Jorge Fernández Díaz: "El periodismo es el oficio más noble y más extraordinario"

En su nuevo libro "Literatura que cuenta" (Adriana Hidalgo), el reconocido periodista y escritor español Juan Cruz Ruiz, fundador del diario El País, entrevista a los principales cronistas de Hispanoamérica. Infobae publica un adelanto

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A Jorge Fernández Díaz (Buenos Aires, Argentina, 1960) le debo una inmensa gratitud, su libro "Mamá". Uno se pasa la vida buscando a su madre, desde niño porque la necesita, y cuando ya es grande y viejo porque la añora. Mientras llega el momento de añorarla, uno tiende a creer que siempre estará, que jamás la va a echar de menos porque además se inmiscuye a diario en tu vida. En esa situación, cuando ya la añoranza de la madre es el estado natural de nuestra vida, yo descubrí ese libro de Jorge, que fue publicado en 2002, y desde entonces no he dejado de leerlo, de aconsejarlo, de regalarlo. En primer lugar, como hijo, y enseguida porque me preguntaba cómo pudo asumir ese riesgo (encerrarse durante cincuenta horas con su madre, que había hecho llorar a un psiquiatra con su historia) y sacar de todo ese tiempo y de todas esas palabras sangrantes o tiernas un libro como ese. Ese libro es una de las grandes crónicas de América, porque encierra algunos de los elementos que son esenciales en el oficio del cronista: atención a lo que ocurre o a lo que se cuenta, veracidad y ritmo.


Luego leí más historias de Jorge Fernández Díaz, algunas apoyadas en su manera intuitiva de sentir la ficción como uno de los elementos insustituibles del periodismo. Entre estas, las que publicó en su libro "Las mujeres más solas del mundo". En todas esas crónicas, las que tienen una apoyatura ficticia y las que son de cabo a rabo realistas, hay en su escritura un latido rabiosamente humano; es un hombre cuya especialidad es la pregunta por lo que hay dentro de esa palabra, soledad, y dentro de esa mirada ausente de los hombres y de las mujeres que han sido atacados por el desamor y por las secuelas sentimentales que tiene toda pérdida. Como es además un cronista político, y un comentarista de radio, y un novelista, me pregunté alguna vez si, además, era un buen hijo. Y su madre, Carmen Díaz, que se negó que fuera cine su historia de emigrante niña que va de España a Buenos Aires cuando el hambre iba en serio, me dijo que sí, que lo era. Me lo dijo mientras caminaba entre las estanterías de una librería donde Jorge dirigía una maratón de coloquios entre escritores. Ella estaba allí para oír, por cierto, ajena al éxito que el hijo había tenido haciéndola a ella la protagonista de una historia que tanto le agradezco. ¿Y quién es Jorge? Le pedí que me lo dijera en aquel hotel espectacular de Buenos Aires un día en que el viento parecía enemigo del aire.


Eres un bicho raro porque eres un periodista de planta que está en un periódico, podrías ser incluso el director del periódico, pero siempre has mostrado una mirada distraída, como dice Juan Cueto, una mirada que va por otros derroteros de por donde va un periodista cotidiano. Ese es para mí el propósito de esta conversación: saber cómo te has ido haciendo narrador, contador de historias, cómo las escuchaste, cómo se decían en tu casa y cómo llegaste a ser tú mismo el que contaba.

—Todo empezó con mi madre, como siempre. Ella y mi padre prácticamente no leían libros. Sin embargo, cuando eran novios y después de casados, se hicieron aficionados a las novelitas de Marcial Lafuente Estefanía y a Corín Tellado. Lo fundamental ocurrió cuando mi madre me regaló Robinson Crusoe, El signo de los cuatro, y las aventuras de Bomba. En ese momento sentí tal shock que me encontré de frente con la vocación. Todavía me recuerdo en la cocina del Palermo pobre (barrio de Borges) leyendo de noche a Sherlock Holmes. Y diciéndome: yo quiero producirle esta maravilla a los demás. Nunca se me fue de la cabeza esa imagen de niño lector. Una imagen que alude a la literatura popular, a la idea de llegar con la ficción al inmigrante, al hijo del inmigrante, al lector no especialmente culto, a la cultura plebeya. Me entró como una bala.

Ahí abrazo la vocación literaria. Era un lector voraz y trato de escribir novelas y crónicas. Para que te hagas una idea, en la escuela secundaria aquí es tradición hacer un viaje de fin de curso: todos mis compañeros fueron y yo me quedé porque estaba escribiendo una novela de espías. La vocación fue muy grande.

¿Qué pasó?

—Cuando tenía diecinueve años me choco con el periodismo y al principio pienso que ese oficio es una manera de que me paguen por escribir. Es decir, que para mí al comienzo el periodismo tenía un mero sentido utilitario. Sin embargo, me enamoro del oficio. Y entonces me encuentro a mí mismo prendado de dos mujeres a la vez: la novela y el periodismo. Esto me trae un gran conflicto: me convierto en un bígamo. La literatura me exigía y me reclamaba con dureza tiempo y dedicación, y el periodismo me reclamaba lo mismo. Yo estaba preso entre dos amores. Fue desgarrador para mí, porque cuando me recostaba en uno sentía que traicionaba al otro, y viceversa.


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Con la madurez, sin embargo, comencé a intentar que las dos mujeres se complementaran y se llevaran bien. Intenté acercar la literatura a los medios de comunicación, de muy diversas maneras, y también vi con sorpresa cómo el periodismo se filtraba en mis libros. Sólo muchos años después de aquel conflicto entre dos mujeres que tiranizaban mi tiempo llegué a una feliz convivencia. Hoy soy un bígamo feliz porque he logrado juntar la literatura y el periodismo que para mí son las dos mejores palabras del mundo.

