Si hay un trayecto mítico, no sólo en los Estados Unidos, sino en el mundo entero, es la Ruta 66, que atraviesa el país desde Chicago hasta Santa Mónica (en Los Angeles). La ruta no es simplemente una tira de asfalto que cubre una longitud de 3.945 kilómetros: es una especie de espíritu que tiene que ver con la aventura, la historia y las tradiciones más profundas de este país. Atraviesa ocho estados desde el punto de salida en Chicago hasta finalizar en Los Ángeles: Illinois, Misuri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California. Es todo un "road trip".
La aventura arranca antes que nada con la ilusión. Incluso antes de subirse al auto hay que tener esas ganas de descubrir algo nuevo y maravilloso que seguramente dejará un recuerdo que no se borrará más. La ruta es un concepto en el que se incluyen sus paisajes, su gente, su música, sus bares, sus paisajes... Porque la ruta no es una simple carretera.
Aquí la llaman la "Main Street" de los Estados Unidos; también la "carretera madre" y aun cuando la construcción del sistema interestatal de autopistas la ha dejado algo obsoleta, no ha podido terminar con ese aura sagrado que mantendrá por siempre. Si bien muchos se dan el gusto de su vida haciendo el trayecto en una Harley Davidson que se pueden alquilar por día (si bien con un presupuesto algo caro), la mayoría elige el auto.
La travesía comienza en Chicago. Desde el Millenium Park, hasta el lago Michigan, la Magnificent Mile, los rascacielos con sus observatorios y la increíble pizza "Chicago Style"-diferente a la porteña pero igual de maravillosa-, la ciudad es vibrante y generosa en la entrega de opciones para ver y pasarla bien. Dicen que esta ciudad está construida por capas: en el cielo, el viento y los rascacielos; a media altura, los rieles del metro; en la calle los músicos que tocan jazz y bajo tierra, una red de carreteras que permiten recorrer la ciudad en coche sin salir a la superficie.
Al día siguiente comienza el primer tramo de camino. Hay que salir temprano para aprovechar el día. La primera parada es Joliet, ciudad en cuya cárcel se rodó la serie Prison Break lo cual torna el lugar en una atracción interesante para ver. Al otro día, paseamos por esta típica ciudad norteamericana y su World War II Museum Memorial, que como su propio nombre indica, está orientado a la Segunda Guerra Mundial y los combatientes originarios de Saint Louis.
De vuelta en las Caravanas cubrimos el trayecto entre St.Louis y Tulsa. Es uno de los días en los que se puede disfrutar de la ruta en sí misma pues se pasa por decenas de pequeños pueblos interesantes y curiosos. Se puede ir por la Interestatal 44, pero nosotros seguimos por la antigua ruta que está señalizada con carteles 'Historic Route 66', que al fin y al cabo es la gracia del viaje.
Atravesamos varios ranchos y contemplamos la Norteamérica profunda. Al llegar a Tulsa se puede hacer una visita rápida por la ciudad. Para la cena vamos a Tally's Café, al pie de la vieja 66. Suelo de azulejos blancos y negros, sofás de cuero rojo, carteles de luces de neón, el ventilador del techo encendido, vasos de Coca-Cola enormes y una buena hamburguesa con papas fritas. This is America! Así es cómo un argentino se imagina Estados Unidos.
Al día siguiente llegamos a Oklahoma City. Para empezar visitamos el Jardín botánico, que la verdad está muy bueno. Pasamos por el Capitolio y terminamos en el Museo Nacional del Cowboy y el Western cuya entrada cuesta U$S 12,50. Tienen desde espuelas de caballo a monturas, pasando por herraduras, puntas de vallas, trajes de vaqueros e indios, carteles de cine y esculturas.
Hay un buen trayecto hasta Amarillo. La ruta es un verdadero desierto: una lonja en medio de la nada. Es ideal para hacer esas fotos típicas en medio de un camino por donde no transita casi nadie y uno se puede dar el lujo de bajar del auto e inventar poses en medio del asfalto. En Amarillo, Texas, hay muchas cosas que ver como el Cadillac Ranch que es, sin dudas, uno de los sitios más representativos del lugar. Son diez Cadillacs clavados en el suelo, llenos de pintadas de la gente que aprovecha y deja su recuerdo. De ahí salimos en dirección a Albuquerque y dormimos en el camino. Al día siguiente emprendemos lo que quizás uno de los últimos días de travesía por el desierto puro y duro.
La parte del sur del Grand Canyon es interesante aunque quizás no la más habitual de visitar pues la famosa pasarela se encuentra en la este. Lo más importante de esta entrada al parque son las vistas desde los distintos miradores. El North Grand Canyon es la naturaleza en el más amplio sentido: uno se encuentra con bisontes al lado de la carretera y ve cascadas de agua cristalina. El camino es sinuoso, pero el paisaje lo compensa con creces. Esa misma noche llegamos a Las Vegas.
Al día siguiente completamos el último tramo de 472 km hasta Los Ángeles. La ciudad es enorme y Beverly Hills quizás sea el lugar para empezar. Allí viven varias decenas de estrellas de Hollywood. Después vamos al Paseo de la Fama, donde se pueden ver muchas de las estrellas en el piso de la vereda en señal de reconocimiento al trabajo y la fama de figuras como Tom Hanks, Marilyn Monroe, Nicolas Cage entre otros, así como las huellas reales de Brad Pitt o George Clooney enfrente del Teatro Chino. El barrio está plagado de negocios para comprar recuerdos, para comer e incluso algunos negocios de ropa con buenos precios.
En la playa de Santa Mónica se encuentra el lugar oficial que marca el final de la Ruta 66. Paseando por las calles, nos contagiamos del espíritu angelino tan recurrente en series y películas de televisión, desde las canchas de básquet a los paseos repletos de restaurantes de comida rápida y artistas callejeros. En el Yacht Harbor celebramos el final del recorrido comiendo con la espectacular puesta de sol como fondo.
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