A nuestros costados, dos carteles idénticos nos recibieron, uno a cada lado de la calle. "Bienvenidos a la famosa Isla Maciel", rezaban. Acabábamos de llegar a la isla más conocida de Avellaneda, que en realidad no es una isla, sino un barrio. Como sabíamos que la zona era de robos frecuentes, con el reportero gráfico habíamos diseñado un plan: ir hasta la garita que está en la entrada y pedir que un remisero local o algún policía nos acompañe. No llegamos. Unos 60 metros antes apareció un pibe de no más de 20 años con otros tres, nos apuntó con una pistola y nos obligó a frenar.
Perdimos.
Nos sacaron celulares, billeteras, el GPS. No alcanzamos ni a decirles que éramos periodistas. Quizás eso nos hubiera salvado del mal trago. O no.
Teníamos un objetivo: ir a la Parroquia Nuestra Señora de Fátima, en el corazón del barrio, a buscar al cura Francisco "Paco" Olivera, que un día antes había sido anfitrión de la reunión que la ex presidente Cristina Kirchner mantuvo con él y otros doce sacerdotes.
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El testimonio era valioso. En la reunión se habían comprometido a "ayudar a que la gente abra la cabeza, y pueda apreciar lo que son sus derechos, los que Cristina Kirchner, desde la administración del Estado, intentó garantizar para todos y todas, y que hoy están en riesgo". ¿Qué significaba eso? ¿Iban a hablar de política en las homilías? ¿En las confesiones? ¿En sus recorridas por los barrios? ¿Se iban a organizar? ¿Se iban a sumar al "frente" que la ex jefa de Estado quiere organizar? Había muchas preguntas sin respuesta. Y las fuimos a buscar a donde ocurrió la noticia.
Había pasado más o menos una hora y media desde el robo. Todavía estábamos en un estado que era mezcla de shock y bronca, cuando el remisero se avivó. Estábamos en la Comisaría 3 de Avellaneda, en Dock Sud, haciendo la denuncia. Ya habíamos declarado mi compañero y yo. Habíamos repasado varias veces lo que había pasado. Era el turno del chofer, que ya más tranquilo recordó un detalle. "Me acabo de dar cuenta de algo que quizás puede servir", esbozó casi con timidez. Y disparó: "En el auto tengo una cámara de video que compré hace una semana y que no me alcanzaron a robar". La respuesta fue casi a coro: "¡¿Queeeeeeé?!", se oyó del otro lado. "Sí, sí, el pibito que se colgó del auto la quiso arrancar, pero no pudo", insistió.
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No bastó que hubiera unas 50 personas alrededor nuestro, entre vecinos, gente que esperaba el colectivo en una parada y guardias de seguridad de la terminal portuaria Exolgan. Hay zonas, sobre todo del Conurbano, en las que la delincuencia está naturalizada. Es parte de la vida, como el agua. Nadie se alarmó.
Volví pensando en esa frase que dice que "ningún pibe nace chorro", en cómo llegamos a esta situación y en el eterno debate sobre la mano dura y la mano blanda. Sin bronca, sino desilusionado, porque soy pesimista. El problema está escalando en toda la región y ninguna de las más variadas recetas llegó a buen puerto hasta ahora. Ni los planes sociales, ni los militares en la calle. Fuimos a buscar una noticia y nos convertimos en noticia. Todo, a 44 cuadras de la Casa Rosada.
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