáticas que debía ejecutar pero que estaba empeñada en "llegar a la orilla" que fue la muletilla repetida. La impopularidad de entonces se transformó en un reconocimiento inmediato de sus contemporáneos y en los laureles que le colocó la historia.