El otro día en una entrevista me preguntaron qué pensaba de la crisis del periodismo. Le dije: mira, hablemos de la crisis de los periódicos, porque EL periodismo, para mí, es como LA literatura, el oficio más noble y más extraordinario. Un artefacto imperecedero que se relaciona con la lengua, con la narración y que fundamentalmente tiene que ver con el arte. He visto que cada periodista tiene agazapada una especie de segunda vocación. Hay periodistas que son abogados encubiertos, detectives encubiertos, justicieros encubiertos, políticos encubiertos. Y hay algunos que son escritores encubiertos: estos son los que más me interesan a mí porque para ellos el periodismo no es ni una tribuna, ni una política, ni una venganza. Para ellos es una obra de arte. Y eso es para mí el periodismo.

Si observas con distancia lo que pasó, primero inconsciente y después conscientemente al tratar de unir la literatura y el periodismo, verás que es todo muy raro porque mi primer trabajo importante (tuve muchos trabajos) fue en el 85 cuando entro en el diario La Razón, de Jacobo Timerman, un vespertino que era muy popular en Argentina. Estaban Crónica y La Razón. Crónica era un poco más amarillo y La Razón era tamaño sábana pero también con rasgos netamente populares.

Ahí hice policiales. Hacer policiales (sucesos, como le dicen ustedes) y vivir toda esa vida era fascinante porque mientras investigaba cadáveres y tiroteos ya leía a Raimond Chandler. Fue el gran despertar. La literatura negra se vivía en directo; me sentía un detective con carnet de periodista. Era interesante, peligrosísimo también: toda esa experiencia me enseñó mucho sobre la condición humana.

Hubo un momento en el que se me ocurre entonces escribir un folletín. Ya que era un diario popular y lo fuerte del diario eran el fútbol y la crónica roja, me inventé un personaje que se llama Emilio Malbrán, un detective disfrazado de periodista, un periodista investigador que seguía la verdad hasta las últimas consecuencias, pero que nunca podía publicarla. Era un fracasado pero en ese fracaso había mucho glamour. Escribo El asesinato del wing izquierdo por entregas, me lo aceptan. Era una novela popular en la que mataban a un jugador en una cancha. Comienza con una investigación y el hilo llega hasta la mafia del fútbol. Lo escribí por entregas y salía todos los días. Ese libro me reconcilió con mi padre.


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¿Cómo fue eso?

—Porque cuando se dio cuenta de que yo quería ser escritor me dio por perdido. Pensaba que, en realidad, yo no quería trabajar. Vinculaba la literatura y el periodismo con la holgazanería. Me combatió con palabras y también con indiferencia, y estuvimos muy alejados seis o siete años. Fue algo realmente doloroso. Y este libro nos reconcilió porque salía todos los días, con ilustraciones, y yo terminaba cada capítulo con impacto, para enganchar al lector, que no sabía muy bien si todo era realidad o ficción. A veces hay que "mentir" para contar la verdad. Porque la verdad verdadera a veces es incontable con las herramientas secas y cartesianas del periodismo. Nosotros sabíamos cómo funcionaba la mafia del fútbol pero no podíamos probarlo: el reflejo de la literatura nos permitía entonces correr los límites estrictos del periodismo y recrear con honestidad ese submundo. La ficción no es una mentira, es la creación de una verdad inasible. La paradoja era que la ficción tenía mucho más verdad que la crónica. Bueno, pues un día suena el teléfono en la redacción y era mi padre que me dice: "Jorge, me preguntan acá en el bar (trabajaba de mozo en el bar ABC, donde Pugliese había estrenado algunos de sus tangos) si va a recuperar el dinero o no". "¿Quién, papá?", le digo yo, "¿de qué me estás hablando?" "Los clientes me preguntan si Malbrán va a recuperar el dinero." Yo me quedé frío: "Sí, deciles que sí, te puedo garantizar que lo recuperará en el capítulo siguiente", le respondí. Y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Fue tu consagración.

–Eso fue mi reconciliación con mi padre.

Y tu triunfo.

–Un triunfo personal, claro.

Habías engañado a tu padre.

–El periodismo, en ese momento, era una bohemia. Aquellos viejos redactores eruditos, tipos borrachos y cínicos que leían a Borges y a Kafka, que comentaban sus lecturas y sus propios romances, y con quienes luego íbamos a comer y a beber... Eso se terminó en las redacciones y yo lo añoro, aprendí mucho en esa escuela. Escribí varios folletines más, y experimenté con los años en ese filo inestable entre literatura y periodismo, aunque sin romper los contratos de lectura: la crónica del cuerpo principal del periódico debe ajustarse seriamente a los hechos comprobados y jamás apartarse de ellos, y los cuentos de las secciones especiales deben tener el realismo y el aire de una crónica. Mi premisa ha sido que los reportajes parecieran novelas, y que las novelas parecieran reportajes. Y al final, que uno pudiera leer los dos géneros con el mismo sentido de rigor.

Cuando en el 2001 este país volaba en mil pedazos, pensé en escribir un folletín sobre la crisis para la revista Noticias. Ese relato por entregas trataba sobre los sufrimientos de mi madre. Escribo el primer capítulo y me digo: no, esto debe ser más trabajado y no puedo publicarlo en la revista. Debería tener la dimensión de una novela. Así nace Mamá, una historia íntima, con ese género híbrido que parece una novela, una crónica, una memoria. Es una mezcla extraña.


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