Los autos pueden convertirse en obras de arte. Para alcanzar ese estatus deben proveer tres características fundamentales: una silueta refinada con líneas elegantes; un contenido histórico explícito más una reseña conceptual del pasado y un criterio de exclusividad, de escasez, para coronar el hecho de que sea una pieza coleccionable. Una trilogía de peculiaridades que hacen que los coches vintage sean las delicias de los coleccionistas.
Su escenario predilecto es la subasta. En ella, el producto vale lo que el comprador está dispuesto a pagar. Y sobre esos tres conceptos es que se erige la suba sustancial del precio. Los autos se convierten, en estas pujas, en los más caros de la historia. Una competencia que por valor histórico y precio real rivaliza contra reliquias y obras de arte, piezas clásicas, inéditas y lujosas.
El de las subastas es un mundo hermético. Si bien es un proceso público de venta, los interesados tienen la facultad de comprar desde el anonimato. Aunque sean vigilados por instituciones gubernamentales dedicados a rastrear el origen del dinero. En las casas de remate, el monto desembolsado supone diferentes pretensiones. Un excéntrico coleccionista con suficientes arcas para satisfacer su gusto o bien un inversionista o especulador que entiende que con el paso del tiempo el precio invertido podría multiplicarse.
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